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Jarillo 2
Imagen: Pedripol

Llevaba tiempo apoyando la teoría de que el próximo presidente de este país tendría un nombre catalán. Con la victoria de Pablo Casado en las primarias del PP, mi teoría se derrumba y esto que les cuento son sus escombros.

El PP se desintegraba mientras Ciudadanos se acercaba peligrosamente a la Moncloa. Los de Rivera iban dando pasos hacia el gobierno impulsados por la inercia de su defensa de la unidad nacional durante el conflicto catalán y su postura firme (e hipócrita, como buenos españoles que son) frente a los casos más sonados de corrupción. En medio de ese proceso, y de forma inesperada, llegó Pedro Sánchez; el “Kennedy español”, el “Obama blanco” que bien podría haber acabado su carrera política como hicieron ellos. Me hubiera dado lo mismo que se fuera a Hawái a hacer esquí acuático o que recogieran los restos de su cerebro de la tapicería de un coche (conste en acta, señor juez, que este que escribe no le desea ni lo uno, ni lo otro). Pero no. Pedro ‘ave fénix’ Sánchez volvió, resurgiendo de sus cenizas, para derrocar a Mariano e instaurar su escaparate electoral.

En el momento en el que Albert se había ganado a los Españoles (con mayúscula, esos de bandera en balcón) con su posicionamiento en el ala derecha -por si todavía alguien dudaba- del espectro político, llega el señor Sánchez y destroza la estrategia de Ciudadanos con un solo movimiento. Les obliga a retratarse, delante de toda la nación, dándole dos opciones: apostar por una apertura democrática y dialogar con el PSOE, la izquierda y los partidos nacionalistas o apoyar la permanencia de una banda de mafiosos en el gobierno. Su decisión no sorprendió a nadie. Una vez señalados de esa manera, a Ciudadanos solo le quedaba la opción de seguir siendo una rémora y chupar todo el flujo de votantes que huían despavoridos del desastre del PP y que son muy Españoles –y mucho Españoles- para votar a un partido que huela mínimamente a izquierda.

La cosa volvió a torcerse y llegó el anuncio de la marcha de Mariano regresando a Santa Pola (a rascarse la popola unos días; Rajoy hace años que no ve una hoja de Excel) provocando la convocatoria de primarias -por primera vez- en la historia de los populares. Pablo Casado, al salir vencedor y dejar a Cospedal y Soraya bastante tocadas, se encuentra ahora una autopista por delante para acelerar en su viraje hacia la derecha más reaccionaria. El nuevo líder del PP defiende el respeto de las normas; las mismas normas que se ha saltado su partido durante décadas para esquilmar las arcas públicas. Cuando alguien como Casado hace referencia a las normas, sus palabras vienen acompañadas de tufo a arcilla, de melodía litúrgica; como si hiciera referencia a mandamientos que alguien grabó hace siglos en una tablilla que no puede ser mancillada.

Casado se presenta con un discurso de menosprecio al oponente, carente de iniciativa de diálogo y con la intención de llegar a la mayoría absoluta para volver a aplastar la legislación española con su apisonadora de decretos. Esa es la nueva cara que liderará la regeneración del Partido Popular, como si tal cosa fuese posible. Una cara joven que se reconoce orgullosa de Fraga, Aznar y Rajoy y que, acto seguido, se atreve a citar a Unamuno. Una cara joven maquillada con la vejez de los ideales moribundos de una sociedad corrupta hasta su raíz por la moral cristiana y de una clase aburguesada hipócrita y egoísta que no sufrió una dictadura sino que vivió de ella como élite en una España de incultura e ignorancia.

De esa “élite” proviene Pablo Casado, quien propone un Partido Popular apoyado en dos pilares básicos: la defensa de la libertad individual y la libertad económica. La primera es una afirmación bastante hipócrita y la segunda es lo idóneo para continuar con esta dinámica de crisis económicas concatenadas. Dice representar un Partido Popular que aboga por la defensa de la familia y de la vida, enfrentándose al aborto, la eutanasia y la ideología de género. Nada de esto puede ir de la mano con defender las libertades individuales, señor Casado. Representa usted a menos gente de la que cree -y a más de la que a mí me gustaría. Hasta Rajoy se ha visto obligado a estar más cerca de Génova para que Aznar no vuelva a pasearse en babuchas por allí.

Pablo es el Albert Rivera 2.0 (Aznar 3.0) de la política española y estoy seguro de que ambos van a entenderse bien. ¿Cómo afectará esto a la izquierda, que en estos instantes se encuentra con una situación caótica?. De momento solo puedo pensar en la cara de Albert, que creía ver vía libre hacia la presidencia y a quien tras los resultados de las primarias del PP, se la ha quedado cara de ‘primo’. “El primo de Rivera”. No le viene nada mal.

Pablo Casado y el primo de Rivera
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