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Fran delgado
Imagen: Calvichi´s

Si canto no pueo reír,
si río no pueo cantar,
y viendo este panorama…
¡me río por no llorar!
Chirigota Partido de Risa Obrero Español (1993)

Este año el carnaval de Cádiz ha venido marcado por las polémicas artificiales que se han creado alrededor de las críticas políticas que algunas agrupaciones han representado en las tablas del Teatro Falla durante el COAC. No conocer el carnaval, su historia ligada a la lucha por la libertad y su capacidad para reírse de todo, incluso de sí mismo, da lugar a situaciones que sólo son comprensibles desde el reinado actual del autoritarismo de lo políticamente correcto o por la instrumentalización política que algún colectivo ofendido quiera hacer de un gag humorístico más o menos afortunado. No merece una mayor explicación, y mucho menos justificación. Ni merece ser rebatido.

Pero no nos pongamos estupendos. Más allá de la reivindicación del humor como elemento esencial de la crítica política, la libertad de expresión en tiempos de la ley mordaza, la postcensura –y estrechas visiones propias de una sociedad mojigata– o la defensa del carnaval como fenómeno artístico de la cultura popular de primer orden, se debe atender al contenido y sentido de los mensajes que dejan las letras de las agrupaciones carnavaleras.

Siempre se dijo que el carnaval es la crónica popular del año, así que sus chistes y letras pueden servir para tomar el pulso de cómo el pueblo analiza e interpreta el momento político actual. Y la voz del pueblo parece que va en una dirección determinada. El discurso que dibuja el nacionalismo español, apoyado sobre la guerra de las banderitas y los gritos de “a por ellos”, ha calado en las clases populares. Según puede apreciarse en el contenido de las coplas que han ido pasando por el concurso, salvo honrosas y necesarias excepciones, la patria preocupa más que el futuro de las pensiones, la corrupción política, el paro, la sanidad y educación pública, el progresivo deterioro de nuestra democracia o el cuestionamiento de otros asuntos fundamentales para los intereses de la clase obrera. El marco emocional desarrollado en torno a la situación identitaria en España ha relegado al fondo de las prioridades otros asuntos que deberían tener una mayor trascendencia e importancia para el pueblo y que no se reflejan en las coplas de este carnaval. Es en este ambiente en el que se mueve especialmente bien esta nueva derecha populista de tintes pop y de aspecto profesional, moderno y aseado. Los resultados electorales de Cataluña y las últimas encuestas recogen cómo, sobre una base de demagogia fascista barnizada de frases políticamente correctas que no soportan un solo envite, este populismo de derechas ha edificado un constructo político indeterminado que los sectores populares han asumido como propio.

Mientras, la izquierda política es incapaz de elaborar un marco discursivo alternativo y de comprender que su principal sujeto de apoyo electoral le da de lado en contra de lo que entiende que son sus propios intereses. Desde una distancia prudencial y no sin cierto tufo clasista, la izquierda se pasa el día en debates estratégicos sobre Gramsci, Laclau, si la pertenencia a una clase concreta determina sus intereses, la elección racional del voto o la existencia del proletariado como sujeto histórico en esta sociedad desclasada, mirando con desprecio intelectual, y por encima del hombro, a una base popular que no la comprende. Como rezaba la viñeta de Hermano Lobo en la que aparecía un individuo de aspecto hippy refiriéndose a una masa de gente: “A veces pienso que esta gente no se merece que me lea entero El Capital”.

Esa visión paternalista e idealizada del pueblo es el principal obstáculo que tiene la izquierda para hacer un diagnóstico sobre el que construir un discurso político atractivo que enganche a su base social y electoral. Trasladando el contenido y sentido de un pasodoble sobre Andalucía de “Los Equilibristas” (2017) a este asunto, la izquierda debe comprender que ser pueblo no puede explicarse desde una concepción idealizada del mismo, construida sobre tópicos rancios, sino que hay que amar luces y sombras. Aceptar esta circunstancia sin mirar para otro lado frente a lo que no nos gusta también es ser pueblo, eso es ser pueblo. Sin comprender nuestras propias miserias difícilmente tendremos una visión real y completa de nosotros mismos. Las clases populares tienen sus contradicciones y, en muchas ocasiones, sus posturas no tienen por qué encuadrarse en lo que las doctrinas ideológicas de izquierdas, o el propio sentido común, digan sobre lo que es mejor para ellas. Hay que admitirlo y reconocerlo. Entenderlo es el inicio de una aproximación de la izquierda con su electorado que nos alejaría de los fenómenos tipo Trump, Le Pen o, en nuestro caso, Rivera. Pero, sobre todo, nos haría disfrutar de un carnaval en el que se canten con arte coplas con letras satíricas e irónicas que vayan en otra dirección;  críticas con el poder, que tanto se están echando de menos este año.

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