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Son malos días para todos. Muy malos días para pensamientos estériles, mientras las cifras en la cuarentena no hacen más que engordar. En cambio, puede que sean mejores tiempos para hacer algo en casa, en común, incluso en solitario. Una de estas actividades es la lectura de esos clásicos que, como peces abisales, solo asoman como proyecto en el panorama de nuestros utópicos planes, mientras nuestro ocio real queda subcontratado cada vez más a una pantalla animada. 

Como quien vuelve encantado de un viaje y quiere empaparse de una cultura y un ambiente que no ha llegado a aprehender, nuestra lectura también se puede orientar hacia otro lado: el del encierro. Así podemos encontrarnos con la literatura del confinamiento que, paradójicamente, pese a su aparente limitación de movimientos, muchas veces deviene en una aventura. 

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Fotografía: Jesús Machuca

¿Dónde localizar esos libros?  Todos podríamos comprarlos en una librería, aunque podemos encontrar algunos en nuestra casa. No se trata de un género complejo ni para iniciados. Ni siquiera de una sección en las librerías, pues se encuentra salpicando una buena parte de la literatura. De una u otra forma, se trata de imaginar, de ver cuáles de nuestros libros tienen que ver con un encierro, con no poder salir del lugar donde se está, tal cual sucede en la metafórica A puerta cerrada de Sartre. Los más obvios que podemos encontrar transcurren en una cárcel o una institución como un sanatorio o un internado. Entre los primeros tenemos el tan poco conocido como recomendable El vagabundo de las estrellas, de Jack London, sobre un preso que, inmovilizado en su celda, decide viajar con el espíritu. Dentro de la literatura de cárcel, las letras hispanas nos ofrecen La familia de Pascual Duarte, de Cela, o en un aparte, Las guerras de nuestros antepasados, de Delibes, y más recientemente Los días de la peste, del boliviano Edmundo Paz Soldán. En la literatura de sanatorio nos queda, por ejemplo, Pabellón de reposo, de Cela, y la inolvidable La montaña mágica, de Thomas Mann, además de La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, que transcurre en un internado de Lima. 

Desde El conde de Montecristo la literatura universal tiene mucha obra carcelaria bien por la situación de un preso que ofrece un testimonio, como A sangre fría de Capote, bien por el número apreciable de autores recluidos,  internados en un sanatorio o desterrados, como Dostoyevski, Oscar Wilde (De profundis), Genet, el recientemente fallecido Limónov, o Jorge Semprún en el campo de concentración de Buchenwald (germen de su mejores letras), Fray Luis de León, el Marqués de Sade, San Pablo, Miguel Hernández, Leopoldo María Panero, Voltaire, Reynaldo Arenas, Unamuno desterrado a Fuerteventura y, a la cabeza de todos, Cervantes secuestrado en Argel y preso en Sevilla. De una u otra manera, las experiencias de cada uno en muchos casos se traslucen explícitamente en su obra. 

Si aún no ha encontrado ninguno de estos libros o autores en casa, no hay problema. La metamorfosis de Kafka no tiene disculpa, y puede encontrarse gratis y descargable en la web. ¿Hay mayor sensación de confinamiento que despertarse en la habitación propia, sentirse otro y asumir la prohibición de salir? ¿No nos recuerda acaso a la situación presente? 

Con un criterio amplio, se pueden encontrar muchos libros con un trasfondo de reclusión, como los de náufragos y robinsones, muchos de los Viajes Extraordinarios de Julio Verne, una de las semillas de la ciencia ficción, con sus largos viajes, que comparte mesa con la literatura distópica que, de una forma u otra, siempre nos está hablando de una sociedad totalitaria, sujeta, cuyos protagonistas viven en una cárcel tan grande como el mundo. Véanse Los juegos del hambre, El cuento de la criada, Un mundo feliz, o 1984. Resulta inquietante que todos estos encierros se vivan como una odisea. Si todas las llamadas anteriores no fueran suficientes, seguro que al menos le sonará algo llamado Gran Hermano

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