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Siempre tuve una relación ambivalente con los huevos. Los que se mastican y digieren -que no son quizá los únicos que se coman- me encantan, son deliciosos, nutritivos, tienen mil formas de cocinarse, con su puntillita, pero tienen también un punto viscoso que me lleva a la madre de las arcadas -lo que en Cádiz se produce en el contexto de la “fatiguita”-.

Después están los Huevos de Oro de Javier Bardem en la película de Bigas Luna de 1993. El momento en que ese hombre canta Por el amor de una mujer, exitazo de la canción comercial popularizado por Julio Iglesias. Justo ahí aparece la verdadera naturaleza de los huevos: parecen sólidos por fuera, compactos, pero por dentro están a punto de deshacerse en materia viscoso- vergonzosa.

Los huevos
Jesús Machuca

Luego están las cosas “por huevos”. Aquellas que alguien decide hacer sí o sí, porque cree que no puede ni debe pasar sin ellas. Las cosas “por huevos” se me parecen a las armas de destrucción masiva o, por lo menos, al concepto mass mediático de “arma de destrucción masiva”. El que las activa se siente en posesión de la verdad y el bien supremo que las autoriza. Esto solo puede ser así para quienes no entienden que deben convivir con otros corazoncitos.

Las cosas “por huevos” solamente pueden ser realizadas por un sordo, un insensible, un egoísta. O, desgraciadamente, por muchos. Este tipo de acciones se han popularizado -bonito participio- en la política y se ven, por ciertos sectores, como buenas por su rigidez. Las plantas menos flexibles son las que antes se tronchan por el viento -o por la nieve, véase Filomena-.

¿Dónde hemos dejado el razonamiento crítico, la negociación, la empatía, la capacidad de ponernos en el lugar de los demás, la solidaridad? Te callas y cuando seas padre comerás 2 huevos. Y así seguimos, enumerando huevos un día después de la tradición de los huevos de Pascua en Cataluña y otras regiones -qué maravilla, estos son de otra naturaleza, de chocolate, y eso nos hace pensar que, en realidad no son huevos, son otra cosa, son chocolate, y eso nos daría para otro placentero artículo-.

Pues eso, que llegamos a los huevos que más me disgustan últimamente que son los que tienen los políticos españoles. Y las personas que encuentran en esos huevos razones para votar a esos políticos. Una pseudo valentía entre cutre y hortera. Tengo la misma sensación de vergüenza ajena cada vez que escucho -en directo o a través de los medios- a un votante de Ayuso decir que la vota porque “tiene huevos” que cuando Pablo Iglesias “puso los huevos encima de la mesa”, dejó el gobierno y se puso como objetivo “salvar Madrid”. A Ayuso directamente no la escucho por higiene. Su asco y prepotencia tienen, por lo menos, 2 mutaciones. El problema aquí es que al votante de la derecha le suelen gustar mucho los huevos, pero en la izquierda hay varias versiones y estamos los de la vergüenza ajena y la vacuna de energía yin que necesita esta sociedad. Los que estamos cansados de unos políticos que nos quitan protagonismo y reivindicamos la política aburrida, veggie, con huevina o pasta de garbanzo. Por ética, por compromiso y por amor.

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