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El tercer puente 12 verticales 01

Fotografía: José Montero

Cuando veía allá por los ochenta la película Regreso al futuro, me imaginaba que por el dos mil y pico los aerodeslizadores, las correas automáticas para perros y las pizzas minúsculas que se hacían gigantes en 15 segundos serían una realidad que nos haría la vida mucho más fácil. En cualquier caso, aunque no podamos volar en patinete, podemos imprimir en 3D, hacer ejercicio con una Wii y aunque no dispongamos de espadas láser, sí que lo usamos para operarnos de miopía y hasta para depilarnos las ingles.

Ojalá alguien hubiera vaticinado que Milli Vanilli hacían playback y que Mecano se iba a separar, nos hubiera ahorrado más de un trauma, como el que nos causaron esas gafas de vista con cristales un poco marroncitos que te hacían la cara más triste que un walkman sin cinta.

Deberían habernos advertido (de la misma manera tajante que nos decían que comprarse un video Beta era como invocar a Satanás) que los Chimos y los Frigodedos iban a extinguirse cual Triceratops. Para nuestro consuelo, los Sugus, los Calipos y los Phoskitos siguen estando a la venta (aunque «no saben iguá»).

Quien nos iba a decir que los videoclubs estaban condenados al ostracismo absoluto o que “Thriller”, de Michael Jackson, seguiría molando pero Locomía no (bueno, quizá esto último era algo más predecible).

Teníamos una importante obsesión por ir a la moda, una moda voluptuosa de maquillajes exagerados y cardados imposibles, que se materializaban en hombreras a lo jugador de rugby que se aguantaban con el tirante del sujetador o en tupés con laca como para perforar la capa de ozono como un colador. Sin olvidar de esa incipiente obsesión que también comenzó a suscitar el mundo del videojuego y las máquinas recreativas, que proliferaban en bares, restaurantes, hoteles y supermercados. Recordamos con peligrosa añoranza esos juegos de lucha como Street Fighter, los combates de Bola de dragón, o las bragas por las que suspiraba el precoz acosador Chicho terremoto… “inocentes” obsesiones que naturalizaban violencia y sexismo que hoy, siguen replicándose exactamente igual, o de manera más agresiva si cabe, a través del Assassins Creed, Grand Teaft Auto o Sean Chan.

Pero sobre todo, ojalá hubiéramos tenido más información acerca de las consecuencias de la heroína y de los efectos secundarios de las operaciones de pecho (que se incrementaron justo después de comenzar la emisión de “Los vigilantes de la playa”), y también se hubiera agradecido saber algo más acerca de la especulación inmobiliaria y la perversa e inculcada obsesión por tener una propiedad hipotecada que iba a provocar que, años más tarde, millones de familias se vieran en una situación de precariedad absoluta.

Marty McFly debería habernos advertido de que las medidas neoliberales de Ronal Reagan y su libre mercado iban a sentar las bases de la economía mundial en los años venideros y que el monstruo nuclear creado en Chernóbil continuaría causando estragos a modo de lluvias radiactivas en nuestra “queridísima” Europa.

Todo esto que surge de un domingo taciturno de palomitas y películas retro, me lleva a hacer un ejercicio de prospectiva futurista recordando una técnica creativa que se denomina WHAT IF, que consiste en preguntarse: ¿Y si…?

¿Y si escribiera este artículo desde el futuro? ¿Cómo nos veríamos con la perspectiva del tiempo?

DE OBSESIONES, POKEMONS Y RUNNERS

Quién nos iba a decir las consecuencias que tendrían las aparentemente inocuas obsesiones que teníamos en el 2016. Ojalá nos hubieran advertido de que íbamos a sufrir una escoliosis degenerativa precoz por mirar el móvil constantemente, y que acabaríamos viendo Pokemons imaginarios al lado de cada farola, postrado en cada esquina, y encaramado en cada balcón cual borracho ve un elefante rosa doble y borroso.

