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Jesus machuca

Fotografía: Jesús Machuca

Nada más llegar, los visitantes se encuentran con una instalación en el suelo, en un solo plano. De entrada, nada llama la atención, pues no vemos más que un suelo gris claro, de   piedra arenisca, marcado cada pocos metros por unas letras ilegibles que se encuentran escritas unas sobre otras. De ahí el nombre de la exposición, que supone una cadencia temporal, la de unas palabras que se escriben sobre otras, a medida que un nombre deja de usarse por el olvido que causa el paso del tiempo, cuando es preciso grabar otro nombre para recordar al nuevo difunto.  No hay objetos, ni cartelas, ni vitrinas, ni peanas, ni discursos. Encontramos muy poco de lo que es habitual en una muestra artística o didáctica.

Palimpsesto es una instalación que puede visitarse en el Palacio de Cristal, en el  Parque del Retiro, en Madrid. Su autora es la artista colombiana Doris Salcedo, premio Velázquez 2010,  que ha montado esta exposición específica para este palacio, como respuesta al encargo hecho hace cinco años por el Museo Nacional Reina Sofía.

En un proceso muy lento que no se advierte hasta que se completa, esas letras ininteligibles superpuestas se rellenan de gotas de agua, y cuando el pequeño cauce cobra forma, leemos de repente uno de los nombres escritos en cada losa. Los nombres pueden leerse hasta que después se desvanecen, cuando se retira el agua, y son reemplazados por un nombre nuevo en el mismo lugar. No están grabados en mármol ni fijados más que confusamente. Tampoco forman una lista correlativa, ni pueden buscarse alfabéticamente ni por ningún criterio de orden. Forman un conjunto disperso de doscientos nombres, que nunca pueden leerse al mismo tiempo,  y cada uno de ellos recuerda a una de las personas que estos últimos años, al morir ahogados en el mar Mediterráneo, han visto frustrado su intento de llegar a Europa.

Los nombres proceden de listas, de asociaciones, de familias y de amigos a los que se en algunos casos se ha entrevistado para obtener un recuerdo. La instalación, entonces, es un monumento, un cenotafio, un lugar de duelo y de memoria donde no se hallan los cuerpos, porque el mar fue más poderoso que la voluntad de llegar, más fuerte que esas vidas. Con esta instalación se trata de preservar su humanidad, y con ella la nuestra, conscientes de que si este lugar no existiera, su recuerdo se borraría mucho antes. Aquí podemos encontrar los nombres de algunas de las víctimas, aunque sea una muestra,  y con este recuerdo individual y colectivo, rendirles tributo.

El agua se convierte en un material fundamental. Leve y pesada, el agua da y quita la vida. Con el agua comienza todo, como ya dijeron los antiguos griegos. El agua provoca la muerte, y el agua, finalmente, al escribir en el suelo los nombres, hace revivir a quienes dio y quitó la vida.

Esta instalación, como toda obra de arte, precisa de una mitad sin la cual no cobrará sentido. Esa mitad que en este caso podría ser aún más imprescindible: el público. Los visitantes siguen unas  reglas de visita más estrictas que en cualquier otra exposición. Por no contar todos los detalles, basta decir que quien vaya podrá comprobarlo. Lo importante es la actitud ante lo que nos encontramos en la sala: la incomprensión inicial, la curiosidad, la búsqueda continua, el estupor, incluso la decepción en el recorrido que realizan individualmente y en conjunto quienes ocupan la sala, que no pueden ser demasiados por las frágiles condiciones de la instalación. El silencio se impone, las conversaciones bajan la voz. Y cada uno, en algún momento, se inclina ante alguno de los nombres, dibujando su recuerdo, imaginando su vida, rememorando a su propia familia, como ocurre en cualquier cementerio, cuya misión será siempre la de hacer presentes a los ausentes y honrar la memoria de los muertos próximos y de la humanidad entera.

La toma de fotos a través de los teléfonos, los selfies, también nos muestra como espectadores y consumidores de cultura frívolos o trascendentes, según se mire. Es inevitable que sea así. Pero cada uno debe responder como sepa ante la imagen que a partir de la experiencia artística, ética y política que entiendo que aquí se pretende, si se da, incorpore a su memoria. En ese momento ya no somos el mismo que entró, seamos o no conscientes del cambio. Quizá sea uno de los motivos por los que estamos seguros de sufrir una experiencia artística de amplio espectro, pues afecta a varias instancias de lo que nos hace humanos.  Esta instalación es capaz de responder a preguntas como ¿el arte contemporáneo tiene algún sentido? O también, dar un ejemplo excepcional de por dónde van algunos derroteros artísticos que, si sabemos ponerlo en su sitio, procede de un país latinoamericano, Colombia, cercano culturalmente a nuestro ámbito, aunque desconocido en muchas de sus facetas.

En España, un país conmovido por los asesinatos de la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración, un país habitual de acogida que los últimos años se estremece puntualmente por los refugiados e inmigrantes muertos de todo el Mediterráneo y por los aparecido en sus playas, en las nuestras, que a veces forman parte del mismo lugar donde se pasan las vacaciones. En España, un país solidario con las víctimas de catástrofes de otros países, donde habitualmente se ignora que pisamos los huesos de miles de enterrados incluso en las fosas de los cementerios de algunas capitales. Donde lloramos por los muertos ajenos y lejanos, sin querer saber nada de los nuestros, que no han podido llegar a sus familias, ni de los campos de concentración que también tuvimos. Palimpsesto es arte y es un lugar de memoria en un país donde apenas existen emplazamientos para recordar a los muertos que sufrieron persecución de todo tipo y sufrieron la violencia en vida. Creo que el impacto de esta instalación puede llamar a abrir hitos nuevos en el ámbito de la creación y quizás, también, en otros ámbitos..

En palabras de Doris Salcedo, “El duelo es necesario para reconocer que todos somos iguales. Que todos somos humanos”. “La obra intenta hacer el duelo. El Palacio de Cristal queda marcado como un lugar de memoria”. Y así quedará mientras alguien lo recuerde.

Palimpsesto. Doris Salcedo.

Palacio de Cristal. Parque del Retiro. Madrid.

A cargo del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Hasta el 1 de abril de 2018. Cerrado los días de lluvia.

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