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Fotografía: Jesús MachucaJose garcia

Existe una consideración muy extendida (incluso entre la propia gente gay, lesbiana, bi o transexual) de que la sexualidad es un hecho estrictamente particular y privado de la vida de las personas carente de dimensión pública y colectiva. Algo sobre lo que ya no tiene sentido plantear ninguna reivindicación. Porque ya nos podemos casar con quien queramos. Porque lo único que debe preocuparnos ya a los de acá es el genocidio silente de Chechenia (y la indolencia occidental ante tan sangrante atropello). Porque el ‘lobby gay’, con su cuerno de la abundancia, ya tiene demasiada influencia en la sociedad. Porque el Orgullo no es ya más que un signo de puro exhibicionismo que distrae a esa ‘buena sociedad’ de sus problemas reales.

Permítanme que me ría.

Y me río, porque recuerdo. Recuerdo que la promoción de los conceptos de ‘vida privada’ e ‘intimidad’ se ha configurado en nuestra Historia reciente como una de las herramientas más eficaces de incitación simbólica al secreto que ha pesado sobre nuestras vidas. Como me decía un viejo compañero de andanzas, cierta idea de ‘la vida privada’ constituye una trampa, no porque debamos renunciar a la intimidad, sino porque tener la vida privada que se nos concede equivale muchas veces a permanecer invisibles y mudos. Nuestra vida privada siempre ha sido la más privada de todas las vidas. Privada hasta no hace mucho de reconocimiento y legitimidad. Privada, aún hoy, en muchos espacios periféricos como Cádiz, de los recursos para defenderse. Privada de los instrumentos para representarse. Privada del derecho a la integridad física. Privada, en fin, de la posibilidad de no ser privada.

Y ahora, para reflexionar sobre la segunda cuestión planteada en el encabezamiento de este artículo, permítanme también avivar su propio recuerdo. Pensamos que la homofobia y la transfobia solo habitan ya en países lejanos. Son un problema de Chechenia, de los países africanos, de ‘el Otro’ de Occidente. Hay que ir lejos para encontrarlas. Sin embargo, hagan memoria. Solo en el último año, el ‘lobby gay’ gaditano ha tenido que echarse a la calle para rechazar la brutal agresión de un chico queer en un conocido local de la zona de ocio de La Punta de San Felipe, para repeler la llegada de un autobús transfóbico a la ciudad, para protestar por los golpes e insultos recibidos por un corista carnavalesco disfrazado de drag queen, ha visto cómo un árbitro gay de la provincia era literalmente expulsado de su carrera deportiva y reenviado a los programas televisivos del corazón (el lugar que corresponde a los maricones por ‘su naturaleza’), ha tenido que soportar que el homófobo grupo de rock Molotov actuara en una de sus fiestas veraniegas, ha debido impedir la cesión de los espacios de la universidad pública a un conferenciante vendedor de terapias contra la homosexualidad, ha soportado la avalancha de comentarios lesbofóbicos que ha suscitado en la red la primera besada entre mujeres que se convocaba en Cádiz… Hemos debido convivir con miles de micromanifestaciones de lgtbqifobia que ya se han asimilado como prácticamente inevitables. Sí, ya lo sé. No tiene punto de comparación con las detenciones arbitrarias, las torturas, los ‘crímenes de honor’ o los internamientos forzosos que se están perpetrando en la república norcaucásica, pero tampoco es esa Alicia en el país de Rodríguez Zapatero que ciertas visiones interesadas pretenden vendernos para no hacer nada o casi nada, para mirar hacia otra parte.

Aunque quizá lo más hilarante de cuanto se argumenta en contra del Orgullo y las políticas lgtbqi sea lo de la excesiva influencia en la sociedad y en las instituciones del opulento ‘lobby gay’. Los taimados periodistas de la prensa conservadora gaditana deberían someter este convencimiento general a un riguroso ‘fact check’. Porque resulta que el ‘lobby gay’ gaditano no tiene al servicio de la difusión de sus ideas a grupos mediáticos de las proporciones de Vocento, ni a las estructuras financieras de la Iglesia, ni las importantes subvenciones que se otorgan a otras organizaciones sociales ‘de interés público’. El ‘lobby gay’ en Cádiz no es más que un puñado de activistas con las manos desnudas y los bolsillos vacíos, que practican la acción social con medios y recursos rudimentarios, que apenas ha recibido aportaciones económicas significativas del nuevo gobierno municipal para sus proyectos, que alimenta la fuerza para seguir luchando de puro voluntarismo.

