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Fran delgado1
Fotografía: Jesús Massó

«… seguid así y ya verás
que va a acabar el carnaval
encerraito dentro de la jaula»
M.A. García Arguez
Los prisioneros (2018)

Afirmaba la chirigota ilegal Los que gritan en la puerta del juzgado con su particular sentido del humor que “nada da más satisfacción que el placer de llevar razón”. Desde luego que se trata de una práctica placentera, pero en este carnaval se está produciendo una reacción que supera el regodeo de decirle a alguien “te lo dije”. Me refiero a lo que a nivel local se ha definido como “los ofendiditos”.

Por ofendidito se entiende ese grupo que salta en las redes sociales y medios cada vez que se realiza un chiste que, desde su estrecha perspectiva, rebasa los límites de lo que debe ser permitido. Actúan como guardianes de las esencias del humor, Torquemadas de la moralidad vigente, Cruzados de lo políticamente correcto, censores de una libertad limitante y abanderados del respeto mal entendido; pero, en el fondo, no dejan de ser unos meapilas sosainas de tres al cuarto (que no del tres por cuatro) incapaces de aceptar cualquier atisbo de crítica que vaya contra sus sagrados intereses o su limitada visión del mundo.

Estos nuevos indignados desconocen la propia naturaleza del carnaval como máxima expresión de libertad popular. En Cádiz se ha criticado a Franco, a la Iglesia, al político o Gobierno de turno o simplemente a lo que les ha dado la gana a las agrupaciones. Tampoco tienen conocimiento de su historia, de los represaliados durante el franquismo simplemente por ejercer la crítica política utilizando el humor como única arma, de su prohibición y de cómo sobrevivió a las “fiestas populares” en baches y peñas. La crítica social y política cantada como forma de exorcismo de una ciudad que no ha sido especialmente bien tratada.

Al ofendidito de susceptibilidad a flor de piel le cuesta comprender que no existe manera más inteligente, y con mayor carga de profundidad , que utilizar la música y el humor como instrumentos sobre los que construir un discurso político en clave popular en el que se expongan los problemas, miedos e incertidumbres que padece diariamente el pueblo. En su impostura hay, sobre todo, una doble y falsa superioridad. Por un lado, en la sociedad de la postcensura y de la dictadura de lo políticamente correcto, ofenderse autoconfiere al ofendido una situación de superioridad moral respecto al que ofende. Y eso es muy placentero: “Has traspasado los límites de lo permitido, pero no te preocupes que ya estoy yo aquí para decírtelo”. Por otro, esta impostada superioridad se traslada también al ámbito intelectual por la despectiva consideración general que tienen sobre el carnaval, al que ven como un evento menor, ordinario y vulgar. El populacho divirtiéndose con letras simplonas y chistes groseros. Ya decía Galeano que los nadies no practicaban cultura, sino folclore. Son incapaces de entender el inconmensurable caudal cultural y creativo que supone el carnaval y de darle el verdadero valor que tiene como expresión artística. No.

Ser ofendidito debe ser duro, estar todo el tiempo esperando que salte cualquier cosa que atente contra su estrecha e ínfima jerarquía moral para lanzar toda su ira sobre ella debe de ser cansado. Aunque, más que nada, ser ofendidito es paradójico, porque luego son los mismos que se autoproclaman máximos defensores de la libertad de expresión y suben a sus redes sociales una imagen con “je sui Charlie”. Se ofenden por una representación satírica sobre Puigdemont, por comentarios irónicos sobre Sevilla, Cataluña o cualquier otro lugar y por simples chistes de humor negro. Pero no lo hacen con la corrupción política generalizada, ni por el creciente patriotismo de banderas y el subyacente fascismo que conlleva, ni por el recorte de derechos sociales que se ha producido en los últimos años, ni porque existan personas encarceladas por escribir un simple tuit, ni porque, en definitiva, nos mean encima y dicen que llueve. Y eso no es placentero. Ni se trata un chiste. Y, además, no hace puñetera gracia.

 

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