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Ana rodriguez

Ilustración: pedripol

Cuando todavía resuenan en las calles las voces reivindicativas de la igualdad, y todavía las redes sociales están llenas de imágenes de las manifestaciones de mujeres y sus expresivas pancartas denunciando todo tipo de violencias, siento el impulso de analizar este 8M  para ver si presenta novedades que puedan dar pie a una mayor esperanza en relación con la tan ansiada igualdad real de derechos.

El antes denominado “día internacional de la mujer trabajadora”, cada vez más despolitizado, parecía estar perdiendo su carácter reivindicativo para convertirse en la fecha apropiada para pasar revista a los avances conseguidos por las mujeres en relación con la igualdad en los últimos 50 años, o para que los medios de comunicación, por un día, hicieran alarde de visibilizar o entrevistar a  cirujanas o científicas, catedráticas o investigadoras e incluso a feministas “radicales”.

Pienso que esta vez hubo un importante elemento común a nivel local, nacional e internacional: la unión de multitud de entidades, instituciones y asociaciones en torno a convocatorias que, a su vez, también eran el resultado de alianzas previas. A modo de ejemplo, creo que en Cádiz es la primera vez que se produce un  acuerdo entre cuatro instituciones tan representativas como  el Ayuntamiento, el Instituto Andaluz de la Mujer, la Diputación y la Universidad para realizar algunas actividades conjuntas. La manifestación del día 8, aunque poco nutrida y escasamente “voceada”,  fue también fruto del  acuerdo entre asociaciones de mujeres de muy diverso tipo. Y en la manifestación del 11M, juvenil, violeta y animada, estaban presentes colectivos de mujeres de toda la provincia. ¿Es posible pensar que esta unión es un precedente importante para  sucesivas convocatorias y que la antorcha del feminismo brillará en manos de gente joven dejando de ser minoritario y denostado?

Por otra parte, el paro de media hora, convocado a nivel internacional,  solamente ha puesto de manifiesto que, hecho en serio –paro de cuidados, laboral y de consumo- , aunque sólo fuera durante un día, demostraría la realidad del slogan “si las mujeres paran, el mundo se para”.  Quizás así la mitad de la humanidad tomaría conciencia de la importancia de su trabajo y podría  hacer consciente a la otra mitad de la enorme injusticia que suponen las desigualdades salariales, de representación, de promoción, de valoración, etc. que son el origen del 8M.

Y  aunque sé que en este camino los pequeños avances exigen grandes esfuerzos, no se puede tomar un respiro ni bajar la guardia dejando las acciones reivindicativas reducidas a los días oficialmente señalados, ni  centrarnos exclusivamente en las causas más graves como los asesinatos de mujeres. Porque el origen de todas las violencias y desigualdades es el mismo: la falta de reconocimiento de la dignidad y el valor de las mujeres como seres humanos y no como objetos propiedad de nadie o como sujetos de menor categoría  respecto a sus derechos de ciudadanía.

No podemos olvidar lo fácil que resulta seguir reproduciendo las violencias machistas a través de los chistes,  las frases hechas o el uso de un lenguaje pretendidamente espontáneo, “radical” y humorístico para referirse a las mujeres en general o alguna muy concreta, como en el reciente caso sobre Mónica Carrillo, obra del más viejo machismo. Parece que proclamarse rebelde frente a lo “políticamente correcto” exige poner  en las redes sociales e incluso en algunos medios, que no se sienten en absoluto responsables de su influencia, discursos declaradamente machistas y homófobos. En una sociedad que retuerce el uso de la lengua de una manera casi enfermiza para ocultar la realidad, es el lenguaje inclusivo, indispensable para que las mujeres no permanezcan ocultas tras el masculino universal, el que es objeto de mofa para quienes desean seguir ignorando su carácter reivindicativo y crítico…

Lo dicho: no hay tregua para el machismo.

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