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A porlan
Fotografía: Jesús Machuca

Querido Ólafur:

El crucero está resultando todo un éxito. Ayer atracamos en el puerto de Cádiz, frente a las costas africanas. Era un día muy luminoso, con una temperatura de 18 ºC  (¡en febrero!). Después del desayuno leímos la guía y nos enteramos de que Cádiz es la ciudad atlántica más antigua, fundada hace más de tres mil años, o sea, unos 20 siglos antes de que los noruegos llegasen a Islandia. Eso animó a Helgi (ya conoces su debilidad por las cosas antiguas) quien, a pesar de su reúma, pensó que sería interesante conocer la ciudad. Así que cogió su baston y bajamos al muelle.

Llegamos a una plaza grande, con palmeras, el suelo a rayas y un edificio lleno de banderas. Nos sentamos en una terraza a tomar el sol y pedimos dos infusiones de kamilla, pero antes tuve que buscar en el diccionario de español su extraño nombre: mantanilia. El camarero nos preguntó algo que no entendimos, así que le hice un gesto vago con la mano y poco después volvió con dos copas llenas de una cosa sorprendente, mi querido Ólafur. Se parece a nuestra kamilla en su color, pero aquí la beben fría (debe de ser por el clima, claro) y en copas de cristal alargadas. La probamos y nos gustó mucho a los dos. Tenía un saborcillo ligeramente ácido, pero era más estimulante que la nuestra. Como nos supo a poco, pedimos otras dos y después otras dos. El sol calentaba, la plaza empezaba a llenarse de gente y por algún motivo se nos contagió la animación, de modo que echamos a andar por aquellas callejuelas. La gente aquí habla muy alto y se escucha a menudo una exclamación (¡phissha!) que a veces entonan con alegría y otras con enfado. Las mujeres, en cambio, utilizan una expresión misteriosa que suena como si estuvieran pidiendo silencio reiteradamente.

Al doblar una esquina vimos un extraño espectáculo: en la puerta de un bar (que abundan más que las saunas en Islandia), unos clérigos jóvenes bebían grandes jarras de cerveza entre risotadas. Debían de pertenecer a la misma congregación, porque llevaban dos marcas rojas redondeadas en las mejillas. Aunque la escena –impensable en Reijkiavick– nos pareció escandalosa, venció al fin la curiosidad, así que entramos y pedimos dos mantanilias. Pero como sirven infusiones tan escasas, esta vez las pedí dobles. A poco entraron cuatro militares de pintorescos uniformes, a los que acompañaban dos monjas de la misma congregación que los clérigos –pues tambien ellas lucían círculos rojos en las mejillas– las cuales saludaron efusivamente a los religiosos. Una de ellas le dio un apasionado beso en la boca al más alto.

Helgi y yo nos miramos asombrados: siempre nos habían hablado del recato de los clérigos católicos. Entonces fue cuando la sagaz Helgi comprendió lo que pasaba: ¡Kjötkveðjuhátíð! Claro, esa era la explicación: la ciudad celebraba su carnaval. Al caer en la cuenta nos dio un ataque de risa, y de pronto vimos que los del bar nos miraban… y reían también. Decidí que, como forasteros, debíamos invitar a los presentes, y me hice entender para encargar una ronda, incluyendo unas mantanilias dobles para nosotros dos.

En nuestra isla deberíamos probar a tomar fría la kamilla, Ólafur. Aquí la venden embotellada bajo el patrocinio de un santo, Sankt Lúkarr, y es otra cosa. Desde luego, esta gente es muy distinta de nosotros, pero da gusto estar entre ellos aunque no entiendas una palabra de lo que dicen. Son muy expansivos; se ríen de todo y se toquetean constantemente unos a otros. Los sacerdotes nos invitaron a comer y, cuando les dije mi nombre, celebraron mucho que me llamase Paavo. En su corto inglés me dijeron algo así como que nunca habían comido con un Paavo que no estuviese encima de la mesa, de modo que entendí que debía subirme a la mesa como muestra de cortesía. ¡Y cómo se rieron, amigo! Pero cuando llamaron Paava a Helgi y ella, dejando a un lado su timidez, se subió también a la mesa, fue el colmo. Entonces, sin duda como homenaje a su desenfado, empezaron a cantar y a batir palmas. Uno de ellos me ofreció unos pequeños frutos rojos de viscosa superficie mientras los demás espolvoreaban a Helgi con azúcar y canela, y le metían en los bolsillos unas misteriosas semillas negras como pequeños clavos, que trajo el cocinero. En el fondo –pensábamos Helgi y yo– qué africanos son las gentes del sur en sus ceremonias.

A partir de entonces empiezo a confundir un poco las cosas. Sé que fuimos a una casa y que Helgi subió animadísima los dos primeros pisos, pero al llegar al tercero se desplomó. Y luego caí yo. Dormimos hasta la noche, cuando los amigos clérigos nos despertaron para cenar un extravagante menú compuesto de caracolas marinas, omelettes muy finas adornadas de crustáceos minúsculos y una gran fuente de carnes y embutidos mezclados, digna de una mesa vikinga. La llaman prinkà.

Cuando volvimos a la calle, los amigos nos habían pintado los círculos rojos en la cara. Helgi, que es piel tan blanca, parecía dos banderas japonesas juntas por la nariz. Pasaba de media noche y vi 12ºC en un termómetro ¿qué te parece? De pronto, nuestros clérigos se detuvieron en un portal y empezaron a cantar con ayuda de unas extrañas flautas de madera. La gente se arremolinó alrededor, sonriente, y de vez en cuando soltaban tremendas carcajadas que nos hacían lamentar no saber una palabra del idioma, excepto nuestra querida mantanilia. Los oyentes parecían muy satisfechos, aunque nos llamó la atención que nadie pagase por aquella actuación tan satisfactoria. Estarás de acuerdo en que eso es lo más incomprensible de todo: nuestros amigos actuaban gratis, y sin duda les había costado mucho trabajo y dinero preparar su actuación. Pero se daban por contentos con las ovaciones y risas de los espectadores.

En fin, mi buen Ólafur, aquello se repitió varias veces a lo largo de la noche. Afortunadamente, mientras los clérigos trasegaban cantidades ingentes de bebidas alcohólicas (hasta me pareció oler alguna eiturlyf), Helgi y yo nos refugiamos en la mantanilia. A pesar de ello, quizás a consecuencia de tanta novedad, recuerdo que a eso de las tres de la mañana estábamos arrodillados frente a frente en el suelo, preguntándonos a gritos quiénes éramos.

Esta mañana, los motores del barco nos han despertado a las 11,30. Yo llevaba puesto un morrión romano y Helgi iba de charlestón. Quién sabe dónde habrá ido a parar su bastón, pero no lo ha echado en falta, porque se ha levantado como nueva. Después de ducharnos subimos a cubierta para despedir en el horizonte a esa extraña ciudad en la que no entendimos nada, aunque tampoco nos hizo falta. Quizá porque de alguna manera lo entendimos todo.

Es una lástima irnos tan pronto, pero el capitán asegura que nuestra siguiente escala también es muy divertida. Me parece que se llama Almería, y espero que tengan mantanilia. Tu amigo,

Paavo.

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