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Cafe levante

Ilustración: María Gómez

No está de moda. Lo habíamos superado, nosotros estábamos en el medio, en esa clase conformista y borrega que presumía de una democracia modélica y de un país moderno resultante de un milagro económico.

Pero cuando recibimos los primeros hachazos en el bolsillo y ellos se llenaron los suyos, salimos a la calle en contra de los movimientos políticos a favor de una economía neoliberal. Y este país vivió dos huelgas generales tras la aprobación de dos reformas laborales –una con el PSOE y otra con el PP- y mareas de ciudadanos clamaron, ya no contra los recortes individuales sino contra la pérdida de derechos en general.

Hubo entonces una toma de conciencia, la de clase, la que iguala a un catalán con un murciano o con un andaluz, porque lo que de verdad es común a la mayoría social de este país es nuestra condición de trabajadores, de obreros. Y a mucha honra.

Antes, unos cuantos habían advertido que ese no era el camino, que nuestro crecimiento económico era un castillo de naipes, que no era justo socialmente, que no era sostenible, que la globalización del capital traería estas nefastas consecuencias para la mayoría de la población: pérdida de derechos y de la propia identidad. Fueron tachados de agoreros, de derrotistas…esa palabra y ese concepto tan gaditano por cierto. Hasta que fueron muchos quienes vieron que aquellas profecías se estaban cumpliendo y ahí creció la indignación y el despertar, el de la clase trabajadora naciente de esa creída clase media.

Sin embargo, cuatro años de políticas neocriminales han conseguido su efecto: doblegar a la clase trabajadora, desposeerla otra vez de su identidad y desmovilizarla. Mucha culpa también han tenido los sindicatos mayoritarios de este país, inmersos en su propia crisis existencial tras numerosos atropellos, pero también las únicas organizaciones –mayoritarias o no- que han conseguido triunfos para la clase trabajadora, como cuando se han enfrentado a gigantes como Coca-Cola.

Pero la clase trabajadora no está de moda. Ni en la España moderna que resultó tras el franquismo ni mucho menos en esta del siglo XXI. Aunque seamos más precarios, más pobres, más vulnerables….menos trabajadores. Ser clase trabajadora es como volver atrás cuando la realidad es que esta crisis nos ha devuelto adonde siempre estuvimos pero sin conciencia de ello.

La negación, la vergüenza o el error de hablar de clase obrera ha llegado hasta algunos partidos de izquierda que evitan hablar de clase trabajadora porque no ‘seduce’ a parte del electorado. Un electorado, que sin dejar de serlo, cree que sigue formando parte de esa clase media borrega, insolidaria y conformista que sólo busca que pase esta crisis para que todo vuelva a ser como antes y no haberla aprovechado para que haya una transformación general y consigamos una sociedad más justa, más igualitaria y más sostenible.

Y muchos siguen pensando que estas políticas son fruto de estos años en los que había que apretarse el cinturón cuando lo cierto es que el neoliberalismo lleva décadas moviendo los hilos para que su modelo económico sea social y único, a través precisamente de la política.

Los acuerdos del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) en 1984 y su sustituta en 1995, la OMC (Organización Mundial del Comercio), ya apostaron por liberalizar el comercio, decidiendo el FMI (Fondo Monetario Internacional) –del que fue presidente el imputado Rodrigo Rato- liberalizar los movimientos de capitales en 1991, como recuerda la socióloga gaditana Gema González.

Se desregula el mercado financiero pero también el laboral: desaparecen las grandes empresas, se descentralizan y un mismo producto es ‘construido’ por diferentes centros de producción en distintos países.

Esta fragmentación tiene además otras ventajas para las empresas como la de externalizar las actividades menos rentables, de forma que se crean multitud de empresas pequeñas sin aparente relación y en constante pugna, lo que fomenta la precarización del trabajo.

Beneficios fiscales, medioambientales, mano de obra barata…todo vale con tal de que una empresa se instale para crear puestos de trabajo, aunque sean precarios. Comienza entonces una lucha entre países y/o territorios que obliga a los representantes políticos a legislar favoreciendo a los intereses de las grandes corporaciones, otorgándoles además subvenciones para evitar que se deslocalicen en otro territorio más ventajoso para el capital. ¿Les suena de algo?

Y estos cambios se transforman en cambios políticos y sociales, modificando la vida de las personas que asumen –como está pasando en nuestro país- que es el único camino. Por eso, tragamos –y de qué manera- con que el empleo no puede ser tan sólido como antes; que el mercado lo regula todo y el Estado no debe inmiscuirse; que lo valioso ahora es la competitividad, la movilidad y la flexibilidad laboral, que el Estado del Bienestar ya no es factible porque el Estado y el Mercado no pueden asumir a largo plazo los costes del paro y pensiones, que hay que privatizar los servicios asistenciales, que el camino es que los ciudadanos creen su propio empleo (la figura del emprendedor) y se costeen su jubilación; y que es necesaria la privatización de empresas públicas, porque el Estado es mal empresario. Todos estos axiomas,  citados por el catedrático Ramón Reig, provocan la estimulación de la especulación financiera y la intensificación de lo que él llama “capitalismo popular”, mediante el cual el ciudadano adquiere acciones que no permiten controlar a las grandes corporaciones, pero con el que se cree que forma parte de ese mundo.

Y todo esto y de una manera exprés, en cuatro años. ¿Qué será lo siguiente si no tomamos conciencia de clase y paramos desde la política este tsunami neoliberal? Ellos, llevan años teniéndolo muy claro.

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