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Hay una escena en La huelga de Sergei Eisenstein en la que la patronal, mediante su brazo armado, acude al lumpen, a los golfos, para romper la huelga y provocar sabotajes. La artimaña se resuelve con un violento incendio de una destilería, el agua de los bomberos cayendo sobre los huelguistas y la detención de los cabecillas.

Como si fuera el turno de «la farsa» del viejo adagio de la repetición de la historia, entran en escena —la política gaditana, la aprobación de los presupuestos— los golfos y los críticos.

Para que usted los reconozca, señora, los golfos son los que veneran, aplauden y convierten en incomprendidos héroes al lumpen que le canta las cuarenta al alcalde de Cádiz en los plenos. La farsa: la provocación consiste en intentar golpear simbólicamente con la música y las letras que el alcalde mismo defendió. Los golfos, señora, aseguran que «todos los políticos son lo mismo», quejándose de que «no miran por nosotros». Desde mi punto de vista, este lumpen no representa a ninguna comunidad política. Solo al vacío ético, a la desposesión que se ha llenado de tele, consumo y desmemoria. Están dispuestos a todo. Ahora tienen voz. ¿Qué voz? La del poder. Amplificada, puesta a todo volumen.

Los críticos son aquellos que hablan de «populismo sureño» y de «igualitarismo  envidioso». Son los que recurren a los miedos populares del extremismo de la Confluencia y susurran a las viejecitas «Venezuela» cuando pasan por su lado. Si la dinámica de la provocación sigue por la vía de la performance, pronto los críticos empezarán a llamar a los golfos «oposición». En cuanto saboteen un acto del alcalde o rastreen un agravio ante las demandas de los golfos. Se les dará cancha en las páginas impares. El vídeo de la performance se hará viral impulsado por esa criticidad amparada en la «libertad de expresión». Como se calificó —y se premió— a golpistas antidemocráticos. Como los talibán fueron «freedom figthters». Y tantos etcéteras. Sí, señora, esos mismos medios en los que al lumpen siempre les toca el papel de chavs en truculentas noticias. Ya no les tocará ser un tópico del que reírse, burlarse. Habrá una tregua. No se les analizará como entomólogos. Se acabará el Lombrossismo de la noticia de sucesos.

Los críticos, más cultos, sibilinos y a sueldo, también usan el viejo recurso de las opiniones tratadas como noticias para la desestabilización. Un poné. La noticia de opinión firmada sobre la carta del alcalde es un ejemplo claro de este criticismo barato, sin ataduras, derrotista a la máxima potencia. Crítica de alguien que escribe en un grupo mediático que intenta, desde su posición de poder, perturbar a un gobierno legítimo. Como en Venezuela. Lindezas como esta pasan por noticia:

Para demostrar su contrariedad severa con la actuación de los grupos de oposición el primer edil no eligió lo que hubiera sido una reacción al uso, al buen uso democrático. Antes que comparecer en una rueda de prensa, por ejemplo, y someterse a las preguntas y petición de aclaraciones de los representantes de los medios (también de los denostados por su formación) el alcalde eligió una vieja fórmula. Una fórmula similar a la del comunicado sin preguntas y las comparecencias televisadas en plasma de su enemigo Rajoy, y a las encendidas alocuciones de  ‘Aló presidente’ de su más admirado Hugo Chávez. 

Lo más interesante del caso es que, en la entradilla de la noticia (y acompañada de una foto del alcalde con las manos juntas, como si rezara), el periodista describe la misiva como «mesiánica». Como si el alcalde hubiera perdido la chaveta, le hubiera dao un siroco, tuviera una corgaera transitoria o fuera un iluminado que no está normá.

Magistral, la farsa.

No sabe el periodista, o escamotea, que el meshíakh es el consagrado, ya que se ungía la cabeza con aceite (meshakh). Desde una lectura política (porque ya dijo otro mesías que «la crítica de la teología es la crítica de la política»), esto significaba la exclusión del mesías de las funciones cotidianas para consagrarse al servicio del pueblo. El Mesías es entonces el ser humano que ejerce un liderazgo comunitario por medio de una acción «peligrosa» en nombre del pueblo «oprimido» (como la viuda, el huérfano, el pobre, el extranjero del Código de Hammurabi). Su misión es dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo y cumplir con otras necesidades humanas fundamentales, relacionadas con la vida, y por ello dicha vida es el contenido de su mandato.

El fundador (como lo llamaba Horkheimer) del cristianismo acabó como acabó. En la silla eléctrica de aquel tiempo, como bien vio Bill Hicks. De mesías pasó a salir en Semana Santa. Actor en la representación mítica de aquellos que son esclavos, porque matan a los justos por las mismas razones que honran a los héroes. Quizá el periodista no sabe que la traducción del hebreo al griego, qué casualidad, señora, de mesiánicos es cristianoi. Los cristianos son mesiánicos.

