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Como gallinas ponedoras. A ellas les ponen luces y dan más huevos; a nosotros, las luces navideñas nos hacen consumir. Dependemos del estímulo, el resto es lo mismo.

Y ahora Black Friday, Cyber Monday… estamos atrapados en el interior de un sistema global de mercados, prendidos en la tupida tela de araña de las ilusiones comerciales. Tanto, que ya dicen que es terapéutico salir de compras cuando se está deprimido.

El consumismo es una pandemia, es el precio del progreso. A ello contribuye el consumo masivo de reality shows, que ayudan a crear ensoñaciones en el espectador, un mundo ficticio que denigra la propia realidad. La distancia entre el telespectador y su televisor se vuelve inversamente proporcional a la que existe entre su salita de estar y las mansiones de los súper-ricos, estrellas de cine o futbolistas mega-millonarios.

Comprar, consumir, comprar, consumir es una maraña de sueños atravesados por un laberinto de espejos. Es el sino del capitalismo: consumir más, producir más, crecer sin límites. Pero si los recursos son limitados, que lo son, no puede ser y además es imposible. Sin embargo los forajidos del capitalismo nos dicen que sí. Lo mismo nos hacen trampas en este tablero de Monopoly en el que jugamos todos los habitantes de la Tierra.

Son hábiles, muy hábiles, estos ilusionistas de la economía salvaje. El consumo sin límites ofrece al pueblo disponibilidad, facilidades y precios asequibles. Pero al mismo tiempo esconden la verdadera naturaleza de lo que consumimos, lo que nos convierte en ignorantes felices y sumisos.

Pongamos por caso la venta de productos bajos en grasas, a menudo una patraña perpetrada desde la industria alimentaria, en la que colaboran agencias gubernamentales. Lo que hacen es sustituir las grasas por carbohidratos que, a la larga, producen grasas. La gente compra estos productos creyendo que le prometen el elixir de la salud eterna. Sin embargo, los granjeros saben desde siempre que el ganado se engorda con carbohidratos.

Otro ejemplo, ya clásico, es el Plan Marshall. Estados Unidos, tras la Guerra Mundial, tenía necesidad de mercados. Así que una inmensa flota de barcos atravesó el Atllántico, cargada con productos y materias primas, con destino a la devastada Europa. Cuando se barrieron los escombros bélicos y los países comenzaron a levantar cabeza, los productos estadounidenses se vendían a través de una forma de vida: el coche en la puerta, la cocina hollywoodiense, con una rubia y sonriente Doris Day, y el teléfono blanco. El Plan Marshall ponía dinero en el bolsillo de los europeos.Todos querían su TV y su lavadora. Hasta la compra a plazos fue una novedad importada desde el otro lado del Océano. El cine, por fin, ponía imágenes al sueño del bienestar.

Hoy sabemos que el sueño americano sólo era un astuto plan comercial, porque, si bien los Estados Unidos fueron los donantes y no los receptores, se puede afirmar que fueron los principales beneficiarios del Plan Marshall.

Al final, el consumismo consigue que la libertad y la búsqueda de la felicidad no sea más que una simple elección sobre qué coche comprar o qué zapatillas deportivas elegir. Pero pasa con todo, hasta con la cultura. La escritora Loretta Napoleoni pone como ejemplo el auge de la novela histórica o el éxito del bestseller “El código Da Vinci”, en el que el lector consume historia y cultura de bajo voltaje como elemento de escape. La cultura se ha convertido en un producto comercial.

O el asunto de las falsificaciones de productos: las personas que no pueden alcanzar el original, caro y restringido, se sienten felices al adquirir una copia, un clon imperfecto, pero asequible y barato. Con ello se satisface la obsesión de acceder fácilmente a los productos que antes estaban reservados a las élites.

O el dinero digital -o virtual- como emblema más inquietante del capitalismo. Veremos, si no lo estamos viendo ya, comprar un reloj de imitación con billetes falsos. Pero ¿a quién le importa? Lo importante es que la rueda gire y gire.

Desgraciadamente la política apenas pone freno a ese giro frenético. La Política no es más que un accesorio para los negocios y el oportunismo. ¿Dónde queda la ética y la moral del Estado?

Sí, sí, ya sé que no debería preguntar esto…

Fotografía de la cabecera: Pixabay

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