Tiempo de lectura 💬 5 minutos

Luis lázaro

Ilustración: pedripol

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el plagio, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en ella sin fatiga alguna, sino porque entonces  plagiaban  los que sabían, en vez de  los más torpes *.

Cuando  Picasso  dijo que “los grandes artistas copian y los genios roban”, omitió deliberadamente que, en el caso de los genios,  la reinterpretación transformaba de tal manera el original que el supuesto plagio era absolutamente indetectable y daba lugar a una obra maestra original sin dejar la más mínima sombra de sospecha. El catedrático Manuel Ángel Conejero, traductor de Shakespeare, actor, dramaturgo y presidente de la Fundación Shakespeare de España, aseguraba  que el bardo de Stratford plagiaba a  Petrarca, Montaigne, Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, pero concluía con una sentencia absolutoria: «Eso sí, el producto de sus plagios y textos de dudosa procedencia está lleno de maravillas”.

El plagio nos ha dado grandes momentos. Un personaje  de “Amanece,  que no es poco”, de José Luis Cuerda,  plagió Luz de Agosto de Faulkner y acabó en el  cuartelillo de la benemérita frente al cabo Gutiérrez,  el gran Sazatornil, en una de las escenas más delirantes  del cine español: «¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?».

Pero no en todos los casos se copia con tanto ingenio como en  los ejemplos anteriores, ni mucho menos. Lo que predomina es el plagio grosero, la impostura, la apropiación indebida del talento ajeno. Sin ir más lejos,  el hijo de un conocido historiador, y sin embargo patrono de la Fundación Francisco Franco, presuntamente plagió todo lo que se le puso  a tiro, y quién sabe si gracias a eso y a sus  excelentes relaciones con lo más selecto de la derecha madrileña consiguió llegar a Rector Magnífico de la Universidad Rey Juan Carlos.

Dicen que Fernando Suárez fusiló artículos enteros, tesis doctorales, al presidente de la Real Academia de la Historia, a colegas de otras universidades, a alumnos y hasta a su propio padre. No es broma.  Según la prensa y los testimonios de algunos de los afectados, calcó literalmente 43 de las 45 páginas de su artículo para el libro “Las Cortes y la Constitución de Cádiz. 200 años”, incluyendo erratas. El rector dice que no ha hecho nada irregular,  que tan solo se trata de  “disfunciones” porque él  es un ser humano y, como todo el mundo sabe,  a los seres humanos les suelen pasar estas cosas. No está solo, tiene grandes defensores en la prensa conservadora, como Francisco Marhuenda que casualmente imparte clases en la misma universidad. Además, el Gobierno de Cristina Cifuentes no parece dispuesto a pedirle explicaciones y todo el Grupo Popular en la Asamblea de Madrid ha votado en bloque contra la propuesta de comparecencia  exigida por el resto de los grupos. Es uno de los suyos y no le van a dar un disgusto. Después de lo de Rita Barberá tienen la excusa perfecta, no se arriesgarán a  asumir otro accidente cardiovascular.

Cosas de poca importancia al fin y al cabo,  comparadas con el fenómeno estelar de los últimos tiempos. Entre todos los casos recientes de plagio  hay uno que destaca sobre todos los demás por su ética, por su estética y, muy especialmente porque, bien explotado, puede relanzar exponencialmente el prestigio de la marca España: Un personaje que ha adoptado los modales y las hechuras de Jesús Gil, las corbatas y el tupé de Luis Aguilé, el  tinte de Teófila Martínez y la habilidad de Mariano Rajoy para formar gobiernos nombrando para cada área a los tipos menos recomendables: Donald Trump. Por fin somos tomados como ejemplo por alguien de relevancia mundial. Nada menos que el presidente electo de los Estados Unidos.

Si Rajoy nombró ministro de Medio Ambiente a un señor relacionado con empresas  de “bunkering”, un negocio altamente contaminante de suministro de combustibles a buques en aguas del Estrecho, Trump ha hecho exactamente lo mismo poniendo  al fiscal general de Oklahoma, Scott Pruitt, al mando de la  Agencia de Protección Ambiental (EPA). Todo un destroyer, militante del negacionismo del cambio climático, se ha pasado los últimos años combatiendo junto a las compañías petroleras las políticas de medio ambiente impulsadas por Obama desde el departamento que ahora tendrá que dirigir.

Cuando Rajoy nombró a Ana Mato ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, lo hizo con la misma intención que inspiró a Trump al designar como  Secretario de Salud a Tom Price, enemigo declarado de la salud pública y radicalmente contrario al “Obamacare”: degradar la sanidad pública en beneficio de los intereses privados.

Si Rajoy nombró  ministra de Empleo y Seguridad Social a Fátima Báñez con el encargo de ejecutar una reforma laboral que lamina los derechos laborales y sociales, Trump ha hecho lo propio  designando a Andrew Puzder secretario de Trabajo. Puzder es el dueño de CKE, una cadena de restaurantes de comida basura, opuesto frontalmente al incremento del salario mínimo y ferviente partidario de sustituir a los humanos por máquinas, porque “son más amables y no se van de vacaciones”.

Mucho antes de que Trump amenazara con la construcción de un muro en la frontera con México, Rajoy ya había situado a Jorge Fernández Díaz, el brazo santo de la ley, como guardián de la frontera sur. 15 inmigrantes murieron en febrero de 2014  mientras intentaban alcanzar a nado la playa del Tarajal en Ceuta, la mayoría de ellos presentaba impactos de balas de goma. Toda una heroicidad que deja en mantillas las ideas sobre inmigración del presidente electo de los  EEUU.

Lo mismo ocurre con el resto de áreas de gobierno. Quien asegura que su lectura preferida es el diario Marca o  recomienda en Twitter una exposición sobre “José Luis Borges” solo nombra ministro de educación y cultura a alguien como Wert porque desprecia profundamente la cultura y su intención es desmontar el sistema de educación pública de su país. Exactamente eso es lo que persigue Trump con el nombramiento de Betsy DeVos como Secretaria de Educación. DeVos considera a las asociaciones de profesores «un formidable enemigo», como lo fue la Marea Verde para Wert y Gomendio,  y es firme partidaria de destinar fondos públicos para que los padres lleven  a sus hijos a escuelas privadas o religiosas. La National Education Association dijo al conocer el nombramiento  de DeVos  que «ha trabajado más para socavar la educación pública que por los estudiantes». Un calco de lo que hemos padecido en España mucho antes de que Trump descubriera los encantos del marianismo antisistema.

Da la impresión de que este tipo, al igual que  el rector Suárez,  en la formación de su gobierno está plagiando hasta las erratas de Rajoy. Alguno en el Consejo de Ministros pensará que no lo estaremos haciendo tan mal cuando nos imitan  hasta los americanos. Es lo que tiene esta nuestra edad de hierro, donde cualquiera copia a un  cualquiera. Cosas veredes.

Valora este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *