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Jaime pastor

Ilustración: pedripol

No hace mucho escribía yo en este foro acerca del evidente desinterés que los distintos gobiernos/partidos de la llamada transición española han manifestado por llevar a cabo mejoras democráticas de la constitución del 78. Ese desinterés se extendió al nuevo sistema político en su conjunto, a la democracia representativa liberal que inició su andadura allá por aquellas fechas.

Si una de las características fundamentales de la democracia como sistema es su perfectibilidad, es decir, una dinámica inspirada en la necesidad y posibilidad de continuas mejoras, es evidente que la democracia, en España, ha padecido un estancamiento preocupante —por insano— durante demasiado tiempo. Los resultados de tanta indolencia democrática están hoy a la vista: en España, al igual que en el contexto de las democracias liberales de Occidente, está produciéndose un evidente deslizamiento hacia lo que ha venido en llamarse “la democracia autoritaria”, proceso favorecido precisamente por textos constitucionales defectivos, insuficientes.

Pero si negativo ha resultado ser el inmovilismo democrático intencionadamente practicado por nuestros distintos gobiernos/partidos —y favorecido por un consentimiento paralelo de la sociedad en su conjunto—, más lesiva aún está siendo para una deseable profundización en la democracia la acción continuada e intensa del poder por rebajar aún más el escaso potencial democrático de las Constituciones liberales, y de la nuestra concretamente, tal como ya describía en mi artículo “Hacia la Constitución neoliberal”.

De manera que mientras los distintos gobiernos/partidos nos han venido aleccionando políticamente con las bondades del sentido común, la moderación, el diálogo, el consenso, la centralidad…, etc., bajo nuestros pies estaba fraguando una realidad que ahora se evidencia e impone en toda su crudeza, y cuyos contornos nada tienen que ver con la engañosa catequesis que con tanto ahínco se practicó desde el poder: una realidad en la que brilla por su ausencia el sentido común bueno (hay sentido común bueno y sentido común malo, como el colesterol) de quienes nos sermoneaban; una realidad caracterizada por el desenfreno, el desmadre, las tropelías y los abusos de los dueños de la situación; una realidad despótica, en alejamiento progresivo de los más elementales principios democráticos.

Pero los factores anti democráticos que integran esta realidad se amplían y extienden a otras facetas de la vida, de la sociedad y de la convivencia. Por ejemplo, estamos asistiendo de manera casi imperceptible (los medios no lo tratan suficientemente) a otro deslizamiento fundamental: el paso de un modelo de educación —puede que insuficiente y mejorable— que en lugar de ser sustituida por una mejor educación, ha cedido el paso a un adiestramiento totalmente exitoso y eficiente en sus pretensiones y objetivos: el adiestramiento neoliberal.

Si con la promulgación de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa)  ya tuvimos ocasión de comprobar el concepto de educación que anida en la cabeza de las élites propietarias del poder, ahora estamos asistiendo a una revisión/ampliación/afinación de aquellos principios retrógrados para insistir abiertamente en los postulados de la nueva razón del mundo: ese neoliberalismo asocial, grosero, irresponsable e inhumano que está llevando al planeta a situaciones de alto contenido explosivo. Si defectiva, por insuficiente, era la Ley Orgánica de Educación (LOE) del año 2006, que aún incluía un lenguaje con amplios referentes a la convivencia democrática, la cohesión y los valores sociales, el respeto a las diferencias individuales, el fomento de la solidaridad y la evitación de la discriminación, etc., la citada LOMCE, auspiciada por el aciago ministro Wert, vino a desarrollar abiertamente una ideología “educativa” neoliberal individualista y competidora, sólo disimulada por un lenguaje preambular engañoso cuya primera intención era soslayar las críticas que se vertieron contra los primeros anteproyectos publicados antes de la redacción definitiva de dicha ley, promulgada en 2013 y actualmente vigente.

Aquellos primeros borradores tenían la “virtud” de mostrar a las claras las intenciones, los modos y los principios que inspiraban a los promotores de aquella ley en gestación. En efecto, los textos que fueron conociéndose durante el proceso de preparación de la LOMCE, y concretamente el anteproyecto que llegó a presentar el ministro Wert, estaban trufados de expresiones como “promover la competitividad de la economía”, “La capacidad de competir”, “ventajas competitivas en el mercado global”, “educación para el puesto de trabajo”…, etc.

Dicho documento se abría con el siguiente texto —no me resisto a transcribirlo literalmente— que venía a ser el compendio del modelo educativo en ciernes: “La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país. El nivel educativo de un país determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel educativo de los ciudadanos supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global”.

Y es que a pesar de la “dulcificación” posterior de la letra, el espíritu que impregnaba dicha ley giraba —gira— en torno a la llamada de las élites del poder neoliberal al necesario sometimiento de las personas y de la sociedad a las leyes de los mercados globalizados. Porque esta ideología “educativa” no contempla la posibilidad ni la necesidad de luchar —en este caso desde la educación— para revertir el estado actual de las cosas y construir un mundo distinto y mejor, más allá de los moldes del pensamiento contable hegemónico.  

Por el contrario, aquella orientación de los asuntos educativos era perfectamente congruente con los vientos neoliberales que azotaban ya por entonces todos los órdenes de la vida. Vientos que hacían previsible lo que posteriormente iría haciéndose efectivo: el diseño y aplicación de una “educación” (en realidad adiestramiento) para aleccionar convenientemente la subjetividad, el espíritu de las personas; para controlar y organizar con criterios de estricto aprovechamiento el trabajo, el reposo, el ocio…. En definitiva, una “educación” concebida para moldear cuerpos y mentes optimizados para el Gran Objetivo: la competición a todos los niveles… hasta desembocar en un fenómeno ya establecido como “normal” en la sociedad de nuestro presente: la competición de cada “individuo” no sólo con el resto de los demás “individuos”, sino consigo mismo.

