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F de la riva
Fotografía: José Montero

Se pasa uno la vida breve agobiado por las cosas de Cataluña, la corrupción, la aprobación de un reglamento de participación ciudadana que deja fuera a gran parte del tejido asociativo de la ciudad, el cambio de nombre de las avenidas gaditanas, o de qué se yo qué cosas… Y, entre tanto, el mar se lleva a los amigos con los que compartes sueños, te pierdes el espectáculo fascinante de ver jugar a los niños en San Juan de Dios, o dejas de tomarte esa tapa de menudo con los amigos de los taninos.

Con mayor frecuencia de la que deberían, las cosas importantes se nos escapan entre los dedos mientras nos atrapan otras que, se mire por donde se mire, no lo son tanto. Y no es que no lo sean todas las que he citado al  comienzo de este escrito, es que lo son mucho más las que cierran el párrafo.

Todo ello nos ocurre en clave personal, porque nada hay más importante que la amistad y los afectos, que la ternura y la belleza, que la bondad y la solidaridad. Son cosas que nos hacen mejores, más capaces de actuar en el mundo, de hacerlo un poco más habitable. Y, sin embargo, a menudo nos vemos emboscados en la estúpida competencia por tener más y aparentar más.

Pero también nos ocurre como comunidad, como sociedad y hasta como especie. Las fuerzas oscuras del mal, que alimentan el odio y la codicia, la violencia y la injusticia, prefieren que nuestra atención –personal y colectiva- esté alienada en el fútbol, las banderas, la televisión, el patriotismo de casapuerta, el incienso de las cofradías o las tertulias del corazón.

Están empeñadas en que no nos hagamos preguntas incómodas -especialmente para sus privilegios- en que no nos preocupemos, ni  menos aún nos ocupemos, por las cosas verdaderamente importantes.

En estos días pasados, 15.000 científicos de 184 países (la mayor concentración de inteligencia colectiva de la historia) lanzaban una alerta para salvar el planeta. Ya nos habían avisado hace 25 años, urgiéndonos a reaccionar frente al cambio climático –resultado del impacto brutal del capitalismo salvaje-  antes de que éste pusiera en peligro la propia supervivencia de la especie humana. Pero no hicimos ningún caso.

O, por ser más justos, a los poderosos del planeta les pareció más importante seguir acumulando riquezas, a costa de la desigualdad, el empobrecimiento y, especialmente, del deterioro progresivo del medio natural. Y han hecho todo lo posible –con gran éxito- para que estuviéramos preocupados y ocupados en consumir, consumir  y consumir. “Consume hasta morir”, propone el lema de un colectivo “antisistema”. Como dice Slavoj Zizek, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Todas las estimaciones dicen que los cambios del clima, con sus graves consecuencias económicas, sociales y geopolíticas, van más deprisa de lo que anticipaban las previsiones más pesimistas. Ya no nos sorprenden las noticias sobre desastres naturales, huracanes devastadores, lluvias torrenciales, sequías históricas… Estamos anestesiados ante ellas, al igual que digerimos anteriormente las imágenes terribles de las hambrunas. Es más, algunos se alegran todavía en los telediarios de que “se alargue la temporada de verano y la ocupación turística”. ¡No hay que ser carajote!

Los científicos y los expertos nos avisan también del agotamiento de las reservas de combustibles fósiles, de sus consecuencias sobre las guerras venideras y sobre el colapso de nuestro sistema basado en el consumo del petróleo.

Anuncian que en los próximos 30 años, si no lo remedia algún milagro improbable, se producirá el fin de este modelo civilizatorio que consiste en el crecimiento sin fin de la producción y el consumo. La fiesta del capitalismo salvaje se está acabando poco a poco, aunque parezca mantenerse en pie. No en vano están de moda las películas y series de zombis.

De todo ello no hablan los medios de comunicación, ni los políticos (de derechas e izquierdas). Es un tema tabú. No vaya a entrar en pánico la gente y les dejen de votar,  o se empiecen a hacer preguntas y pidan cuentas a los poderosos y a los gobernantes por no haber hecho nada para evitarlo.

Las cosas más importantes hoy son prepararnos para el colapso que viene, fortalecer nuestras comunidades sociales, su convivencia y solidaridad, el cuidado mutuo, la capacidad de cooperar y trabajar en equipo, la inteligencia colectiva, la economía social y solidaria, la agricultura urbana y ecológica de proximidad, la soberanía alimentaria, las energías limpias y sostenibles, el reciclaje y la reutilización de recursos y tecnologías apropiadas…

Pero estamos abducidos por las cosas menos importantes, y nuestras calles ya están llenas de luces navideñas, los comercios se empeñan en vendernos un montón de cosas que no necesitamos y en pocos días atiborraremos nuestras barrigas en interminables comidas y cenas familiares.

Y, lo más importante: ¡Ya queda menos para el Carnaval!

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