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Antonio vergara

Ilustración: pedripol

La marca marea blanca se ha convertido en un símbolo de rebelión ciudadana ante una situación injusta cronificada, en este caso ante el deterioro del sistema sanitario público. Es una expresión pública enérgica pero civilizada que grita en la calle “no estamos dispuestos a consentir por más tiempo que vuestras negligentes y corruptas decisiones nos lleven a este caos que afecta gravemente, en este caso, a la salud y a la atención sanitaria”. Un fenómeno, por lo tanto, claramente revolucionario. La marea blanca siempre aparece como mecanismo de rebeldía en defensa de una sanidad pública, universal, gratuita en el momento de la atención, solidaria (financiada a través de impuestos), equitativa y de calidad.  

Ha tenido un componente que nos resulta decisivo para intentar conseguir el objetivo de revertir la situación que se denuncia. Consiste en la confluencia absoluta de esta rebelión entre la población general, que es la que padece las consecuencias del deterioro sanitario público, y los trabajadores del sistema, que son, además de ciudadanos, los que, producto de la nefasta gestión, no pueden desarrollar su labor profesional de una forma digna y correcta, lo que conlleva una frustración insoportable: cometen con ellos auténticos “asesinatos profesionales”. Para evitar esta deriva, muchos optan por la “ausencia pasiva”, “la desconexión con el medio”, “la difuminación de las funciones”, “objetivos inciertos”, etc, lo que supone un caos organizativo. Los cargos directivos intermedios son meros transmisores de las consignas que los políticos de turno les hacen llegar y los trabajadores obedecen sin rechistar aunque sean decisiones aberrantes desde el punto de vista de la gestión pública.

La historia de las mareas blancas comienza en la comunidad autónoma de Madrid. Es cierto que los niveles de privatización y de corrupción habían llegado a límites inimaginables pero también es cierto que cuando se inicia la primera marea blanca, el Partido Popular seguía ganando las elecciones (algún historiador nos explicará alguna vez cómo es posible) y la paz de los cementerios era la situación habitual en los centros sanitarios madrileños. Mi homenaje emotivo y eterno a nuestr@s compañer@s madrileñ@s que nos enseñaron el camino.

En Andalucía la historia se estaba repitiendo. Mientras la sanidad pública andaluza se deterioraba de forma alarmante, los responsables políticos seguían alardeando de la joya de su corona. Pero nacieron las mareas blancas andaluzas y la situación se ha modificado. Han reconocido que existen “algunos problemas” y que están dispuestos a corregirlos.

En la provincia de Cádiz ha prendido también la mecha de la marea blanca. En estos primeros meses de vida estamos comprobando que claramente han decidido “que hay que reunirse” y además que conviene tomar algunas medidas cosméticas para que parezca que algo ha cambiado cuando no es así. Pero se están equivocando porque no nos vamos dejar engañar. Mientras la población gaditana permanezca movilizada existirán posibilidades para revertir la situación actual del sistema  sanitario público andaluz. Ese convencimiento que tienen much@s paisan@s de que somos “hormigas” tiene que modificarse por la consigna de que la ciudadanía es la soberana del sector público y los políticos sus servidores.

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