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Pepe maestro

Fotografía: Jesús Massó

Hace unos meses, Luke Aikins cayó en Simi Valley, en la hacienda de Big Sky (tal y como suena), después de lanzarse desde un avión a veinticinco mil pies, unos siete mil metros aproximadamente. Se lanzó sin paracaídas hasta alcanzar y ser absorbido por una red de treinta metros cuadrados.

Luke Aikins sobrevivió a la caída y los medios no dudaron en calificarlo como una hazaña.

Luke tardó unos dieciocho meses en preparar su gran salto para la humanidad y se que muchos andarán pensando: ¿cómo se prepara alguien para esto? En realidad, es el tiempo necesario para contestarse a una pregunta: ¿me tiro o no me tiro?

Suponemos que su esposa Mónica tendría algo que decir:

              –Luke, ¿no prefieres mejor ir a la bolera?

              –No insistas Mónica, tan solo serán dos minutos.

              –Ya, pero dos minutos dan para mucho…-pensaría Mónica aquellas tardes en que asomada a la ventana veía a su marido recitar ¿me tiro o no me tiro…?

Y luego se diría par sus adentros: ¿Es que ya no le intereso? ¿Qué fue del Luke que conocí en el Instituto…, aquel que se mordía sus labios cada vez que nos cruzábamos por el pasillo, que me ayudaba a saltar la tapia para saciarnos el calor de finales de Agosto y poder bañarnos así en aquella piscina privada, a hurtadillas, mientras nuestros cuerpos se sumergían sin más luz que las estrellas? ¡Aquello sí que fue un gran salto y, por cierto, solía durar más de dos minutos!

              –¿Me tiro o no me tiro?- suena como un run-run en el jardín a medio arreglar interrumpiendo sus pensamientos.

Y es que Mónica no entiende que su marido pretenda arriesgar su vida de ese modo, digamos, tan innecesario. ¿Tan poco le importa ella? ¿De verdad alguien elige una pareja para que luego prefiera saltar a 7000 metros sin paracaídas? ¿No es preferible el divorcio?

Y Luke, entonces, un buen día, mira el almanaque y sabe que ha llegado su hora. Llama a su hijo Logan y le dice:

              –Verás, Logan, papá se va al trabajo.

              –¿Tardarás mucho papá…?

              –Dos minutos.

              –¡Qué chollo de trabajo tienes! Para que luego digan de los estibadores. Algún día me gustaría ser como tú.

Y Luke mira a su hijo, le acaricia la cabeza y con la voz entrecortada le dice:

              –Sí, hijo, algún día…

«Voy a hacer todo el camino hasta la red, no hay duda de ello” dijo a los medios antes de saltar. Me encantan estas frases de película que lanzan de vez en cuando los norteamericanos, como si existiesen varias posibilidades y él eligiese la correcta. ¿Que otra cosa podría decir?: «Si veo que la cosa se pone chunga me paro, o me desintegro o ya se me ocurrirá algo.» No. El dijo la correcta: voy a hacer todo el camino hacia la red. Sin atajos ni desvíos.

Y Luke se tira, acompañado de tres amigos, que para algo están los amigos… ¡Pero eso sí! ¡Ellos llevan paracaídas y motores en los pies! Luke, por su parte, no lleva nada ¡Quizás esperanza! Y suponemos que algo de arrepentimiento.

Los amigos le vocean en el aire para darle ánimos. Pero ¿que se le dice a un tipo que cae desde siete mil metros sin paracaídas mientras tú sí lo llevas?

              –¡Que te vaya muy bien, Luke!

O quizás la tentación de gritar en un ultimo instante cuando ya no sabes si podrá oirte:

              –¡Yo cuidaré de Mónica….!

Porque a Mónica alguien tendrá que consolarla de esas voces hirientes:

              –Ah, tu eres aquella que su marido saltó sin paracaidas…. Hija que poco te quería, ¿no?

