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Estamos en las vísperas de un acontecimiento que viene crecido de alcance y significado, no sólo en lo político sino en lo social e incluso a nivel popular. No hace falta ser un lince para presagiar que las elecciones de este fin de semana van a cambiar al país. Un acontecimiento singular, un hito en la Historia con mayúsculas y también en la pequeña historia de nuestras vidas.

Pasado el tiempo nos acordaremos. Como nos acordamos de mayo del 68, de la muerte de Franco o de la victoria del PSOE en el 82.

Nos acordaremos de que esto cambió un 26 de junio y alguien nos preguntará qué hicimos ese día o cómo fue exactamente. Yo, al menos, espero sobreponerme a los estragos de la memoria para poder contarlo. Quiero vivir la jornada con intensidad para recordar que esto cambió, que cambió el país y que cambió Cádiz. Recordaré que lo anterior ya se percibía como apolillado e injusto, y me gustaría recordarlo como algo que había brotado y se desbordó, como una metamorfosis de un mundo en otro…

El 26 de junio no es un simulacro, es el primer paso de un cambio sencillo pero real, sin embargo mi ya legendaria suspicacia me hace preguntar: ¿qué ocurrirá al día siguiente?

Soy de natural precavido y pienso que el hecho de que se tambalee el momificado bipartidismo, emblema del neocapitalismo, no significa que milagrosamente se vaya a forjar una mayoría de cambio, ni una sociedad diferente de buenas a primeras. Hará falta ciudadanía, conciencia y organización… y, desde luego, tiempo.

Aquí no valen las prisas, ni el triunfalismo. El neocapitalismo, su mercado y sus ejércitos de vigilancia estarán alerta, usando todos sus resabios y sus resortes, tan inquietantes como poderosos. Es un duro enemigo, no conviene infravalorarlo.

Dos ejemplos: Uno, en Islandia se entró por la ventana de la oportunidad y una revolución pacífica provocó la dimisión del gobierno, metió en la cárcel a los banqueros y a los políticos responsables de la debacle económica. El impago de una deuda ilegítima y un ilusionante proceso constituyente alentaron un espejismo, pues las siguientes eleciones de abril de 2013 despertaron del sueño a los que veían en Islandia el camino a seguir: ganaron otra vez los partidos tradicionales.

Otro ejemplo, el reciente golpe de estado “frío” de Brasil, apoyado por los sectores neocapitalistas del país, usando la caricatura con discursos ambiguos, difamando con discursos simples y muy repetitivos, y escamoteando las opiniones divergentes.

Es cierto también que un esperanzador cambio que genera caudales inmensos de ilusión puede terminar siendo canalizado, contenido o incluso desviado del sentido de su propio surgimiento.

Vale. Pero tanto en Cádiz, como en Islandia o en Brasil hay algunas cosas que sí son para siempre: los diamantes, los teoremas matemáticos y los primeros pasos.

Y nadie nos quitará la alegría de este momento, porque cuando se da un paso adelante es para siempre. Que lo sepan todos: para siempre.

Fotografía: Jose Montero

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