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Marta melendez

Fotografía: Jesús Massó

La sociedad civil se organiza. Se ha visto en la necesidad, en defensa de los servicios públicos, del Estado del Bienestar y de los derechos de la ciudadanía.

Primero fueron las mareas de todos los colores. La verde, reivindicando la escuela pública, laica y de calidad para todos y todas. La blanca, luchando por el mantenimiento de la universalización de la sanidad pública. La granate, poniendo el punto de mira en los miles de españoles y españolas que han tenido que emigrar con la crisis económica y social. La violeta, en defensa de los derechos de las mujeres, señalando las situaciones discriminatorias y las diversas formas de violencia machista que aún vivimos nosotras. Y así, un sinfín de colores. Y ello porque la clase política no ha sido capaz de dar respuesta a las necesidades de la ciudadanía.

A éstas se han sumado ahora las mareas relacionadas con colectivos profesionales que han comprobado en sus propias condiciones laborales como la crisis económica se ha cebado con la clase obrera, acentuando lo que siempre han sido: el eslabón más débil de un sistema económico especialmente favorecedor de la explotación laboral.

Mientras las cifras “positivas” del turismo se exponen cuál triunfo de la clase empresarial, sus obreros y obreras empobrecen a marchas forzadas. Mientras las grandes cadenas hoteleras señalan a España en el ranking de países con la mejor oferta turística, sus trabajadores –y especialmente sus trabajadoras- se ven obligadas a la lucha, como si de la clase obrera del siglo XIX se tratase. Primero fueron las “kellys”. Cientos de mujeres organizadas para, en su mayoría desde el anonimato, denunciar las pésimas condiciones laborales a las que son sometidas. Ahora, la marea “café con leche”, que amplía la reivindicación de las anteriores a todo el sector turístico. Cocineros y cocineras, camareros y camareras se organizan para denunciar que uno de los motivos por los que las cifras de negocios de los establecimientos hoteleros y de la restauración no paran de verse incrementadas es porque se recortan sus condiciones salariales y se amplían sus jornadas laborales hasta hacerlas casi eternas.

Estos movimientos vienen a confirmar que si mal está el mercado laboral, peor lo está en el sector turístico. Ritmos de trabajo, organización del mismo, ausencia de medidas de salud laboral, contrataciones irregulares que conforman con una increíble naturalidad fraudes en la contratación y en las altas de la seguridad social, salarios de esclavitud que no cumplen ni por asomo lo previsto en los convenios colectivos, etc. Todo ello bajo el paraguas de una mediocre –por no llamarle otra cosa- clase empresarial, de una mermada clase sindical y de una corrupta clase política –incluyendo en ésta a aquellos organismos del Estado que deben velar por el control y vigilancia de la situación laboral que sufren millones de trabajadores y trabajadoras-.

Sin lugar a dudas, hace ciento cincuenta años el Estado entró a legislar las relaciones laborales, consciente de la inferioridad en la que se encontraban los trabajadores y trabajadoras. Hoy, la Ley de Infracciones y Sanciones del Orden Social contempla cientos de situaciones en las que las empresas podrían ser “castigadas” como consecuencia de la extorsión que sobre los trabajadores y trabajadoras realizan. Pero, esto no es suficiente. Cambiar la mentalidad de quienes ejercen esa superioridad es cuanto menos más necesario que nunca.

Las declaraciones vertidas en un medio de comunicación por el Presidente de HORECA lo demuestran. Tras conocer el nacimiento de la marea “café con leche” y las justas reivindicaciones de este colectivo, Antonio de María no tuvo otra respuesta que la de responsabilizar a los propios trabajadores y trabajadoras de no denunciar las situaciones denigrantes que laboralmente soportan. No di crédito a sus palabras. En vez de comprometerse a enviar una circular a sus socios y socias recordándoles que se ha de cumplir con la normativa laboral, que el fraude no beneficia a nadie y que una sociedad basada en la cultura del ocio requiere de trabajadores y trabajadoras “correctamente” pagados, no, él puso el acento en la obligatoriedad de que personal de servicios de hoteles y restaurantes deben ser los que denuncien las jornadas de doce horas que suelen  sufrir, cuando sólo cuatro de ellas son con alta en la Seguridad Social. No, que deben ser ellos y ellas los que denuncien que ni huelen los pluses salariales y extrasalariales reconocidos en el convenio colectivo, que por otro lado, ha firmado HORECA en nombre y representación de todas las empresas del sector en la provincia de Cádiz. Que deben ser los y las valientes en una agónica situación laboral los y las que vayan a la inspección de trabajo a denunciar la concatenación de contratos temporales que empobrece su presente y futuro laboral. ¡Increíble!

Menos mal que en el lado opuesto nos encontramos con el Presidente de AC Hotels by Marriot, Antonio Catalán, que en un acto de sublime valentía ha cargado contra todas aquellas cadenas hoteleras que amparada en la reforma laboral explotan bestialmente a sus trabajadores y trabajadoras. Más como él hacen falta en nuestro país, comunidad autónoma, provincia y ciudad. Y si no a ver cuando conformamos una marea de “ciudadanos solidarios con estos trabajadores y trabajadoras” y decidimos vetar a aquellos establecimientos que no cumplen con sus obligaciones laborales. Yo, ya lo hago.

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