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Pepe pettenghiFotografía: Jesús Massó

Se ha liado parda, pero en realidad no existe. El Premio Nacional de Cultura no existe. Lo que le han dado a ‘Pablo Motos y sus hormigas cargantes’ es el Premio Nacional de Televisión. Ese es el nivelito de la televisión…

Lo malo es que la gente ha tragado: ¡era verosímil! Y no pasó nada. Eso es lo bueno (o lo malo) de las distopías. A ver, ¿pasaría algo si Froilán, esa prenda, fuese rey? Nada, créeme amigo. Tan verdad como que el ‘Marca’ es el periódico más leído y Tele5 la cadena más seguida.

Si alguien de 1921 volviera a la España de hoy, en una pirueta temporal, encontraría un pueblo quizá no tan paleto, pero más dócil y resignado, sumido en el pesimismo social provocado por la corrupción pública y la falta de credibilidad de la Justicia.

Apreciaría de inmediato que la élite política, en lugar de asegurarse el apoyo del pueblo, vive alejada en sus burbujas complacientes, componiendo discursos tan floreados como vacíos.

Alguien que volviera a la España de hoy, hallaría a su ciudadanía desmotivada e indefensa. Se le exigió un sacrificio estéril a profesionales, jubilados, obreros y funcionarios, que vieron cómo sobre su sacrificio se evaporaban 40.000 millones de euros de dinero público, o sea, de todos. La familia real implicada en los pufos, y el partido en el gobierno imputado por corrupto, sigue en el gobierno. Y no pasa nada.

El viajero en el tiempo percibiría de inmediato que el conflicto catalán sigue, inquietante, en el mismo punto.

También notaría que la prensa, con rodillas de gelatina e inclinada ante el poderoso, contribuye en la obra maestra del capitalismo: los pobres votando a la derecha.

Se daría cuenta de que siguen ganando los curas y perdiendo los maestros. Que el rechazo a la cultura y a la formación cívica de los ciudadanos, alcanza una penosa situación de ignorancia. Y que se han perdido derechos laborales a causa de una gran estafa llamada crisis.

Y aunque tratan de trajinarse al personal con todo eso de ‘el régimen de las libertades’, ‘la modélica Transición’, ‘la democracia ejemplar’ o ‘la Carta Magna de 1978’, en España sigue oliendo a podrido. Sin que pase nada.

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En 1921 el país había aguantado mucho tiempo en silencio, narcotizado con las varietés. Pero por primera vez crecía un clamor popular pidiendo luz y justicia. Gente de toda condición salía de la anestesia y recuperaba la vista y el olfato. En 1921 España se indignaba con la corrupción, con la monarquía, con la codicia de las élites, con el poder farsante de la Iglesia y con unos políticos tan inútiles como ignorantes. La sangrienta derrota en Marruecos de un Ejército desmotivado, y formado por los pobres de la tierra, detonó un cambio que todavía tardaría diez años en dar sus frutos. En 1931 soplaría un viento nuevo con la II República.

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Hoy, en 2017, ver a unos políticos mezquinos al servicio de su partido y no del bien común, observar al Gobierno tratar como enemigo al que discrepa, o contemplar atónitos al presidente de ese Gobierno balbuceando mentiras ante unos jueces ‘comprensivos’, es como si no hubiera pasado el tiempo.

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