Tiempo de lectura ⏰ 6 minutitos de ná
Pepe maestro
Fotografía: Jesús Massó

Al final se mezcló todo. No sé si alguien lo vió venir pero de algo estoy seguro: nos avisaba. Con lentitud, pero nos avisaba.

Fueron semanas, meses, hasta años los que tuvimos para verlo.

Ahora, a río pasado, es fácil decir que se sabía y tal y tal.

Concebirlo nadie lo concibió, que aquello salió solo.

Las calles tan apretadas como iban y nadie sin salirse cuando aún se podía. ¡Una locura! Porque si se llega a saber, más de uno se hubiese largado y hubiese desinflado en algo las filas. Pero nadie lo hizo. Y las calles venga a incorporar gente, amontonándose, abigarrándose. Que la propia palabra lo dice, juntándolo todo sin guardar orden. Al final, lo único que nos unía era un codo en la boca, una axila mal puesta en tu costado, una entrepierna caída…

¡Parecíamos un río y, a la vez, la nave de los locos!

La mezcla gorda se produjo de manera curiosa. Maligna pero curiosa.

Las calles se habían calentando en los últimos años. Al principio, era como por bandos. Separados. Tú por aquí y yo por allá. Pero algo tendría que ver quién ocupaba más sitio. Ninguno decía que compitiera con el otro. Pero se hacía.

Uno de ellos tomaba un día y el otro el siguiente. Así, hasta que se ocuparon todos los días. Al no quedar ninguno libre, y como la cosa no se cejaba, vino lo de amontonarse los unos contra los otros. Se acaparaba todo lo que se podía. Y no ya los días, que se habían agotado, sino sus trozos, que hasta las horas y minutos se pedían y se contaban. Aquello ya había tomado la carrera de la locura.

No había calle sin novena ni esquina sin romancero. Ya era siempre estar en la calle y nadie se volvía a su casa. Y cada vez más gente. Llegando. Desde todas partes. Sin cesar. Y mira que Cádiz es chico, pues más se entraba y se cabía.

Cuando nos reíamos, y de  eso hace tiempo, recuerdo que el chiste era llamarnos el Serengeti. Los ñus apretados para cruzar por el río infectado de cocodrilos. Que la mayoría se lanzan sin ver lo que hay. Tan solo porque tienen que hacerlo y los demás ya lo están haciendo.

Los que nacímos aquí, y solamente al principio, lo teníamos más fácil. Sabíamos los atajos y, casi siempre, aunque el rodeo fuera grande, nos las apañábamos para escapar de algún modo.

El problema gordo lo tenían los visitantes. ¡Atascados! ¡Siempre atascados! Te pedían ayuda y se la proporcionabas… hasta un límite. Porque lo que no era normal era quedarte tú también allí, varado por tener que explicarle todos los vericuetos, las posibles salidas, los túneles de escape. ¡Además, nada te garantizaba el éxito!

Todo se recomponía por momentos y había que estar estudiando la situación una y otra vez. ¿Tú como le explicabas a la gachí o el gachó que después de escucharte treinta o cuarenta minutos, de señalarle en el plano las alternativas, que todo eso no servía ya para nada, que las calles habían cambiado otra vez, y que las salidas, ahora, estaban por otra parte?

¡Que se las apañasen como pudiesen! ¡Era inevitable! Para eso estaban las aplicaciones, las guías de ayuda (como las vendían) y que acababan desinstalándose porque te quemaban el móvil con tanta actualización inservible.

Aquello -ya digo- era de locos…

Aunque si uno lo piensa ahora, sucedió lo que tenía que suceder.

Era un locura pero nos avisaba.

Había que estar allí viviéndolo y sin entender nada.

Quizás, los primeros que supieron lo que se nos venía encima fueron los que intentaban llevar para delante los dos bandos. Vale que también les fue en eso de adelantarse a la locura. Como ya no les daba tiempo ni podían estar en un lado y en el otro, se les veía la mezcla, cómo les sobresalía el tipo debajo del uniforme de la banda o al revés, el traje de chaqueta con aquellos listones rojos asomando por el disfraz de Mary Poopins. Y a veces, ya confundidos, ¡hasta metían un cuplecito en la letanía!

