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Los últimos acontecimientos políticos en Andalucía, y en buena parte del mundo, me obligan a repensar la Historia como un viaje de ida y vuelta. Un pararnos a pensar lo que hemos sido y apenas hemos cesado de ser para saber quiénes somos y queremos ser, aquí y ahora. Es un viaje que emprendo con el corazón helado y en él me encuentro con un triste aniversario que casi me pasa inadvertido en medio del frío: en 2018 se cumplieron ochenta años desde que el poeta Luis Cernuda emprendió el camino de un exilio del que no regresaría jamás. Y sesenta desde que nos dejara la mejor reflexión sobre su obra recopilatoria La Realidad y el Deseo. Me refiero a su Historial de un libro, publicado por primera vez en la tercera edición de su antología poética.

El legado de Cernuda no es solo estético, también moral, de reconocimiento natural de su sexualidad y exigencia ética para su país, con el que nunca fue condescendiente y siempre crítico. Si su compañero de generación y mártir aciago, entonces, de la causa republicana y, hoy, también de la causa homosexual, Federico García Lorca, manifestó siempre una vivencia atormentada de su propia sexualidad (Contra vosotros, maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo, clamaba en su celebérrima Oda a Walt Whitman), Cernuda siempre se sintió movido por una necesidad de verdad desnuda y sin ambages sobre sí mismo, como ya nos anunciara en una de las piezas claves de su poemario Los placeres prohibidos (1931):

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz;
Si como muros que se derrumban,
Para saludar la verdad erguida en medio,
Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando solo la verdad de
su amor,
La verdad de sí mismo (…)

Aunque la suya nunca fue verdad esclarecida, sino verdad que se impone de manera inexorable, que no aceptaría nunca un amor que no ‘osara decir su nombre’. Por ello esa verdad no solo concierne a sí mismo, sino al conjunto de la sociedad. Cernuda, como Lorca, debió conocer las subculturas homosexuales que comenzaron a aflorar en las grandes ciudades de Europa y América durante el segundo tercio del siglo XX, pero su valoración política difiere notablemente. Si el granadino defiende al muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero, el poeta sevillano asume la transcendencia sociopolítica de la visibilidad queer. En El escándalo, una pieza parte de Ocnos (1942) , obra en prosa no incluida en la recopilación de La Realidad y el Deseo, nos relata:

Un coro de gritos en falsete, el ladrar de algún perro, anunciaba su paso, aun antes de que hubieran doblado la esquina. Al fin surgían, risueños y casi envanecidos del cortejo que les seguía insultándoles con motes indecorosos. Con dignidad de alto personaje en destierro, apenas si se volvían al séquito blasfemo para lanzar tal pulla ingeniosa. Mas como si no quisieran decepcionar a las gentes en lo que éstas esperaban de ellos, se contoneaban más exageradamente, ciñendo aún más la chaqueta a su talle cimbreante, con lo cual redoblaban las risotadas y la chacota del coro (…)

Eran unos seres misteriosos a quienes llamaban «los maricas».

Es más, Cernuda fue, a su manera, un precursor de lo que varias décadas después dio en llamarse ‘poesía de la experiencia’. Y es la propia experiencia, del amor, de la realidad, del deseo, lo que constituye la materia prima de su obra. “Siempre traté de componer mis poemas a partir de un germen inicial de experiencia, enseñándome pronto la práctica que, sin aquél, el poema no parecía inevitable ni adquiría contorno exacto y expresión precisa”, nos cuenta en su Historial de un libro. De hecho, es la decepción amorosa, tras finalizar su relación con el joven Serafín Fernández Ferro, la que inspira el poemario posterior a Los placeres prohibidos. Me refiero a Donde habite el olvido (1932-1933), obra que toma el título de un verso de la Rima LXVI de Bécquer, ese romántico tardío al que tanto admiraba. Para Cernuda, el olvido será ahora un lugar

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista

Hasta la publicación de esta obra, según reseña en su Historial…, el poeta se había movido en los círculos, a menudo machistas, del surrealismo, granjeándose la animadversión de notables figuras del mismo como Luis Buñuel, lo que sin duda contribuyó a la osadía de inaugurar su siguiente poemario, Invocaciones (1934-1935), con el poema abiertamente homoerótico que dedica A un muchacho andaluz:

(…) Eras el mar aún más
Tras las pobres telas que ocultaban tu cuerpo;
Eras forma primera,
Eras fuerza inconsciente de su propia hermosura (…)

Pero Cernuda es sabedor de que la realidad es un dique levantado para contener los procelosos impulsos del deseo. Y en la construcción de esa escollera participarán tanto las fuerzas fascistas como la República, con la que había colaborado en las Misiones Pedagógicas, cuando estalló la Guerra Civil. Así, el poema que escribe a su buen amigo Federico tras su asesinato en agosto de 1936, apareció publicado en la revista republicana Hora de España sin su quinta estrofa, de carácter explícitamente homosexual:

(…) Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar juntos al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y sólo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento (…)

Su poesía, hasta entonces eminentemente amorosa, se había tornado elegiaca con el estallido de la contienda. Con ella comenzó también el exilio, por Francia, Inglaterra, Estados Unidos, México… que lo apartó de su país para siempre. “Fuera de mi tierra, tuve durante años cierta pesadilla recurrente: me veía allá, buscado y perseguido. Sufrir de tal sueño es cosa que, simbólicamente, me enseñó bastante respecto a mi relación subconsciente con España”, nos confiesa en Historial…

Sin embargo, ni el exilio ni la miseria moral de su país lograron quebrar jamás su integridad como poeta ni su empeño en responder a los envites del deseo. Apenas algo más de una década antes de su muerte abandonó la relativa comodidad material que por fin consiguió con su trabajo como profesor en Mount Holyoke College, en Estados Unidos, para trasladarse a México junto a su nueva pasión, el joven culturista llamado Salvador, que da nombre al primer poema de la colección amorosa ‘Poemas para un cuerpo’, el cual se publicó como parte de Con las horas contadas (1950-1956). Cernuda se refiere a él en Historial… como “X”, cual si no quisiera arrollar en ese desafío a la realidad que constituyó su vida y su obra a quienes todavía podían verse comprometidos por la revelación de su sexualidad. “Sabía, si necesitara excusas para conmigo, cómo hay momentos en la vida que requieren de nosotros la entrega al destino, total y sin reservas, el salto al vacío, confiando en lo imposible para no rompernos la cabeza””, declarará a propósito de esta su última peripecia vital.

Sálvale o condénale,
Porque ya su destino
Está en tus manos, abolido.

Si eres salvador, sálvale
De ti y de él; la violencia
De no ser uno en ti, aquiétala.

O si no lo eres, condénale,
Para que a su deseo
Suceda otro tormento.

Sálvale o condénale,
Pero así no le dejes
Seguir vivo, y perderte.

Con Salvador se extingue una fuerza deseante convertida en experiencia poética. Con él, el pálpito del corazón de Cernuda. Un andaluz, un poeta, un marica. Un refugio donde cobijarse en este nuevo invierno de la historia andaluza. Como él mismo nos refiere en su Historial…, citando a Empédocles: “porque antes de ahora he sido un muchacho y una muchacha, un matorral y un pájaro, y un pez torpe en el mar”.

Luis Cernuda: ochenta años en una estación entre la realidad y el deseo
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