Así que, sin comerlo ni beberlo, se trata de un adjetivo justo, de un acierto, usado de forma invertida. Y nos quedamos con cara de tontos, como aquellos que observan el Pantocrator y saben que le han escamoteado, han invertido, aquello de «bienaventurados los pobres de la tierra», mientras la curia se pone púa y es rica. Y que a partir de ahora se llevará al cadalso al que contraríe las ideas del que murió por nuestro pecados o del que intente parecerse a Dinamarca. Y a callar tolmundo. La farsa, again.

Será por ignorancia, por falta de ética o de recursos. Pero los críticos acaban haciéndose la picha un lío, como en el ejemplo de lo mesiánico de una carta mesiánica. Y, sobretodo, no se ponen de acuerdo: lo mismo le achacan las inundaciones de La Viña al regidor y a su gestión sobre los usillos, que están pendientes si el alcalde va en tren y hace una fotografía con su pareja. No saben si ha acudido a un concierto de AC/DC o si ha conciliado esta semana, si va a colgar del palo del ayuntamiento la bandera de Korea del Norte, o si va a reemplazar el reloj del ayuntamiento por uno digital. Eso sí, son capaces de publicar «las primeras pintadas contra el alcalde». Cuando se trata de otra performance bastante tramposa de un golfo: Bajo un contundente: CONTRA LA CARIDAD, APOYO MUTUO Y SOLIDARIDAD, alguien ha añadido, en rojo, un  Kichi fascista traidor.

Los críticos también teorizan a la ligera: ya hablan de que existe el kichifanatismo.  El término sociológico se explica así: dícese de aquella ceguera ante las actividades antidemocráticas del alcalde. El kichifanatismo intenta cegarte, aniquilar tu objetividad, guiarte hasta el sendero del pensamiento único. No caigas en esa trampa. La democracia solo se entiende desde la pluralidad ideológica, si predominara un solo pensamiento no existiría democracia sino un sistema autoritario. Luche contra el fanatismo. Sea libre. Busque su ideología y sobre todo: lea, contraste y forme su opinión, no caigas en las redes del fanatismo político.

El mundo al revés, señora, con lo poco que les gusta a los críticos las inversiones públicas y los invertidos. Los mismos que impiden que la ciudadanía tenga una información de calidad, lastrada por los intereses económicos, por la publicidad institucional y el claro posicionamiento político de alguien que despide a un periodista por publicar la aparición en Los papeles de Panamá de su ex mujer, son los que te ordenan que te informes y no caigas en las garras del extremismo antidemocrático, de la «envida igualitaria», del «populismo sureño». Te piden que seas crítico con «los tics autoritarios», «con el sistema opresor que el alcalde pretende imponernos». Y que, qué pena, aún no se ha materializado para así radicalizarse aún más y disparar cuando vean a Errejón por la calle. O pedirle medio kilo de acedías a la que pretendió ser alcaldesa.

No sorprende el extraño viaje del silencio teofilista a la incontinencia en lo que ellos llaman, con falso ingenio crítico, el «kichilato». Porque estos críticos buscan, con sus críticas, la legitimación del sistema existente per se, (que creen en peligro por cartas mesiánicas o la demoníaca Confluencia) con argumentos tautológicos extraídos de la deontología del tertuliano de un programa de cotilleos. La razón política de los críticos no se hace cargo de los efectos negativos de cualquier norma, ley o sistema que defienden (para eso está el parche de la caridad). Porque exigen sin peros que la racionalidad política del Alcalde sea realista, en el sentido de que su realismo le haga creyente de la aparente perfección de cualquier norma, ley o sistema que se atribuyan tal propiedad. Para eso están los golfos, para demostrar que el alcalde no piensa en ellos. Quieren que acepte que 20 años de teofilismo han sido los mejores para la ciudad y que, haga lo que haga, nada podrá compararse con la destrucción sistemática de una ciudad. Porque las dificultades de sacar adelante los presupuestos no son causa, para los críticos, de efectos negativos y adversos para la comunidad política más débil. Los críticos concluyen: “Todo sistema tiene sus víctimas, eso es así, y si hay víctimas, están de nuestra parte”. «Y a pelarla», «es lo que hay». «Así son las cosas».

La farsa, señora.

No caer en las provocaciones exige un esfuerzo grande. Responder a cada una de las mentiras, presentadas como críticas, impide el desarrollo de nuestro verdadero trabajo. Impide ser materialistas mesiánicos en su sentido más profundo: el de ser justos con el desahuciado, con la parada de larga duración, con el falso autónomo, con los de las colas para la caridad del hidrato de carbono, con los cuarenta mil exiliados del teofilato, con el saqueo de las cuentas del Ayuntamiento. Son maniobras de distracción, provocaciones desestabilizadoras como las de «El Rey» de la película de Eisenestein. Es quemar una destilería y apagar con agua a las masas. Es la vieja política chirriando de miedo, estulticia, clasismo y podredumbre moral.

Nos queda mucha farsa.

Pero nunca nos callaremos, queridos críticos. Recordad Stalingrado.

Fotografía: Jesús Massó

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