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Fotografía: Antonio Luna

La glorieta Lebón, al inicio de la avenida Juan Carlos I de Cádiz, está presidida por una fuente construida, literalmente, con cuatro trozos de tubo de fibrocemento, probables restos de la obra de construcción de la avenida. Su indiscutiblemente escaso valor estético, impropio de una ciudad que se autoproclama trimilenaria —pese a que su ubicación sea extramuros—, parece, sin embargo, querer decirnos algo.

No es un caso único. No son pocas las carreteras peninsulares que han sido decoradas tras su construcción o arreglo con algún material o maquinaria sobrante de la obra, colocado en su margen sobre un pedestal a modo de monumento: una apisonadora vieja, un hito kilométrico, una hormigonera…

Estos improvisados monumentos responden a una cierta consideración artística de la obra de ingeniería por parte de sus creadores. A pesar del obvio sentido utilitarista que aquella pueda proyectar en el público, el ingeniero civil tiende con frecuencia a considerar a su obra como una obra de arte. Solo hay que ver los anuarios de las grandes empresas constructoras, dominados por el elemento visual, con fotos aéreas a toda página, concebidos como catálogos de una exposición. Una consideración que difícilmente el público llega a percibir. Quizás solo la gran obra, la obra majestuosa que excede los límites de lo convencional por sus dimensiones o espectacularidad, genera en el público una sensación de asombro confundible con la que se tiene ante la contemplación de una obra de arte. No es, en cualquier caso, equivalente, pues la sensación ante la primera se basa en la propiedad física, en el tamaño generalmente, y la sensación ante la segunda se basa en la propiedad estética.

La obra de ingeniería es, sin embargo, una obra de arte para el ingeniero que la ha concebido. Y para declararlo, dada la imposibilidad de obviar la ingeniería y el objeto del proyecto y crear con libertad, la remata con un elemento representativo que al menos él considera bello y que eleva a la categoría de monumento.

Pero más allá de este sentido obvio o intencional que su autor ha podido querer expresar, la fuente de tubos de fibrocemento apunta a un concepto, a un significado mítico. La obra a la que pertenecen los tubos, el soterramiento de la vía de tren que atravesaba Cádiz y la construcción de una avenida sobre ella, fue ampliamente utilizada por la burguesía gaditana en el poder en aquel momento como uno de los estandartes de su gestión, publicitada hasta la saciedad e interpretada por el pensamiento oficial gaditano como una de las grandes infraestructuras realizadas en la ciudad en las últimas décadas, posibilitadora de un cambio radical de su fisionomía, urbanismo y dinámica aunque, como ya vimos, no lo consiguió ni de lejos. Es ahí precisamente donde aparece el significado mítico de la obra: con ella se nos está diciendo que es la gran obra de infraestructura la que posibilita el progreso y el desarrollo de una sociedad. Es el mito de las infraestructuras, tan instalado en la España de las dos últimas décadas, el que aflora y el que utiliza en este caso el pensamiento burgués para autorrealizarse y naturalizarse.

Entonces, ¿por qué concluir tamaña obra, a la que sus promotores dan tanta relevancia, con una fuente tan pobre, tan irrelevante? Es posible que la inexistencia de una fuente majestuosa o un monumento singular no responda más que a una razón presupuestaria, pero la fuente fabricada con fragmentos sobrantes de la obra comparte y amplifica el mito que ella representa mejor de lo que lo hubiera hecho cualquiera de aquellos.

En primer lugar, la fuente de tubos de fibrocemento, a pesar de su pobre aspecto, no deja de ser un signo de la monumentalidad de la infraestructura que remata: cuán importante es dicha infraestructura si apenas unos fragmentos de material de obra, cuyo probable destino en cualquier otro caso hubiese sido el vertedero, han sido convertidos en un monumento, colocados como si de unos restos arqueológicos se tratase, como columnas romanas de hace veinte siglos. O, más allá, son ofrecidos como fetiche, cual objeto de acotado valor en sí mismo pero tocado —y quizás también desechado— por un mito del cine o la música del siglo XX. Análogamente, aquí encontramos también un mito que convirtió el tubo de fibrocemento en fetiche.

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Por otro lado, en contraste con la posición dominante en la glorieta de la fuente de tubos de fibrocemento, un busto de Juan Carlos I, que da nombre a la avenida, ocupa una situación marginal en la plaza. Hace apenas unas décadas hubiera sido impensable que un jefe de Estado cediera el protagonismo de un espacio público a cualquier otro personaje, idea o concepto. Solo hay que ver, sin salir de Cádiz, las dimensiones y el lugar que ocupan las estatuas de Moret, Castelar o Bolívar y no hablemos ya del monumento a la Constitución de 1812. Así, este caso de la glorieta Lebón, fortuito o no, significa una abdicación, una cesión del trono y por tanto del poder. El pequeño busto de Juan Carlos I, arrinconado en un extremo de la plaza, mira con resignación hacia la ridícula y protagonista fuente de tubos de fibrocemento a la que ha cedido el sitio. ¿Quién duda de que las grandes empresas constructoras de este país son hoy mucho más poderosas que el Rey? ¿Quién duda de quién sostiene a quién? ¿Quién duda de que el Estado está sometido a los intereses de las grandes constructoras? Ahí se evidencia el carácter plenamente histórico de esta representación, por más que la mitificación de la obra trate de eternizarla.

Por último, en este repaso a la contribución de la fuente de tubos de fibrocemento a la mitificación de la obra del soterramiento, está el papel desempeñado por el ingeniero que la llevó a cabo. Es el papel del pequeñoburgués que cree de verdad en el mito, que cree que su obra es ciertamente imprescindible para el progreso y el desarrollo humano. Con ello muestra la impotencia que caracteriza al universo pequeñoburgués para imaginar otra alternativa.

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