Así pues, la gran novedad de este adiestramiento neoliberal reside —citando a Christian Laval y Pierre Dardot— “en el moldeado mediante el cual los individuos son transformados para que sean capaces de soportar las nuevas condiciones creadas, y de tal manera que ellos mismos contribuyen con su propio comportamiento a que dichas condiciones se vuelvan cada vez más duras y cada vez más perennes”. En resumidas cuentas, y siguiendo con la cita de estos autores, “…la novedad consiste en disparar un ‘efecto de cadena’ para producir ‘sujetos emprendedores’ que, a su vez, reproducirán, ampliarán, reforzarán las relaciones de competición entre ellos”.

Y para que todo lo escrito hasta aquí no quede en el mundo de la teoría, quisiera descender a niveles de concreción suficientes como para ilustrar adecuadamente las anteriores reflexiones. Precisamente estos días hemos asistido a dos informaciones (también escasamente divulgadas por los medios, dicho sea de paso) que deberían ahondar la preocupación de la sociedad sobre el futuro inmediato de la educación en nuestro país, pues vienen a significar el avance de esa tendencia ultraconservadora ya apuntada en la LOMCE en particular y en el fenómeno de adiestramiento neoliberal en general.

La primera de estas informaciones, que tiene alcance autonómico pero que sin duda abrirá el camino a una generalización a nivel estatal, se refería al fallo (creo que del pasado día 24 de mayo) del Tribunal Supremo reconociendo el derecho al concierto económico a los colegios andaluces concertados que segregan al alumnado por razón de sexo, una práctica artificial y artificiosa, contra natura, que la Junta de Andalucía tenía recurrida, y a la que sus defensores llaman educación diferenciada. Digo práctica contra natura porque las mujeres y los hombres no viven en la realidad separados en compartimentos estancos: trabajan, se desarrollan, se instruyen y educan, se divierten, sufren, construyen sociedad…, juntos, en absoluta interacción. Y esa interacción es imprescindible practicarla antes o al mismo tiempo que aprenderla. Precisamente esa diferenciación a la que aluden sólo puede ser vivencialmente exitosa con la premisa de un desarrollo (social, psíquico, intelectual, afectivo, emocional, profesional…) en estricto contacto, en efectiva comunidad, en radical acompañamiento entre niños y niñas, entre hombres y mujeres.

La segunda de las informaciones a que he aludido hace referencia a la publicación (prácticamente en las mismas fechas que el fallo del TS citado anteriormente) por parte de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) de un documento-libro titulado “La educación importa”, en el que la patronal española expone sus posiciones sobre la educación que tenemos y la que, a su juicio, deberíamos tener… ¡para hacer frente de manera eficaz a los cambios propiciados por la globalización! (Enfatizo la coincidencia de objetivos).

Recela uno cuando oye hablar y argumentar a las organizaciones empresariales de hacer frente a los cambios propiciados por la globalización: un sencillo ejercicio de interpretación basado en la experiencia y en la trayectoria intelectual de la CEOE nos dice que por “hacer frente a la realidad de la globalización” el pensamiento neoliberal hegemónico en esta organización entiende “el sometimiento sin condiciones de la gente a los dictados e intereses de los negocios y de la especulación”. Y la educación —una verdadera educación— representa una vacuna contra la mansedumbre y el consentimiento, que constituyen siempre eficaces extirpadores de la dignidad humana. Por ello, cuando dicen educación, en realidad, repito, quieren decir adiestramiento. De ahí el título de estas líneas, porque efectivamente, en el horizonte inmediato de las sociedades desarrolladas liberalmente democratizadas, retrocede la educación y avanza el adiestramiento.

Tal vez, por lo que llevo dicho hasta aquí, quienes no hayan leído el documento de los empresarios lo supondrán repleto de referencias neoliberales explicitas a la manera en que lo hacían los papeles preparatorios de la LOMCE, según hemos visto. Pero no es así. Los redactores del documento de la CEOE tienen una experiencia previa y han querido evitar, con astucia evidente, el uso de la tosca terminología utilizada por los burócratas redactores de la LOMCE, que tan criticada fue por sectores progresistas por su alto contenido en ideología contable. Pero no resulta creíble incluir, como hace el documento de la CEOE, entre las diez propuestas clave para adaptar la educación a esta “nueva era”, el “desarrollo de la creatividad, el pensamiento crítico (sic), la comunicación y la colaboración”, mientras que, por otro lado, se insta como necesario y urgente que las reformas de nuestro sistema educativo “deberán lograr en la mente de los sujetos en formación el desarrollo de un núcleo estable de conocimientos, de actitudes y de competencias, desde la educación general, que esté alineado con los requerimientos de esta nueva era”.

Sabemos ya de sobra, por la experiencia empírica que nos aporta una simple mirada al mundo actual, cuáles son “los requerimientos” de esta nueva era en materia económica y de empleo. No veo, por ello, en qué sentido podría aplicarse el sentido creativo y el pensamiento crítico que el empresariado de la CEOE propugna como necesarios.

No he podido evitar recordar, durante la redacción de estas líneas, un conocido y profundo análisis, entonces premonitorio (fue publicado en 2006), que advertía de las corrosivas consecuencias personales y sociales derivadas del nuevo modelo humano que rondaba ya entonces —y ronda todavía— en la cabeza de los destructivos fundamentalistas de la emprendeduría y la competitividad. Este análisis a que me refiero lleva por título precisamente “La corrosión del carácter”, además de un esclarecedor subtítulo: “Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo”. Su autor, el prestigioso sociólogo Richard Sennet. No nos vendría mal releerlo como contrapeso ante tanto interesado optimismo neoliberal.

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