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Ana moran
Fotografía: José Montero

A veces cierro los ojos, y me veo en un lugar y en un tiempo irrepetibles.

Siento las caricias de las sábanas blancas mecidas por el viento. Corro y me detengo a contemplar al gato negro mientras Teresa, con sus manos como cuencos, vierte agua a su ropa al soleo. Me subo a los pretiles y veo a mi madre, incansable, lavando en el lebrillo.

Es sábado, el aroma del puchero inunda todas las casas y el sonido de las voces de las vecinas se entremezcla con la radio a todo volumen de Juan, el de la masetilla del segundo.

Son las tres. A comer, que al caldo, la pringá y las acedías le seguirá la peli de “comboys”. Conchita y María no ven la tele, se sientan al divino sol de invierno en la azotea, cosiendo, haciendo punto, charlando con su transistor de piel marrón al fondo, aunque hoy no radian la novela.

Yo bajo a la casapuerta con Inmita a ver quién gana más cromos. Dibujamos con tiza justo en la entrada y saltamos a la china, o, bajamos los relucientes y pesados patines de los reyes y me caigo.

Más tarde seremos más niñas para jugar al elástico y a la cuerda y volveré a besar el suelo.

Los niños han terminado con los tapones y  las bolas y ya tienen dispuesto su balón de reglamento para jugar al fútbol. Mi hermano, rubio como las candelas, lleva puesta la camiseta del Cádiz, también de los reyes y acaba embarcando la pelota.

Luego, todos juntos, corremos y nos sorteamos unos a otros: es la hora del contra y, como siempre, soy la primera en caer.

Correr y caer, ganar y perder… y crecer.

La adolescencia me conduce a la azotea alta que hay que pisar con cuidado cuando mis vecinos dan la “lechá” tras las primeras aguas del otoño. Subo lentamente, disfrutando de un mar de antenas entre torres miradores y majestuosos campanarios. Al fondo, la catedral. Allí me tumbo a oír música, a estudiar, a disfrutar de la lectura como nunca lo he vuelto a hacer en mi vida, a imaginar cómo seré cuando me haga  mayor, a averiguar cómo escapar si Agustina la del primero vuelve a prender fuego a su habitación en alguna noche oscura o a contemplar a lo  lejos al Elcano partiendo…

Las noches de verano, tumbada sobre mi cama, escucho la voz imponente de Rocío Jurado cantándome al oído porque el Teatro Pemán me la regala.

Las tardes de diciembre, en la cocina de María, enharino mis manos y aprendemos, entre todas, a hacer pestiños y roscos. En Semana Santa, cuando el patio huele a alcauciles con chícharos y habas, volvemos a su casa a hacer torrijas.

Echo de menos las peleas del Valiente, el olor a altramuces recién cocidos del José el cochero, el regreso veraniego de María la Casera desde Alemania, los ojos azules de las niñas de la Pura, diligente y generosa, la ropa moderna que me traía Antonio de Holanda, la voz impetuosa de Matilde, la ternura de Francisca, a Enrique el pintor y sus pajaritos al sol, las quejas de Rosario, los gritos, las risas, las cañas del país colocadas en fila desde el primero hasta la azotea, las lozas húmedas del patio, el miedo que me producía adentrarme en el patinillo, los escobazos y la gracia eterna  de María Medina, los aljibes con leyendas de galápagos en su interior, los zócalos verdes, las mañanas de encalado, y tantas y tantas cosas, y,  a tantas y tantas personas… Muchos ya no están, otros se mudaron. Ellos y ellas me enseñaron a compartir, a disfrutar de las cosas sencillas, a respetar, a defender y a defenderme…Tenían historias a sus espaldas con las que lidiaron para sobrevivir, y nosotros, los más jóvenes, empezábamos a vivir.

Mi casa de vecinos ya no existe, la derrumbaron hace 27 años, pero aún me quedan las anécdotas que me cuenta mi madre, y, mis benditos recuerdos.

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