Y Luke lo logra. La red estaba allí, acogiéndole, como un extraño pez transparente que devorara a sus hijos y lo engullera.

Luke no está muerto, tan solo alucinado. Siete mil metros de adrenalina a 195 kilómetros por hora deben generar mucha como para parar de repente y decir ya está, se acabó. Luke no se mueve hasta que su corazón, suponemos que abroncándole, le dice aquello de: A mí esto no me lo hagas más o me paro. Te lo advierto Luke, la próxima vez me paro y allá tú…, pero Luke no lo escucha porque adivina pasos que corren hacia él. ¡Son sus amigos!, ¿quién si no?, los que siempre confían en tí. ¿De verdad se llama amigo a alguien que te permite tirarte desde tan alto y sin paracaídas?

Y entonces Luke tiene que hablar, decir alguna frase que será registrada por el equipo, las cámaras, la humanidad si es preciso y Luke dice:

“Estoy casi levitando es increíble”- y es que Luke no tiene bastante y todavía vuela.

Y Mónica que creía que habría dicho: -¿Mónica dónde estás? Te necesito ahora más que nunca. Ahora que he alcanzado el éxito.

Pero Luke insiste:

              –Todos hemos soñado con volar.

Lo que él no sabe es que casi ninguno hemos soñado con hacerlo de ese modo que la mayoría somos más de volar hacia arriba y no hacia abajo.

Mónica, por fin, lo abraza por no abofetearle después de la gesta. Hubiera estado bien quitarle todo el protagonismo con esos videos virales de “Vea lo que le sucedió a un tipo después de saltar siete mil metros sin paracaídas” y todo el mundo se regocijaría con las bofetadas de Mónica. Pero no, el gran salto para la humanidad quedó inmaculado, sin bofetón y Luke regresó a casa y volvió a sentarse en el sofá con Mónica.

Y Logan cumplirá diecisiete años y llegará alguna noche tarde a casa y Luke le mirará con severidad y le dirá a aquello de:

              –Logan, es hora de que vaya pensado en sentar tu cabeza. Ya no eres un niño.

¿Porque cómo demonios se educa después a un hijo cuando su padre salta voluntariamente siete mil metros sin paracaídas? ¿Que autoridad le queda para decir por ejemplo: “Ponte el casco, Logan, para montaren la bici” o “no saltes sobre el colchón tan fuerte. Te puedes caer”?

En fin , las gestas…

¿Y qué tiene esto que ver con Cádiz? Si lo pensamos, bastante. Para mí que este experimento fue patrocinado por compañías de vuelo que están probando nuevas ideas para abaratar costes. La revolución aérea está llegando: si usted quiere pagar menos por su billete nosotros le ofrecemos la oportunidad de lanzarse del avión por un módico precio. El avión no se detiene con el consiguiente ahorro de combustible.

Para ello habría que cambiar el concepto de aeropuerto y establecer terminales donde extender las redes de aterrizaje. Quizás dos redes por aeropuerto. Una para viajeros y otra para equipajes. Aunque mucho me temo que alguna habrá que quiera seguir abaratando y se apañe con tan solo una red con el prejuicio que supone que una vez que lo logras te asalte tu maleta a 200 kilómetros por hora.

Cádiz podría convertirse fácilmente en una terminal moderna donde nos caen los turistas del cielo a siete mil pies. Ahora que se ha decidido otra vez el lugar idóneo para la Ciudad de la Justicia nos quedan dos o tres solares libres donde instalar la red.

Es más algún empresario avispado (si no lo hace la propia compañía) podría instalar algunas gradas donde contemplar la llegada de los turistas caídos del cielo. Imaginamos un buen pasatiempo para el gaditano de pro acompasando la caída con el siempre recurrente: -iiiiiiiiiiiiiiii  ¡Cabrón!

Lo del Levante en la ciudad y el consiguiente desvío de las caídas es algo que debería empezar a preocuparnos seriamente. No es cuestión de que usted simplemente esboce una sonrisa y se me relaje.

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