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Susana ginesta

Ilustración: pedripol

“La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo.” Esta famosa frase de Julio César y que nos traslada Plutarco, me ha venido a la mente con el caso de la manada.

Según la historia, Julio César se divorció de Pompeya Sila porque ella asistió a una Saturnalia (orgía sexual permitida a las damas romanas aristócratas). A Julio Cesar le sentó fatal y aunque hubo muchos testimonios alegando que ella había asistido solo como espectadora y no había cometido acto deshonesto alguno, Julio César los rebatió con su contundente y fulminante alegato.

Mucho tiempo ha pasado desde Julio Cesar, pero todavía su frase se esgrime como argumento para proteger a los agresores mediante una macabra estrategia de desprestigio hacia la chica, sobre la que se duda, se investiga y se llega a la conclusión de que al no estar constantemente en un pozo de angustia y exasperación, intentando normalizar su vida, tan mal no lo habrá pasado.

En España hasta 1989, antes de ayer prácticamente, los delitos contra la libertad sexual se incluían en el título de delitos contra la honestidad. Obviamente lo que se protegía no era la libertad sexual de las mujeres, sino su honestidad medida en base a su moral sexual, su pureza, sus expectativas matrimoniales, su relación monógama matrimonial, y por ende el concepto de familia forjado desde el paterfamilias – patriarcado romano y pulido por el judeocristianismo (que nos regaló el binomio insostenible de virgen – madre, imposible de cumplir y al que siempre acompaña la culpa, la culpa y la gran culpa, mecanismo de control altamente eficaz).

Si una mujer iba sola, de fiesta, quería sexo o vestía “inadecuadamente”, se ponía en tela de juicio su moralidad sexual y la protección penal era prácticamente nula. Para demostrar que eras decente debías tener más o menos el comportamiento de una monja de clausura. Esto también significaba que la violación en el matrimonio no se contemplaba, ya que no hacía tambalear el honor, (recordemos el “débito conyugal” que era la obligación de tener sexo para cumplir con el contrato marital). Era un extraño el que “mancillaba” ese objeto perteneciente al varón por el vínculo del casamiento; lo que nos lleva a pensar que lo que se protegía realmente era el honor del cornudo. Por otra parte, tampoco eras honesta si eras prostituta, ya que al tener un comportamiento sexual reprobado socialmente, las sentencias admitiendo la violación eran inexistentes al igual que su dignidad según la ley.

Se protegía penalmente a la mujer agredida si era de comportamiento intachable, virgen o le hubiera violado un desconocido mientras se resistía de manera violenta y constante, ya que si no había signos de forcejeo también era sospechoso (entrar en shock, quedarte paralizada y dejarte hacer porque tu vida peligraba se tenía en cuenta en contadas ocasiones).

En ningún momento se protegía la libertad de disponer de nuestro propio cuerpo, sino el uso del mismo a nivel familiar, procreador y transmisor de descendencia legítima lo que se protegía. Pero al parecer, todavía hoy se espera que tengamos una conducta sexual y social irreprochable no solo antes, sino también DESPUÉS de la comisión del delito, para ser merecedoras de la protección del Estado.

La cultura social tarda más tiempo en cambiar su discurso que la ley en sí, pero los cambios sociales son imparables. Percibimos una oleada de machismo visceral por el miedo que provoca perder la capacidad de controlar o desequilibrar el status quo patriarcal. Y es que no es una cuestión de sexo, es una cuestión de poder.

Una manada es un grupo numeroso de animales de una misma especie que van juntos, que obtiene poder por la fuerza del grupo, pero quien se comporta como la manada violadora, parece de una especie extraterrestre, horroriza tanto que parece un corta y pega en el collage que llamamos humanidad. Aunque si lo analizamos bien, este hecho no está tan alejado de la realidad que vivimos diariamente las mujeres, es una manifestación extrema del machismo que aún impera.

La manada no solo se refuerza entre cinco tíos que se reafirman como grupo de iguales, cinco machirulos que no ven nada de raro en un acto sexual no solo no consentido sino no deseado por parte de una chica. No es una cuestión de impulso sexual irreprimible, no es una cuestión fisiológica de satisfacer necesidades o apetencias, es una cuestión de poder. La impunidad de imponer un mandato sobre la que obedece. Ese concepto de poder y de impunidad lo ampara todo el sistema en el que vivimos. Quien acosa sexualmente en el trabajo, manda e-mails degradantes, o gasta bromas ridiculizando u objetivizando a las mujeres, tampoco lo hace por placer sexual, lo hace porque desde su situación superior ni se plantea que sea una falta de respeto y si lo considera como tal, no ve a sus compañeras o empleadas merecedoras del mismo. El que suelta un borderío por la calle, no lo hace por un impulso de testosterona, ni por la expectativa de tener sexo con la persona a la que le suelta ese improperio, lo hace por una cuestión de poder, porque “puede” opinar sobre el cuerpo de una mujer y se cree en pleno derecho de invadir su esfera personal. La manada hizo lo que lo hizo porque “podía” disponer sobre el cuerpo de la chica. La “impunidad aprendida” está avalada por patrocinadores de todo tipo, porque la manada no son solo cinco: quien no reprueba radicalmente ese acto, quien viraliza un vídeo, quien exige un comportamiento de precaución a la chica, quien juzga negativamente que estaba de fiesta a las tantas o que intentaba recuperar su vida después de la violación, también son manada.

Como decía, los cambios son imparables, y pese a quien le pese seguiremos teniendo “vidas licenciosas”, “desordenadas”, “promiscuas”, “libidinosas”, “no ejemplares”, seremos “ovejas descarriadas”, “ligeritas de cascos”, “arpías”, “mujeres públicas”, “de la calle”, “mundanas”, “zorras”… llamadnos lo que queráis, porque vamos a seguir viajando por el mundo con la única compañía de nuestra mochila, iremos solas a discotecas, vestiremos con minifaldas de charol, de pana gorda o haremos topless, cruzaremos bosques prohibidos por lobos amenazantes, escaparemos de los torreones para alcanzar cimas impensables, llegaremos más tarde de las doce y nos comeremos la calabaza en un aquelarre, romperemos tacones y techos de cristal, jugaremos manchándonos el vestido de los domingos, comulgaremos juntas con manzanas alucinógenas sin miedo a la culpa ni al pecado, descansaremos en llanuras sóricas de ocio y cachondeo, gritaremos palabrotas mientras rasgamos corsés y fajas reductoras, gozaremos de nuestro cuerpo, descruzaremos las piernas favoreciendo la circulación y el orgasmo, disfrutaremos de nuestra soledad, de la compañía elegida, del sexo esporádico, follaremos con quien nos dé la gana, participaremos en Saturnalias o en lo que nos plazca. ESO ES LO QUE HAY. Porque no es sexo, es poder, y nos hemos dado cuenta de que a través del miedo quieren que no tomemos lo que nos pertenece, que no es ni más ni menos que la mitad de todo.

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