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¿Adónde va ese arsenal de musas? Las veo pasar huérfanas, descalzas, ojerosas, huecas, decrépitas y cabizbajas; desde «El Pincho» hasta la arena. Siguiendo su camino sobre el mar de la playita de Cortadura hacia el horizonte, llenando el mar salado de amargas lágrimas incontenibles. Y no tienen consuelo. Las observo dejar las casapuertas de nuestro barrio, el barrio de nuestros amores, el de los pintores y los niños descalzos. “Una por calle del barrio”, abandonan los lugares donde un día se postraron para ser la luz del poeta. Se marchan de la cama, de la sonrisa, de la madre, del padre, del amor, del hermano, del amigo, de Lola, del Nazareno, del falo o nabo en su acepción más soez, de «Christians», del astilleros combativo, de la monarquía y el fascismo, de la revolución, de la libertad, del carnaval ilegal, de Andalucía, de Cuba, de Venecia, de Uruguay, de los niños, de la muerte, de la vida, de la alegría hoy arrebatada de una bofetada a esta patria chica a la que le han arrancado un hijo joven de cuajo. Un hijo que la mimaba cada año con caricias en forma de magistrales palabras de amor y de devoción absoluta.

Se van las musas, llorosas y vencidas porque su misión llegó a perecer mucho antes de lo justamente previsto. Entre llantos, suspiros y gemidos se les oye decir que él les había exprimido más palabras a la luz emanada por la inspiración de sus melenas y sus risas moras; pero el tiempo falló en sus previsiones.

Las musas perdidas
Ilustración: Pedripol

Él, que siempre había bailado sobre el alambre más sarcástico, políticamente incorrecto e irreverente. Él, que siempre había desafiado a la lírica más costumbrista y desfasada renovando lo renovado, al poder más rancio y al dios creado por la chusma no selecta. Él, el de la mirada desconfiada e insolente que hacía religión de un rato de café y cigarrillo. Él, el de las maneras vacilonas y tímidas, macarras y caballerosas, déspotas y sensibles. Él, que me conectó a mi primer amor. Él, que más tarde se enamoró prácticamente a la vez que yo de la misma persona. Él, que me hizo reír hasta sin estar, cuando eran contadas sus cientos de anécdotas estrafalarias, graciosas y excéntricas de la boca de algunos de sus «bufones de barrios bajos», amigos de mi alma. Él, que brindaba a la vida los versos más románticos y más hermosos paridos para mi carnaval. Él, tan honestamente prepotente y entrañablemente tierno a la vez. Él, que me hacía dichosa contando los meses que quedaban para desatar el amor de Don Carnal en nuestras almas con sus palabras impecables y certeras. Él, que hacía de una mañana de febrero la espera más hermosa de mi vida. Él, que transformó el sentir social y personal de toda una generación en combativa resistencia e indómita rebeldía. Él, crucial. Él, imprescindible. Él, insuperable. Él, irreemplazable e irrepetible.

Decía el poeta que las musas no se eligen, son ellas quien eligen al poeta, y ausentes, indolentes y esquivas lo vuelven loco hasta proporcionarle la luz que él busca por los recovecos de su esencia. Por él y por su ausencia se marchan, rotas y dolentes musas de nostalgia, para mimetizarse con los colores de la puesta de sol, «a solas con el faro de sus ojos claros y al sur de sus frentes». Colores que hoy sangran su marcha y piden al dios momo fuerzas para soportar la pérdida de los versos dorados que nos acariciaban cada carnaval con el aire más fresco, golfo y revolucionario. Lloran las musas porque ya no volverán a ser el motor de la pluma más hermosa. Su tiempo terminó y aún puedo divisarlas aunándose con los rojos, verdes, azules y amarillos de uno de los atardeceres más tristes de toda la historia pasada y futura de esta, nuestra pequeña libertaria.

Cogemos tu testigo, Capitán, y aunque todos hubiéramos deseado que la canción que inventaste fuera interminable, Cádiz seguirá resistiendo con tu legado y tu credo por bandera, como arma arrojadiza y revolucionaria. Cádiz resiste. Desde mi más profundo dolor, te lo prometo. Te lo prometemos. Salud, República y Libertad.

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