Y ahora, sí. Ya tengo la excusa perfecta para hacer un poco de historia sobre nuestra ciudad: durante el Teofilato, éramos una realidad sociológica prácticamente invisible. Cualquier gesto de visibilización de nuestra existencia, como la propuesta de izar la bandera del arco iris en las Puertas de Tierra, se topaba con las excusas del PP, que no hacía sino disfrazar de argumento protocolario lo que en realidad eran prejuicios ideológicos sobre lo que corresponde estrictamente al espacio público o al privado. Entonces la interlocución con el colectivo lgtbqi era prácticamente inexistente. El Gobierno municipal se limitaba a sostener con exiguas subvenciones proyectos asistenciales de muy corto alcance que podían encajar en su visión neoconservadora de ayuda a ‘los marginados’. Porque este era el epígrafe bajo el que figurábamos en las bases de datos de los servicios sociales: el de grupos marginados (ya saben, esos que se mantienen en los márgenes de la sociedad) y no el de personas excluidas en muchos niveles de la organización social por un sistema cultural profundamente homofóbico, cisexual y heteronormativo.

Luego cayeron aquellos veinte años de neoconservadurismo social y político y unas fuerzas políticas de vientos renovadores accedieron al gobierno municipal. Y prendió un sentimiento de esperanza. La interlocución institucional con el colectivo aumentó. Los espacios públicos se abrieron a la expresión del hecho lgtbqi. Proliferaron los gestos simbólicos. Pero, salvando estas simples cuestiones, el apoyo del nuevo gobierno municipal al colectivo de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales de Cádiz apenas ha pasado, hasta la fecha, de ser puramente nominal.

A pesar de haber aprobado, casi llegados al gobierno de la ciudad, una proposición, con el respaldo mayoritario del Pleno municipal, para desarrollar un Plan Local contra la Homofobia y la Transfobia, ni existe dos años después un documento redactado, ni se ha invertido apenas presupuesto ni destinado recursos significativos a políticas de igualdad. Y no creo que ninguna fuerza política que se precie de realizar un análisis materialista del sistema social pueda creer que los cambios y transformaciones sociales y culturales necesarios para acabar con semejantes lacras puedan venir de la mano de los meros gestos simbólicos.

Los enemigos de la libertad sexual deben estar frotándose las manos. El movimiento lgtbqi de Cádiz está hoy más exhausto y desarticulado que hace un año, porque todo lo que se ha podido construir ha debido construirse arrancando a nuestras vidas privadas, esas que tanto se nos ensalzan, horas de trabajo voluntario y pequeñas actuaciones financiadas con nuestros, para nada, opulentos bolsillos. Horas y esfuerzo arrancados a la vida con uñas y dientes.

Pero no estamos muertos. Cádiz con Orgullo sigue vivo. Los primeros días de junio se celebrarán encuentros y exposiciones, se reconocerán a quienes forman parte de nuestra memoria colectiva y, por supuesto, el sábado 3, recorreremos de nuevo la ciudad para recordar que seguimos siendo parte de Cádiz y Cádiz parte de nosotros. Para compartir con todos nuestros amigos y nuestras amigas la alegría de la fiesta que se volverá a celebrar en El Pópulo al término de la manifestación. No permitas que muera el Orgullo de Cádiz. Ven a manifestarte y a celebrarlo con nosotros. El Orgullo es de todos. Pertenece a todos los ciudadanos y ciudadanas libres que quieren vivir en una sociedad donde se respeta, se protege y se expresa la diversidad sexual y de género. Porque también es tuyo, no te olvides de acudir a él.

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