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Dos personas. Ese es el censo real de sus habitantes, aunque Wikipedia asegura que en 2010 había empadronados 18. Casi los mismos que en 1981, cuando se contaban 19. En Matasejún, a Jim Thompson le hubiera resultado imposible llegar a contar 1280 almas. En verano, eso sí, llegan a 300, con la fiesta de las móndidas: tres jóvenes –este año, todas sanluqueñas– con un hermoso y enorme cucurucho en la cabeza que parecería el hermano mayor de las tandas de verdiales, con un mozo precediéndolas con una suerte de ramo.

Son los highlanders de Soria. Las Tierras Altas. Este pueblo con trazas de aldea, que pasó a depender de San Pedro Manrique, no sin disgusto de sus naturales, carece de wifi, la cobertura telefónica es irregular y no hay bares. Eso sí, los lugareños han habilitado la antigua escuela como centro sociocultural en donde cada cual se despacha un lingotazo, un quinto de cerveza o un refresco, pagándolos religiosamente en una hucha del común que sirve para reponer los víveres mientras la parroquia juega a las cartas o asiste a las conferencias, proyecciones y coloquios de su semana cultural.
Hermoso y antiguo, con un largo sabor de pastoreo y de belleza, que lleva escrita su historia en las huellas de dinosaurios y velociraptores que se conservan no muy lejos de uno de sus riachuelos. ¿Qué ocurrió para que menguara tanto su padrón desde aquellos 316 vecinos que poblaban el lugar en 1842? El abandono y la emigración. A partir de los años 50 y muy especialmente en los 60, la gente comenzó a abandonar el pueblo, rumbo al País Vasco, Cataluña o Andalucía: así que ahora no resulta extraño que cada verano Matasejún parezca limitar con la provincia de Cádiz. De hecho, parece ser que un maestro local fue el primero que recomendó a algunos de sus alumnos para un almacén de coloniales que, por entonces, había abierto un amigo suyo en Sanlúcar de Barrameda.

El acento gadita, el isleño o el de Sanlúcar se entremezcla con el de los sorianos: “En Cádiz hubo una tienda y un jugador de fútbol que se llamaron Soriano, pero que no eran de aquí. Los de aquí, encontraron trabajo en las almazaras sanluqueñas o abrieron baches en San Fernando o en la avenida”, les explico a partir de los datos que fui bicheando mientras hablaba con los lugareños, especialmente Marisa Martínez, una profesora de educación física que imparte clases en Cádiz desde que su familia se mudó hasta allí. El Julián, su padre, todavía recuerda la aventura de la mesta, el oficio de pastor que ejerció buena parte de Matasejún hasta que dejó de servirle para la subsistencia.

Matasejun donde soria limita con la provincia de cadiz
Fotografía: J. Luis García Hernández

Ahora, no resulta extraño cruzarse por su diminuta geografía con Karim Chef Karim Aljende, el exótico músico viñero de los Frac o de Los Cadipsonians. Aunque no ha llegado a viajar hasta allí Ignacio Moreno, ex presidente del Ateneo de Cádiz que, en el homenaje que le tributó dicha entidad, no olvidó recordar sus antecedentes familiares en Matasejún, que se remontan al siglo XVIII: “Yo no lo conozco, me han invitado ahora a ir. Un hermano y una hermana si han estado y unos primos míos, Juan Manuel Velázquez Gaztelu, hermano del escritor José María. De Matasejún, vinieron a Bornos y de Bornos pasaron a Arcos. Mi padre, Manuel Moreno Delgado, estuvo allí hasta que terminó la guerra civil cuando se vino a Cádiz, que lo trajo además el padre de José María, de Arcos aquí a Cádiz. Yo nací en la misma casa de José María, en San Francisco, 22, que fue donde se vinieron a vivir”.
“En el siglo XVIII, se vino un Moreno que debería dedicarse a temas agrícolas y vinieron para acá y llegó a Bornos desde Matasejún –explica Ignacio–. Y allí se asentaron. Además de Morenos, vinieron dos o tres personas más que se vinieron a esta zona. Hay apellidos en Arcos que formaron familia y proceden de allí”.

La asociación cultural lleva ya tres años emprendiendo unas jornadas culturales en donde no falta un concurso de relatos –que lleva el nombre de Juan Tortosa, un escritor local recientemente fallecido– para reavivar las raíces y las leyendas del pueblo: “Es que el mote de Matasejún es los zorreros. Viene porque estaban en misa y el sermón era tan ameno que todos los feligreses se quedaron dormidos. Entró un zorro, les dio con el rabo y salió huyendo. Por eso. No nos sienta mal. Es un orgullo en cierto modo”, evoca Tomás García que fue de los que tuvieron que irse, en este caso al País Vasco, donde ejerció de mecánico naval. El párroco de ahora se llama Toño Arroyo y los vecinos se reunieron con él para constatar que hace falta renovar el tejado del templo, restaurar los yugos y contrapesos de las campanas y arreglar el cementerio. De vez en cuando, algún zorro vuelve a aparecer por estas calles, limpias como patena y antiguas como la necesidad de buscar refugio del frío.

