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Vanessa perondi

Fotografía: Jesús Massó

Será porque vivimos al lado de una tragedia aunque parezca que estemos a miles de kilómetros; será porque las imágenes han ganado a los sentimientos y desayunamos, almorzamos y cenamos con escenas cada vez más espantosas inimaginables en la Europa del siglo XXI; será porque Aylan y Omran los convertimos con la misma rapidez en símbolos virales con un sólo clic en una red social como los olvidamos; será porque nos hemos acostumbrado….

Pero no sólo a la guerra de Siria, que dura ya cinco años, o al drama de los refugiados. Lo que de verdad me pone los pelos de punta es que nos hayamos acostumbrado a nuestra propia frontera, nuestra frontera sur que día sí y día también intentan cruzar decenas de personas jugándose la vida en el Estrecho de Gibraltar.

A tan sólo catorce kilómetros de África y damos la espalda a una realidad, como si no fuera con nosotros, como si no estuviera pasando aquí al lado. Y ejemplos tenemos todos los días: sólo este último fin de semana han llegado hasta nuestras costas tres pateras con 34 inmigrantes a bordo. Treinta y cuatro historias de subsaharianos y magrebíes que pasan la noche en el peligroso mar oscuro en busca de un futuro mejor, algo tan humano y antiguo que se explica desde que el mundo es mundo.

…Como si no hubiéramos hecho lo mismo en todas las épocas de nuestra historia, como por ejemplo, en los años 60. Cómo se nos puede olvidar cuando nosotros fuimos emigrantes, exiliados, apestados en algunos sitios, animales de carga en otros. Y no, no es una exageración: sólo hay que leer obras tan interesantes como La patria en la maleta o ver documentales tan desgarradores como El tren de la memoria que cuenta, a través de la historia de Josefina, cómo dos millones de españoles tuvieron que salir del país por necesidad, igual que los que llegan a nuestras costas gaditanas todos los días. Cómo la mitad de ellos eran clandestinos y viajaban sin contratos de trabajo o cómo el ochenta por ciento de los inmigrantes era analfabetos. Cómo el hacinamiento, la pobreza y la humillación eran la forma de vida que tuvieron que aguantar a su llegada. Cómo nada más salir de aquellos trenes de madera les ponían cartones en el pecho para identificarlos o cómo los funcionarios los obligaban a desnudarse para examinarlos y mirarles “hasta los dientes”.

Y en este punto, hemos olvidado tanto que una patera más en nuestras costas se ha vuelto costumbre mientras me llega a la mente los siete inmigrantes de Guinea, Costa de Marfil y Gambia que este verano mandaron un mensaje a una activista española pidiendo auxilio porque “las olas le dan la vuelta a la zodiac y vamos a morir”. Pero no fue noticia, no despertó interés mediático, no hubo una imagen impactante ni un contenido viral con el que indignarnos en redes sociales: aquel día de agosto, importó más la ola de calor o el Gobierno en funciones.

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