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Enrique alcina

Fotografía por Jaime Mdc

Ideas sueltas. El que las coja pa’ él.

No es sí. A ver si nos aclaramos. Repita con nosotros. No es sí.

Un plan de empleo, qué ocurrencia. Reindustriálicese usted, si acaso.

La fiscal antimogollón tiene los días contados. Se necesitan garzones.

El artista antes llamado Suelo Urbanizable acude al desfile de esdrújulos disfrazado de Delito Legalizable.

Svenson me manda, gratis total, un peine láser, yo me voy a cagar en sus castas.

Se imparten talleres de falta de escrúpulos, plazas limitadas.

Condenamos violentamente la energía gratuita.

La indecencia programada, sobrada de motivos, cumple objetivos.

Exija su derecho a desinformarse, querido excluido social.

Políticos sevillanos tiran de calderilla humana en el ave, ave arriba, ave abajo. El ave llegará a Cádiz cuando se le rompan los frenos.

Oh, Cádiz, tanta belleza, tanto veneno.

Una pamplina enorme revoluciona las redes. No ha caído bajo la revolución.

La embestida, impunidad expañola, la gran colisión.

El susanismo ilustrado es una cosa que da mucho miedo a los niños chicos.

Lo que otrora se despachaba con absoluta normalidad y rigor, en consonancia con el respeto al consumidor, hoy se vende al grito de ¡premium o muerte!, migajas o impertinencia, mermelada o lentejas.

La gente emergente que pierde el norte por un referente termina el día de bajón. Cansa mucho lo meramente aparente. Ya llegó el otoño, la estación terminal de las rimas cuarteteras. El Masa y el Peña, patrimonios de la humanidad.

Detienen a un hombre honrado en la puerta de su casa, el tipo pretendía dar ejemplo.

El partido del disimulo monta una gestoría. Una gestora no, una gestoría para llevar adelante sus asuntos de traición administrativa a la voz de ya. Ser o no ser, de prisa, de prisa.

Llega un momento en que los fabricantes de titulares obvios, digitales o analógicos, trascendentales y sintomáticos, recurren al manido toque provinciano que retrata a los exagerados de corazón. Si el club de la esquina convoca un torneo de puñaladas traperas, el noticiero se descuelga con un «Chicago se convierte en la capital del crimen organizado». Y si a unos actores o mendigos les entra la risa floja en un momento dado y un lugar preciso, hete aquí que «los cómicos toman la ciudad de Chicago». Cuando las noticias políticas huelen mal, los noticieros se colman de sucesos truculentos, secuestros misteriosos, sangre en tomate. La Poli, que no gasta en transparencia por razones técnicas durante el resto del año, brinda todo tipo de detalles a regañadientes, y los locos locutores del dios mediante exprimen el limón, estiran el chicle, pierden el respeto a los códigos de barras.

Fíjate tú si han devaluado la cultura, que en paz descanse, que a esta hora ofrecen a platillo y bombo una porquería de mercadillo de jabones descomunales, algodones de azúcar, quesos intocables, piruletas mastodónticas, ponys cabreados, bisutería posmoderna, zancudos zurdos, literatura de garrafón. Es más, hasta recogen firmas con tal de regresar a la edad media al menos uniformados de trinconcetes y cortadillos.

Por motivos de agenda, que parezca un accidente.

Pesadilla en la redacción. El animador del concurso cita al director en los medios; mejor dicho, a uno de sus lacayos mejor pagados, en los medios, y le pide la carta, el menú. Bueno, bueno, bueno. Un tema local, un reportaje provincial, una entrevista de alcance, una sopa de letras, el horóscopo de Al Cupone, el sorteo de mañana, otro suelto local, una columna. ¿Otra columna? Cádiz se ha llenado de columnistas, del mismo modo que la pantalla escupe analistas y especialistas en el fin del mundo. El primer columnista gaditano fue Hércules. El primer dancing travolta de Cádiz fue Valentín el Fenicio, que falleció bailando, con el fémur dislocado, y abrumado por tanta vida social. Al Chicote del Mentidero News no le convencen las noticias recién salidas de la cocina y monta un pitote de consideración, nada grave, el show debe continuar. ‘Pesadilla en la redacción’ se nutre de veteranos de la guerra del papel, plumillas que pasaron a mejor vida en oficinas oficiales, cínicos de larga duración, poetas, toreros, cantantes y boxeadores frustrados, travestis de la palabra fullera, personal de confianza, micrófonos abiertos. Hablar es comparar. El último, que cierre. Dime si no existen los portazos giratorios en el periodismo vocacional. Se admiten a trámite dudas en torno a la antigüedad de los diversos oficios de alto riesgo y honor dudoso. La coctelera del ruinazo pone de manifiesto el sálvese quien pueda: los payasos se abandonan al drama, los poetas juegan a la ruleta, los electricistas se afilian al ecologismo puro y duro, los siesos duermen bromas, los anal-fabetos cometen faltas de orto-grafía, los pobres firman cheques, los ricos nos roban el corazón, vía de agua en el barco del amor. «Señorita, en la calle me dicen cosas feas».

Yo para ser feliz quiero un camión, una subvención, un distrito en el país de las flores, un amigo en el infierno, un cuelo en el estadio, la libertad dentro de una canción. Iba a caer en la tentación de echarle las culpas de todo a Yoko Ono. Hace mucho tiempo que Ono vendió su alma al diablo Vodafone. No le veo la gracia.

Al chivato de la trama gluten, que responde al enorme y salsero apodo de «El albondiguilla», le llaman «the little meat ball» en los tabloides anglosajones, prueba inequívoca de que el rock and roll suena mejor en inglés, en líneas generales.

Ahora es cuando el autor, pa’ dárselas, remata la faena con una frasecita inédita de un astro condenado al olvido, una anécdota de andar por casa en torno a una vieja gloria de la novelería local, un rumor a voces de un flamenquito más tieso que las doce en punto del mediodía, un recuerdo pasajero para empezar otra vez de cero.

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