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Fotografía: Jesús MassóDiego boza

No son invisibles, aunque lo parezcan. Si te fijas mucho, si prestas atención, las ves. No en cualquier sitio, por supuesto, porque normalmente están encerradas entre cuatro paredes, pero si sabes dónde ponerte puedes encontrarlas. A veces en la cola de la pescadería. En ocasiones en un banco de la plaza. Las menos en el Paseo Marítimo. Siempre atentas a aquel al que acompañan, a aquel que sí vemos porque podríamos ser nosotros. Ellas no. Ellas son y serán siempre ellas.

En su mayoría no nacieron aquí, aunque muchas ya pueden decir que son españolas. Pero la realidad es que, por más que quieran explicar que con el DNI tienen los mismos derechos que los españoles de cuna, cuando son vistas siguen siendo entes extraños para la mayoría. Aunque sean absolutamente necesarias. Imprescindibles, diría yo.

En un país machista y católico, en el que los cuidados se quedan en el entorno familiar, siempre feminizados, ellas han posibilitado la continuidad laboral de una generación de mujeres atrapadas entre las exigencias que la sociedad les hacía como madres, como hijas y como trabajadoras. En una situación en la que la dependencia era sólo una ley, sin fondo ni fondos, han sido ellas las que han venido a sustituir al Estado.

Ellas descubrieron los recortes antes que los políticos sacaran la tijera en los titulares de prensa. Ellas han soportado el trabajo en negro, sin dar de alta en Seguridad Social, sin vacaciones ni días de descanso. Ellas han negociado condiciones sibilinas, trabajos de 24 horas al día pagados con poco más que el Salario Mínimo Interprofesional. No venía impuesto por pérfidos burgueses, sino por las familias españolas, porque en el fondo, entre tres españoles, uno es un pícaro y el otro un Mariano Rajoy.

Los sindicatos no han oído hablar de ellas y, en muchas ocasiones, una parte del movimiento feminista burocrático las olvida, o las saca en jornadas temáticas mientras las explota en los hogares.

Son ellas. Las que atienden a nuestros abuelos, las que limpian nuestras casas, las que cuidan de nuestros niños. Son bolivianas, en su mayoría; algunas marroquíes; las menos dominicanas, hondureñas o rumanas.  Son las empleadas de hogar. Son las extranjeras. Son las cuidadoras de la España del siglo XXI.

Pero, curiosamente, como parecen invisibles, nadie habla de ellas. Mientras, continúan limpiando los mocos de nuestros hijos, los suelos de nuestras casas, los culos de nuestros abuelos.

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