¡Ay! Si hubiéramos sabido que esas inocentes fotos que nos hacíamos poniendo morritos ha causado una evolución del ser humano a pescadilla, entonces sí que nos lo hubiéramos pensado dos veces. Que ridículo resulta ver ahora esas pamplinosas caras que intentaban resaltar los pómulos y esas poses de modelo perpetua: manita a la cintura, una pierna tiesa, la otra dobladita y  la carita ladeada. Y las fotos de las bodas eran ya para morirse (porque había una cantidad ingente de bodas) a lo de los morritos y la pose de modelo perpetua le sumábamos bigotitos de cartulina con un palito, unas gafitas de cartulina con un palito, pajaritas, gorritos, con un palito…  éramos de lo más “original” que se despachaba, ¿había boda? Photocall con chorraditas para la foto, no fallaba. Y encima lo colgábamos en Facebook haciéndonos los felices y contentos, porque en eso consistían las redes sociales, cuantas más fotos chorras “hipermegasuperhappy” mejor, aunque nos divorciásemos a los dos años.

Nos daba por correr, bueno, sobre todo nos daba por vacilar y contar nuestros avances de “runners” en las redes sociales, y nos comprábamos todo un armario de ropa deportiva que costaba un ojo de la cara para quedar bien en los selfies. En realidad todo lo que hacíamos lo hacíamos pensando en colgarlo en las redes. Lo que comíamos, lo que leíamos, lo que pensábamos, hasta si cambiábamos de pareja dejábamos constancia de la manera más empalagosa posible de que teníamos una nueva. Vivíamos a través de esa falsa realidad, hasta el punto de no disfrutar de una puesta de sol, si no la fotografiábamos y la subíamos junto con una frase de Paulo Coelho.

Cada “me gusta” era como un orgasmo cibernocivo que nos enganchaba de una manera insaciable para cubrir nuestro ego. Egocentrismo, hedonismo y carajotismo, generación del espejo y de los hastags.

Cada vez que se nos acababa la batería, entrábamos en pánico nuclear y todas las carencias y conflictos personales no resueltos lo resolvíamos con el Reguettón, el Zumba y dejándonos la piel en defender en toda reunión social lo venenoso del azúcar, la peligrosidad de las harinas refinadas, el riesgo de la lactosa y defendiendo como el Cid Campeador los beneficios de la Quinoa o de la Avena.

¡TRES! Ni una, ni dos… hasta TRES elecciones aguantábamos sin rechistar en una época enmarcada en una crisis económica mundial que cuestionó la utilidad de Europa, haciendo que Inglaterra se marcara un “vemo”. Una Europa que permaneció impasible ante miles de personas refugiadas sin hogar, sin país, sin consuelo.

Ahora vemos las consecuencias del uso masivo de los drones. Tanta tecnología invertida en estos robots voladores que terminaron, como ya sabemos, controlando la ya inexistente intimidad de las personas en cualquier punto y rincón del planeta.

Nunca nos tomamos demasiado en serio lo Calentamiento Global, pero seguíamos quejándonos del tiempo, de “la jartura de levante”, “de la caló pegajosa” y del “frío del carajo” que no pegaba para la estación que era.

Los relevos monárquicos de Los Países Bajos, de Bélgica o de España, no nos encendieron la bombilla de las ideas para llegar a la conclusión de que son figuras obsoletas y perfectamente prescindibles en cualquier Estado. Una época en la que la Iglesia contaba cada vez con menos adeptos y que de manera inteligente puso a un carismático Papa argentino para no perder su mayor público hispanohablante.

Bueno, voy a calzarme mis Asics y mi camiseta transpirable que me voy corriendo a cazar Pokemons, a ver si entro en el traje de la boda de mi prima. Espero que os guste el artículo y tenga muchos “me gusta”. Susana se siente genial comiendo un yogur con muesli y semillas de amapola. Carita sonriente.

(Nota final: la realidad es que me he puesto las babuchas, me he tirado en el sofá a ver una serie y voy a pimplarme un bocadillo de lomo en manteca. Susana se siente genial con los morritos llenos de pringue. Si no compartes este artículo, “tampoco pasa ná”.)

 

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