Tiempo de lectura 💬 4 minutos
Delariva
Imagen: Pedripol

“¡No pienses en el prójimo!”. Es el título de una campaña que voy a proponer al ayuntamiento de la ciudad.

Se me ha ocurrido rememorando a George Lakoff y su libro “No pienses en un elefante“- Y, también, recordando esa teoría popular que dice que los niños malcriados se comportan correctamente cuando se les manda hacer lo contrario de lo que deben.

Así que he pensado llenar calles y comercios con carteles que digan: “¡No pienses en el prójimo!”, “¡No te quites de mitad del paso!”, “¡No cedas el asiento en el autobús a las personas mayores!”, “¡No recojas tu basura de la playa!”, “¡No esperes tu turno!”, “¡No le eches una mano a ese!”, etc., etc.

Los carteles llevarán fotos de personas normales y corrientes, de toda edad y condición, que, igual que los monos chinos, se tapan los ojos, los oídos y la boca, como diciendo: “no quiero saber nada”, “que le den por ahí al prójimo”, “a mi plin”.

La campaña tendrá su colofón con la entrega pública de galardones, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, “al más puerco del barrio”, “a la campeona de saltarse colas”, “a los que mejor tapan la calle para que no pase nadie”… incluyendo su foto en El Diario, que eso sí que mola.

No sé si la cosa funcionará, pero algo hay que hacer, o al menos intentarlo, para fortalecer entre nuestros conciudadanos y conciudadanas esa virtud escasa que se llama “empatía”, o sea, la capacidad de ponerse en el lugar de las otras personas, en la piel del prójimo.

La nuestra es una sociedad egoísta y malcriada, maleducada y antipática, en la que cada cual va a lo suyo. No nos deben engañar los ataques repentinos de compasión (padecer-con) masiva que se producen, por ejemplo, ante la muerte violenta de un niño. Las mismas personas que lloran su pérdida ante las cámaras de televisión, son las que aporrean las puertas de la comisaría para linchar a su presunta asesina y las que arrasarían sin piedad a cualquiera que se opusiera.

Las redes sociales están estos días repletas de personas que insultan y amenazan, que solicitan la pena de muerte y la prisión de por vida, en nombre de la bondad humana y la compasión. Y, muy probablemente, muchas de ellas son las mismas que disputarían el asiento en el autobús, con uñas y dientes, a la madre de la víctima si no hubiera cámaras de por medio.

Sí, nuestra empatía individual y colectiva va por rachas y depende de la cantidad de horas de televisión que se le dedica a un caso concreto (lo cual es directamente proporcional a los ingresos por publicidad que genera). Cuanto más morbo mediático, más empatía (telempatía= empatía que solo se expresa hacia aquello que sale en la tele).

Todos los días mueren miles de niños y niñas en el mundo, bajo las bombas en Siria, ahogados en el Mediterráneo tratando de huir de la miseria o la guerra, de cólera en los campos de refugiados, en medio de hambrunas terribles… pero esos ya no nos conmueven. Están muy lejos, no tienen nombre o éste nos resulta impronunciable. No se les dedican programas especiales de televisión y las turbas no salen a la calle en su nombre a reclamar justicia.

Alguien me dirá, probablemente con razón, que no vale comparar la falta de empatía cotidiana, en el autobús o en la calle, con la apatía o la indiferencia frente a la muerte de niños, en África, por ejemplo. Pero yo sostengo, probablemente sin razón, que se trata del mismo sentimiento, el mismo egoísmo, aunque a distinta escala y con diferente grado de intensidad.

Quien no se conmueve por las víctimas de las hambrunas o los bombardeos, no puede conmoverse por la muerte de un solo niño en Almería… so pena de que esté manipulado por los medios de comunicación y por la demagogia populista (la de quienes buscan votos en los caladeros del odio y la venganza).

La empatía hay que educarla desde la infancia, en la familia y en la escuela. Es necesario cultivarla con mimo y constancia. Y no solo para sacarla a pasear ante las grandes catástrofes, los terremotos, los tsunamis, o ante los casos mediáticos que nos estremecen, sino para ejercitarla en lo cotidiano, con las personas más próximas, cada día.

Ya lo sé, estoy haciendo trampa (demagogia tal vez) en este artículo, porque, aunque pueda ser verdad lo que critico (y de lo que formo parte yo mismo), existe otra cara de la luna.

Conozco una joven madre en Cádiz que lleva a sus hijos a encontrarse con las personas que duermen en la calle. No lo hace solo por esas personas, para que sepan que no están solas. Lo hace sobre todo por sus propios hijos, para que pierdan el miedo al otro y cultiven la compasión y la ternura, la empatía al fin, para que crezcan mejores personas.

Como ella, son millones las personas que no hacen distingos entre empatías, que sufren y se movilizan por la justicia en todo el mundo, por Gabriel, por Ailán, por los niños de Siria… y se ponen en el lugar de las personas más próximas. Miles los grupos que trabajan para construir un mundo mejor, más solidario, más empático. Gracias a esas personas sigue viva la esperanza en el ser humano.

Valora este contenido

Publicidad ayto no es no

Publi ayto ecoembes