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Liga cadizFotografía: Africa Mayi Reyes  (CC BY-ND 2.0)

TARRAGONA 0 – 0 CÁDIZ

Sonó el pitido final y yo, miedica irredento, respiré aliviado: en lugar de la condena de la derrota, habíamos conseguido el indulto del empate sin goles en un encuentro áspero y deslavazado.

Y es que el Cádiz, en el Nou Estadi de Tarragona, nunca dio la impresión de poder llevar su causa a buen puerto. El Nástic, intentando desmentir la estadística que le situaba como el peor local de la categoría, llevó la voz cantante durante buena parte del contencioso y solo el buen hacer de nuestro cancerbero puso freno a sus pretensiones.

Con Garrido ausente, Álvaro Cervera colocó en el centro del campo a tres finos estilistas, más dotados para maquinar planes propios que para abortar los ajenos. Como el planteamiento correoso de los amarillos no es negociable, Eugeni, Álex y Abdullah parecían almas libres aprisionadas y condenadas a trabajos forzosos. No se discute su voluntad, pero es innegable que en ciertos tramos del partido la zona frontal de nuestra área tenía menos vigilancia de la debida. Por ahí transitaban Maikel Mesa y Javi Márquez con demasiada libertad, agentes infiltrados en nuestra retaguardia.

Con todo, el primer tiempo se desarrolló sin excesivos sobresaltos: los catalanes, en ocasiones, combinaban con calidad, buscando que Álvaro Vázquez o Manu Barreiro ajusticiaran al enemigo. Por contra, el guión del Cádiz era tan monótono como predecible: en defensa, el balón se trataba como a una brasa ardiente; en ataque, pelotazos una y otra vez a Carrillo, para que ejerciera como guardia urbano, distribuyendo el juego. Pese a su simpleza (o precisamente por ella) el plan a veces resultó y los visitantes consiguieron profundizar alguna vez, sobre todo por la banda derecha. Veloz como un fugitivo perseguido por la policía, Salvi desbordó a su par en varias ocasiones, pero sus centros no encontraron a otro cómplice que los rematase.

Por su parte, el Tarragona continuaba con su desempeño. Sin excesivos alardes, a base de centros laterales o de algún balón parado, conseguía acercarse a las inmediaciones del área gaditana, hoy peor protegida que otras veces. Ni Kecojevic ni Servando parecían los guardaespaldas implacables de otras ocasiones y Vázquez, un par de veces, estuvo a punto de desnivelar la balanza.

Como el físico y la entrega superaban a la técnica y la precisión, se sucedieron las pérdidas y el choque se emborronó en demasía. Recuerdo algunas jugadas en las que el esférico iba de un lado a otro surcando el cielo sin que ningún jugador se dignase a bajarlo al pasto, en unas imágenes más propias de voleibol que de balompié.

Tras el descanso, nada cambió. Maikel Mesa siguió hurgando en la fragilidad defensiva de nuestro centro del campo y se inventó una ocasión que abortó Cifuentes, guardián estricto y eficaz. Cervera movió ficha y sentó a un desaparecido Eugeni para dar entrada a Dani Romera. El almeriense, pequeñito y móvil, saltó al campo con la agresividad del que quiere ganarse el respeto en el patio de la cárcel. Se vio envuelto en más de una riña, aumentó la intensidad de la presión y le dio otro aire a la delantera amarilla, al menos durante unos minutos. De la agitación provocada por su salida se aprovecharon Salvi (para centrar) y Álvaro (para disparar). Vicegoles de baja intensidad, huys de pocos decibelios.

A falta de media hora, Cervera decidió dar entrada al último miembro de la banda, Jona. Su papel no fue muy destacado, pero habrá que anotar en su haber un semi penalti. Se lo reclamó al juez del encuentro, pero este absolvió al Tarragona, tal vez con razón.

A esas alturas, y ante el cariz del asunto, yo recordaba una máxima del fútbol a la que solemos aferrarnos los pusilánimes: si no has sabido ganar un partido, no lo pierdas al final. Ayuno de ocasiones claras, el Cádiz consiguió transitar por los últimos minutos del choque sin agobios arrancando así un punto que no lo acerca al liderato pero que tampoco lo descabalga de la pelea.

El empate, en mi opinión, puede considerarse justo aunque esto sea lo de menos. En el fútbol, y en lo tocante a los resultados, la justicia tiene poco que decir. Lo importante es que el Cádiz, aunque camine más despacio, no está detenido.

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