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Imagen: Pedripol

El último charco de sangre derramado por el asesinato a un niño convirtió las redes sociales en un auténtico lodazal. Las voces que pedían la pena de muerte para la -entonces-, presunta culpable, se mezclaban con aquellas que recordaban que la culpable era mujer, negra e inmigrante, aunque no siempre utilizando estos términos neutros.

La cordura no es una virtud de las redes sociales y mucho menos en caliente. Es curioso, pero estos movimientos no se dan en la totalidad de (escasos) asesinatos de niños que se producen en nuestro país. Únicamente se producen en aquellos en los que ha habido una situación previa de desaparición. Supongo que la llamada a la colaboración para encontrar a quien se cree desaparecido genera una frustración que da lugar a un repunte de odio.

Con el cadáver aún caliente, el asesinado deja de importar. Bajo la excusa de sus derechos o de una supuesta Justicia se expresan las barbaridades más grandes. Como si pudiera haber Justicia tras la muerte de un pequeño de 8 años. Lo único justo sería que ese pequeño siguiera con vida, lo demás es Derecho: leyes, normas y jueces.

La ola de ira es tan intensa que engulle a todos. Gente que presume de leer revistas científicas pero que deja de creer en los estudios científicos o en los avances de las ciencias en el tratamiento de presos. Católicos que sacan procesiones con el Cristo a hombros pero se olvidan del concepto de perdón que el Nazareno quiso explicar. Providas que desean la muerte a un ser humano. Constitucionalistas que se olvidan del artículo 25 de la Constitución.

El odio genera insultos para cualquiera que pretenda discrepar. Sin embargo, creo que en esos momentos es muy importante que no se ceda todo el terreno del debate público al odio. Al fin y al cabo, en estos tiempos que corren las redes son el principal medio de información y expresión de una gran parte de la sociedad, especialmente los más jóvenes. Por eso, después de que salga a la luz una tragedia como esta es necesario volver a recordar que vivimos en un país tremendamente seguro, y mucho más teniendo en cuenta las cifras de desigualdad que tenemos.

Porque en España, por pura estadística, es más fácil tener a un familiar en la cárcel a ser víctima de un asesinato. Pero el relato que construyen los medios de buenos y malos es el más fácil de comprar por la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Una ciudadanía madura entendería que un asesinato como el de esta semana no se comete con la calculadora de la pena que te pueden imponer sino con el impulso del odio. Según todos los estudios, lo importante en estos casos es que el asesino sea descubierto. Por eso el empeño en esconder el cadáver o descuartizarlo. En países con penas más graves se producen muchos más asesinatos precisamente por la sensación de impunidad. Sólo hay que ver lo que ocurría aquí mismo hace unos años con la corrupción.

Evidentemente, a mi no me ha pasado. Ni es muy probable que me pase porque es más fácil que me toque la lotería a que me asesinen a un familiar (estadística pura). Pero tampoco a la mayoría de aquellos que blanden las antorchas y las horcas. Tampoco creo que si me pasara cambiara de opinión, como esa madre, más serena y cuerda que muchos a los que tampoco les ha pasado. Pero es que ni eso, porque la política criminal y el Derecho penal de un país no lo pueden dictar los padres de las víctimas. Lo deben dictar los profesionales y los expertos en la materia.

La asesina de un niño merece una pena grave. Pero esa pena debe orientarse a la reinserción. Porque un Estado no puede convertirse en verdugo. Por muy repugnante que resulte la conducta, eso le restaría cualquier legitimidad. Se trata de principios y los principios son contramayoritarios. Existen, precisamente, para defender a las minorías de las mayorías y no regresar a tiempos oscuros. Tiempos oscuros en los que en días como estos viven nuestras redes sociales.

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