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Nataliai
Fotografía: Jesús Massó

Aquí vengo de nuevo sembrando polémicas, yo, descendiente de agricultores de recoger tempestades. Y me vengo sabiendo seguro que, si mi percepción no fuera respaldada por premios nobeles, valdría menos de lo que ya valgo por mí misma para el pensamiento ilustrado occidental, globalizado, ultraliberal y aburrido.

Hoy he decidido cargarme y cagarme en la ortografía. Aún escribo asumiendo sus normas de corsé clasista para que el cortocircuito de los y las integristas de su defensa acérrima me sigan la lectura hasta el final de mis letras en este escrito. Y es que creo que nos estamos pasando un poco con lo de exigir la grafía perfecta. Hacemos un uso del lenguaje que no nos preocupa en el fondo, pero sí en las formas. Otra tontería del mundo de la imagen, que desecha el contenido cuando la primera no es bonita y normativa.

Nos hacen falta normas para un acuerdo estabilizador, pero hay que ir revisándolas porque con el paso del tiempo esas normas pueden quedar obsoletas. Y lo que es peor, pueden no ser útiles ni prácticas. De esto se dieron cuenta Juan Ramón Jiménez y Gabriel García Márquez y lo dejaron escrito. El de Moguer, desterró las “g” para su “Antolojía” (y para otras tantas cuestiones) y hasta las “x” en un “esperimento” que le dio más de un dolor de cabeza cuando lo proponía en las imprentas. Y el Gabo discursó usando estas palabras “…Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Se encierra un terrorífico clasismo diferenciador entre malos y buenos escribientes que se oculta y que se salva de la vergüenza mediante correctores en teléfonos móviles y ordenadores. Nuestras madres siguen preguntando “¿esto se escribe con b grande o b chica?” porque hemos impuesto que la persona que no lo sabe es portadora de una inferioridad. Y todo esto por unas normas que, para mejor y mayor subversión nuestra, han de ser discutidas y superadas porque apenas tienen sentido. El lenguaje no son las letras escritas, o no solo eso. Igual que la música no son las blancas, negras y corcheas sobre un papel. El lenguaje es un mecanismo maravilloso que fuera de encorsetarnos ha de liberar pensamientos de la forma más ágil y fácil posible. El lenguaje es lo que se dice y se comprende de la manera más cercana y sencilla. Discúlpenme lo brusco de mi próxima afirmación, pero si a ustedes no les pone nada que alguien escriba “haber” en lugar de “a ver” antes de poner “qué pasa”, menos me ponen a mi la pedantería y las superioridades morales por cuatro letras. Porque leyéndose y diciéndose la frase entera, se comprende al emisor y esa es la función principal del lenguaje. Vamos a dejar ya de echarnos en cara lo poco que nos gustan las “faltas” de ortografía y de repetirnos que estas nos coartan hasta el deseo sexual y vamos a decirnos las cosas a la carita en vez de por escrito.  Y si nos las tenemos que decir por escrito, pues recibámoslas leyendo en voz alta y no ejerciendo de censoras de un mensaje que pudiera ser el más bonito recibido en nuestra vida. Prueben si no a pensar en una persona que les atraiga diciéndoles “boy a comerte como si fueras mi primer alimento después de salir de una uelga de ambre”. Si ese alguien que les flipa, les dijera eso flojito y al oído y un calambre (aunque sea chico) no les recorre la espalda, es que ustedes no quieren a nadie. Si ese alguien se lo manda por escrito y ustedes lo leen y por faltar haches o no corresponder las bes desechan la información que se intenta transmitir, es que tienen ustedes el cerebro sucio y siguen aupando cadenas que les oprimen mucho e inconscientemente.

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