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Natalia robles

Ilustración: pedripol

Estoy obsesionada con las palabras. Cada vez más y con más. Nombran realidades y se construyen en cada entorno. En estos tiempos se les pierde el respeto y esa pérdida es uno de los grandes males que nos acecha. La falta de pensamiento crítico, nos conduce a  un infierno que a la vez nos lleva a otros. No debería permitirse esa tergiversación ni la falsedad. Porque en cada palabra hay tiempo. Miles de años. Como en las piedras que formaban edificios, creencias y manifestaciones de otras civilizaciones. Y como con esas piedras, pasa que hay interesados en borrarlas, o en cambiarlas o en hacer creer que son otra cosa distinta a aquella que las originó. Porque condicionan nuestro pasado, y por ello, nuestro futuro.

El lenguaje es una capacidad exclusivamente humana y lo usamos, la mayoría de las veces, sin tener conciencia de su magnitud. O puede que sabiéndola, tal y como sucede con determinados medios de comunicación y poderes liberales, pero lo utilizan tergiversado para que nos estanquemos en estructuras sociales determinadas. Escuchamos que la “violencia” es promover acciones sociales organizadas por vecinos que pretenden poder vivir en sus pueblos. Pero no entendemos que “violencia” también son camareras trabajando 14 horas al día con condiciones laborales que ya no son laborales sino que pasan a ser otro tipo de relación entre humanos que también tiene nombre. Escuchamos que unos “radicales” en Charlotesville se creen racialmente superiores y han matado a personas; pero no escuchamos a los medios llamarles “nazis” ni “fascistas”. A las feministas sí que nos encasquetan eso de “nazis”, pero a estas criaturas, no. Así se produce rechazo al feminismo y por ende a la igualdad. Pero a los de Charlotesville no los llaman así. Y no los llaman “nazis”, porque es mejor llamarlos “radicales”, porque así los equiparan a otros que también nombran como “radicales”.

Dicen que son “radicales” los que luchan para defender su puesto de trabajo digno, los que se muestran en contra de organismos como la OTAN, los que defienden el derecho de autodeterminación de un pueblo o los que batallan derechos sociales e igualdad. Los medios de comunicación nos dicen en este caso, que aquellos “radicales” y estos, son lo mismo, “radicales”. Y de ahí, otra palabra, las dos formas de pensamiento son “extremismo”. “Extrema derecha” y “extrema izquierda”. Lo que mola es el “centro”. Así se desprestigia a la izquierda  y a las que exigen progreso y derechos sociales. Y esto de “izquierda”, está aún más devaluado. En su campaña, los del PSOE dicen “somos la izquierda” y, realmente, no lo son.

Más palabras. La “libertad” vale cuando es de mercado, cuando sirve para poder elegir qué teléfono móvil quiero, pero hasta donde digan los EE.UU, que eso sí que es una nación “libre”. “Libre”, pero los buenos colegios y los buenos médicos para las que puedan pagárselos. Hasta España fue “Una, grande y “libre”.

Los países pasan a ser “régimen” en función del petróleo o de las materias primas que posean. Y, por supuesto, teniendo en cuenta las relaciones comerciales que realicen con todo ello. Hay “régimen” cuando el país quiere controlar sus recursos, pero no hay “régimen” cuando los beneficios que se desprenden de esos recursos son para determinadas multinacionales.

Hay que tener cuidado. Nos colaron “hilillos” que no lo eran y casos “aislados” que ya me dirán ustedes el aislamiento que tenían. Nos hablan de “brotes verdes” y de una monarquía “campechana”. Nos dicen que hay personas que son “ilegales” y que “emigran”. No como nosotras que no “emigramos”, sino que trabajamos en otros países en condiciones miserables pero lo que hacemos es “aprender idiomas”.

Piensen en las palabras que oyen. Están intentando cambiarlas y falsearlas. Escuchen los relatos que se plantean desde la publicidad y los grandes medios de comunicación y discutan si son reales analizando cada palabra. En estos momentos es fundamental, porque es en esta forma en la que la estructura económica promueve determinado tipo de sociedades. Y la nuestra, cada vez se parece más a las distopías que se relatan en algunos libros que aún siguen llamándose de “ciencia ficción”. Y es posible que en algún momento, tengamos que dejar de llamarlos así.

Piensen detenidamente en cada palabra. Tengámosles el mismo respeto que debemos tenerle a la Historia, porque en cada palabra hay tiempo. Hasta miles de años, como en las piedras.

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