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Y a casa sin barrer

¿O es que no reconoces a tu hermanos

cada vez que se cambia de camisa.?

Alberto Porlan

Por más campanas que callen hay cosas que no se olvidan. La enfermiza y amarilla hierba del agosto más perverso no olvida que tiene que crecer con las primeras gotas del otoño. Tampoco se olvida la gaviota del festín de carroña fresca que le ofrece el mercado cuando cierra sus puertas cada día. Ni las olas se olvidan de su espuma, ni las piedras de ser piedras. Por más campanas que callen, la manada de felinos que se acurrucan en el campo del sur agradecen y esperan y no olvidan a la persona que, día tras día, les llena los huecos y rincones de sus barriguitas redondas hasta el ronroneo más sincero.

No se olvidan algunas cosas aunque los tiempos pasen con temor a reconocimiento.

A las agujas del tiempo parecen ahora temblarles las piernas. Ahora tienen miedo, ahora que ya es tarde para pagar todo el dolor que inyectaron en la sangre de los otros. Es por eso que siguen  escondiendo su vergüenza, quitando el hierro que no le sobra al asunto, forjando patéticos escudos de hojalata para protegerse de sus propias manos. Hemos visto cómo cruzan los dedos para que nadie descubra su yincana de injusticias, las trampas de su juego macabro, sus trofeos de huesos rotos apilados en las grietas de sus almohadas, ese desguace de muertes donde han acomodado los restos de sus memorias carcomidas y sus intocables cabecitas cobardes durante campanas y campanas y más campanas de la cuenta. Permanecen respirando nuestro silencio, deseando nuestro olvido, rezando cada noche con la plegaria de sus crímenes en el fondo de sus gargantas, susurrando por los pasillos de sus palacios: que nadie escarbe, que nadie encuentre, que nadie sepa. Como alimañas se relamen sus bigotes temblorosos y asustados en la penumbra de sus lujosas alcobas. Asustados, pero se relamen.

Una guerra entre hermanos no se condena, una guerra entre hermanos hay que olvidarla. En todas las casas se cuecen habas, aquí todos partimos piñones. No se condena a un hermano, el pasado es pasado. Una guerra entre hermanos no es una guerra.

Pero han pasado cosas que no hay campanas que callen y la casa está sin barrer y si tú eres mi hermano, perdona, pero no te reconozco con esa camisa planchada. La raya de tu pelo no es igual que la mía, no te reconozco en tu palabra, no te reconozco en mis heridas, no te reconozco en el miedo, no te reconozco con esos zapatitos tan brillantes y tan limpios.

Así que déjate de pamplinas y come rabitos de pasas y no me digas que eres mi hermano y anda el camino conmigo. Las campanas están sonando desde hace tiempo, dame la mano y vamos juntos que ya es hora de enterrar su llanto. Anda y come rabitos de pasas y no me digas que el pasado es pasado, no digas más que eres mi hermano y corre a lavarte esa cara que hace tiempo que quiero verte, hermano, y hace tiempo que no te veo.

Habrá quien te perdone, hermano mío, pero mientras tanto vamos a seguir escarbando en tu miseria, escarbando en tu palabra. Vamos a partir tus piñones y a cocer todas tus habas. Habrá quien te perdone, hermano mío, pero mientras tanto ayuda a enterrar nuestro dolor, a enterrar nuestra historia, a enterrar vuestro crimen. Hermano, habrá quien te perdone pero mientras tanto ven conmigo a enterrar a nuestros muertos porque el pasado es pasado pero más vale tarde que nunca.

Las campanas, hermano mío, hace tiempo que están sonando y tú todavía tapándote los oídos.

¡Anda corre y lávate esa cara!

Fotografía: María Alcantarilla

FIT

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