Luis García y Marisa, entre otros asociados, se felicitan de haber programado 29 actos entre las jornadas y las fiestas: quince días de no parar entre avistamientos de estrellas y marchas pedestres, con un largo chillerío infantil y homenajes a veteranos como Antonio Barrero Maínez, alcalde de barrio durante buena parte de su vida.

La memoria es importante aquí, aunque los viejos no parezcan tener demasiado interés en recordar y cambian de conversación en cuanto los recuerdos aparecen manchados de sangre. Dos historiadoras precoces, Lara Gutiérrez y Andrea Lafuente, han sido capaces de encerrar en un mediometraje las remembranzas de un puñado de mujeres de la zona: La mujer en Tierras Altas, el despertar del olvido, es el título de esa exploración de un mundo en el que a menudo parían solas o se consideraban viudas durante los ocho meses que duraba el pastoreo: hace varios años, un matasejunés llamado Carmelo Ojuel pretendió realizar aquel periplo a lomos de caballo pero tuvo que rendir viaje en Sevilla, a no mucha distancia de Sanlúcar de Barrameda, que era su meta final. Hasta allí era donde antaño llegaban las ovejas merinas, al borde del parque de Doñana.

El resto del tiempo, entre películas al aire libre y bailes discotequeros, aprendieron a amasar pan, tortas y pizzas con harina ecológica en uno de los dos hornos comunales, participaron en la limpieza del lavadero, animaron al equipo de futbito en un derbi comarcal, se interesaron por el Proyecto Arraigo, que pretende fidelizar el pueblo a sus orígenes o asistieron a obras de teatro como Los cuatro tiempos del hambre…, de un grupo local, que dirige Gaspar Ruiz.
El Centro Ocupacional de la Asociación AFANAS en Cádiz –otro vínculo más– realizó en su día 43 placas compuestas por azulejos artesanales para señalar los hombres de las calles de Matasejún. Al pueblo quieren ponerle nombres. Un artesano local, Javier Gutiérrez, colocó varios carteles de madera, indicativos de lugares de interés: la Fuentezuela o el cruce del sendero La Vuelta a la Tierra de San Pedro. Aquí, cualquier topónimo, esconde una pregunta. A veces, vienen intelectuales de Soria capital, como Jesús Bozal, que dirige ahora la Fundación Antonio Machado, o Isabel Goig, una etnóloga que ha rastreado la historia secreta de estos predios, no muy lejanos a la laguna negra de Antonio Machado y a dos horas por carretera del monasterio aragonés de Veruela donde los hermanos Bécquer intentaron aliviar sus pulmones.

Así que no resulta extraño que en San Fernando, Mary Paz Pérez conserve todavía la receta de los garbanzos y repollo, puramente soriana. O Alba Barrero, una de las móndidas de este año, aprendió aquí dicha tradición tan específicamente local: «Nada nos ha resultado extraño: mi abuela nos lo contó todo sobre las móndidas, siempre mantuvo muy vivas las tradiciones y nos contaba muchas historias y vivencias». Matasejún vive ahí, en realidad, en el imaginario de quienes proceden de ese lugar mágico, perdido en el mapa de la España vaciada pero lleno de alma. Ahora, su gente ha llegado a contratar a un antropólogo, Eduardo Aznar, para que averigüe de donde proviene el nombre de Matasejún. No es un gasto, es una inversión en memoria genética.

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3 thoughts on “Matasejún, donde Soria limita con la provincia de Cádiz

  1. Aún recuerdo cuando nuestra tía María Vecina ( madre de los Velazquez), me ofrecía subir al despacho del tío Pepe, a ver «los retratos» de Papá Moreno y Mamá Mariquita, recuerdos imborrables de nuestra procedencia de Matasejun.

  2. Mi abuelo era de Matasejún, pero desde muy joven vivio en Arcos de la Frontera. Yo lo voy a Matasejún desde que tenía 3 años, y tengo 60. Me he prometido ir este otoño. Mil gracias por esta página. Me ha reconfortado esta historia triste y alegre a la vez, por tantos que se tuvieron que ir y por estar ahi para preservar su recuerdo. Un abrazo.

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