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Fran delgado i

Ilustración: pedripol

SXX. Primeros años de la democracia. Una película titulada como una frase atribuida a Franco nos narra los inicios de la implantación del nuevo sistema político en España. No se os puede dejar solos, es la primera parte de un doble documental que cuenta las esperanzas que los ciudadanos tenían en la democracia incipiente, el desaliento que producía la tardanza de los avances democráticos, los problemas de funcionamiento de los ayuntamientos, la recuperación de la memoria de los represaliados en la dictadura o el esperpento que producen los irreductibles del régimen franquista. Un documento sociológico sobre la transición que merece la pena revisar.

España SXXI, 38 años de régimen democrático y todavía hay una parte de la población que no supera un franquismo sociológico que está insertado en lo más profundo de nuestra sociedad. Más allá de nostálgicos y ultraderechistas trasnochados, existen ciudadanos a los que les cuesta reconocer a Franco y su régimen como una dictadura criminal que tuvo a una población bajo su ordeno y mando sin fisuras durante cuarenta años. Una oscura época de miseria moral, pobreza, enfrentamientos, violaciones de libertades básicas, asesinatos, represaliados y desaparecidos que no debe olvidarse. Pero, como si todo eso fuera un simple mal sueño, cualquiera está acostumbrado a escuchar con frecuencia aquello de: “Pero Franco no era un dictador. Aquí se vivía en paz. Hizo muchas cosas “buenas” (que no falte decir que creó la Seguridad Social, todo un clásico)”. Sólo muchos años de férrea dictadura y un desproporcional síndrome de Estocolmo pueden intentar dar una explicación a este fenómeno patrio.

Este hecho de connivencia con el franquismo, cuando no directa filiación, deviene en injustificable cuando aparece en el ámbito político. En las últimas semanas se han podido ver sucesos y acontecimientos en este sentido, como que la Fundación Francisco Franco, en la cena de celebración del aniversario del nacimiento del dictador, premiara a tres políticos del Partido Popular por incumplir la Ley de Memoria Histórica y honrar la vida y obra del dictador; que los Diputados de Ciudadanos no aplaudieran tras el homenaje realizado en la Cámara Baja al poeta Marcos Ana, símbolo de lucha democrática y preso político que pasó más tiempo en las cárceles franquistas; o como que, en el mismo Congreso, se rechazara excluir de la Ley de Amnistía a los «torturadores» del franquismo gracias a los votos de Partido Popular, Ciudadanos y Partido Socialista.

Estas noticias no han ocupado un gran espacio en la parrilla mediática, no interesa. Pero ¿a quién no interesa? Pues a los poderes que dirigen los medios desde luego, pero menos aún a una parte de la sociedad española que soporta como algo natural vivir en la plaza del Generalísimo, que se muestra entregada a un panfleto televisivo protagonizado por un apuesto galán, el cuñadisímo de Franco perfectamente blanqueado, sin cuestionarse que fue uno de los responsables de la deportación de miles de españoles a campos de exterminio nazi, o que ni siquiera se plantea que España es, tras Camboya, el país con mayor número de desaparecidos a nivel mundial con más de cien mil personas que siguen en fosas comunes. Ya se sabe, no se debe abrir el debate en nada relacionado con el sacrosanto tema de Franco y el franquismo. Las justificaciones son tan peregrinas que insultan la inteligencia. En referencia a la justicia con las víctimas de la dictadura la frase más escuchada es la que hace referencia a pasar página. Cada vez que un político dice que no se deben reabrir heridas un hada muere en Nunca Jamás.

Recuerdo que el profesor más duro que tuve en la EGB (que castigaba, gritaba y otras cosas que hoy no serían concebibles) siempre nos decía que cuando no estuviera presente debíamos comportarnos mejor aún que cuando él estaba. Y lo hacíamos. Cuando salía de clase por cualquier motivo, había tal terror a que apareciera en cualquier momento que quedábamos como paralizados, lo teníamos tan interiorizado que la clase, efectivamente, era una balsa de aceite cuando no estaba. Al final lo hacíamos hasta con cierto gusto, como algo natural que debía ser así. Igual ha pasado en España. Franco consiguió lo que este profesor hizo con nosotros. Que 41 años después de muerto sigamos aborregados, desclasados, maleables, sin coraje ni amor propio. Quietos y obedientes.

Son las consecuencias de vivir en una sociedad franquista pero sin Franco. Una sociedad sin Franco, en la que se han cambiado y suavizado las maneras, pero que mantiene toda la injusticia totalitaria del corpus ideológico del régimen. Una sociedad sin Franco, en la que se proclama el éxito vacío, la falsa movilidad social y se vitorea como algo chic la iniciativa de los entrepeneurs, pero que tiene a gran parte de las élites franquistas en sus mismas posiciones de privilegio, dirigiendo los centros de toma de decisiones y poder. Una sociedad sin Franco, pero que heredó su aparato burocrático, político y económico que conformaron los pilares sobre los que se edificó y dirigió la transición. Una sociedad sin Franco, con elecciones y gobiernos elegidos democráticamente, pero delimitados dentro de un turno de partidos cuasi blindado, sin capacidad de acción, ni objetivo de transformación social y política a favor de la ciudadanía, que impide, de hecho, la representación del pluralismo político existente en España. Una sociedad sin Franco, que dispone de la generación mejor formada de la historia, pero en la que nuestros jóvenes siguen emigrando, expulsados, obligados a encontrar un futuro mejor fuera de nuestras fronteras. Una sociedad sin Franco que abre sus fronteras a los de dentro, pero coloca concertinas en las vallas de los que quieren venir a nuestro país intentando sobrevivir tras huir de guerras y miserias. Una sociedad sin Franco, pero con los mismos reprochables comportamientos machistas y paternalistas que dificultan el avance hacia una igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Una sociedad sin Franco, con un Estado aconfesional, pero que apesta a incienso, sotanas rancias y en la que sobran meapilas de golpes de pecho religioso. Una sociedad sin Franco, con libertades políticas y sociales, pero en la que la censura se realiza democráticamente por la Ley Mordaza, que impide de hecho el ejercicio de las mismas, y de forma más sibilina mediante el control de los medios de comunicación y su agenda informativa. Una sociedad sin Franco que regula la Memoria Histórica, pero en la que su incumplimiento diario no sólo evita la reparación plena de las víctimas, sino que la agrava aún más.

Pasaron los años y, a pesar de que han existido cambios, estamos casi en el mismo punto inicial de construcción de democracia que el descrito en el mencionado documental. Todo por hacer. Según parece, Franco estaba equivocado. Para su tranquilidad, nos puede dejar solos que nadie cuestionará nada. Seguimos temerosos y sumisos. Aquí todo sigue más o menos igual. Lástima que muchas de las esperanzas y ambiciones democráticas de los primeros años se hayan podido quedar en el camino.

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