Muchos, me consta, comenzaron a despedirse de su familia. Les decían:

-Tengo que bajar a la calle. Puede que vuelva en otoño.

Y es que todo resultaba cada vez más impredecible.

Y entonces, un día, ¡¡PUM!!, la mezcla a golpe, que lo precipitó todo. Era como haber llegado al punto de ebullición. Y sin nadie que apagase el hervor.

Fue la luz quién lo cambió o, mejor dicho, lo fundió hasta disolverlo.

No era solar. Era otra cosa.

Como si fuese un platillo volante de las películas pero sin marcianos.

Y descendía lentamente con tanta virulencia, tanta potencia los haces, que al final, la luz más que iluminar nos cegó por completo y ninguno veíamos sino aquello que nos cubría.

Las procesiones se detuvieron porque no había espacio ni manera de conducirlas. Las penitencias se quedaron colgadas entre coro y coro. Solamente se oía algún romancero o alguna banda lejana, pero cada vez más bajito, como si al estar cegados, les diera cosa tocar con más fuerza.

Y luego, cuando la luz ya se dispersó, parecía que seguíamos ciegos porque ya nadie daba crédito a lo que ahora veíamos. Todo se había mezclado.

Ibas a escuchar a las Talegueras y allí estaba la virgen de la Melancolía. Alzabas la vista hacia el paso y la del Perchero cantaba bajo la cruz. Si había latín, era a ritmo de tres por cuatro. Y la gente lo mismo soltaba un laude que un amén después del cuplé.

Ahora, después de haber visto tanto cristo en la batea, uno no se asombra. Pero entonces, nadie entendía nada.

Y la gente llegando, sin cesar. Cada vez más gente en las calles.

Hasta que llegó un momento en que ya no se veía otra cosa: gente, gente, gente.

Los que andábamos en la riada avisábamos a los que se asomaban por los balcones y ventanas. Unos pocos quedaban que no entendían lo que se les gritaba. Y era por protegerlos. Se creían que tenían que bajar porque todos estábamos allí en la calle. Lo mismo que los ñus. Y nada más salir de sus casas, la riada se los comía y ya no podían regresar.

Recuerdo una vez, hace ya mucho, en plena vorágine, me encontré con un amigo asomado al balcón. Era Paquito el Empalmao, que le llamábamos así por ser electricista. Le grité: ¡No bajes, No bajes! Aunque no te quede nada en casa, no bajes. ¡Comete los enchufes si es preciso! ¡Que esto es peor! ¡No bajes!

No sé si me entendió, pero ambos nos despedimos con lágrimas en los ojos. Creo que el pobrecito ya lo tenía decidido.

Ahora la riada ya no hay quien la pare y sigue aumentado de modo continuo.

Y la verdad, uno ya no sabe de qué se nutre. Los puentes y la salida de San Fernando se colapsaron hace años y la bahía parece un cementerio de autobuses ahogados.

¿De dónde sale la gente? Es como si la propia riada la generara. Como si fuese un  magma hirviendo y dando vueltas sobre sí misma.

Se escuchan cosas. ¿Cómo no vas a escucharlas? Pero a ninguna le doy crédito.

Antes se decía que habían levantado un muro para que no viniese más gente.

También que un tercer puente nos desatascaría.

Todo mentiras. Pero a algo hay que agarrarse.

Lo de dormir es curioso y, con suerte, puedes liberarte un poco.

Como la gente está tan apretá es imposible caerse. Comienzas soñando en una calle y al despertar uno no sabe dónde se encuentra. Es difícil reconocer cada cosa y todo parece ya lo mismo.

Y lo de comer…, lo de comer es diferente.

Hubo una época en que nos sobrevolaban las avionetas y nos arrojaban, lo mismo que cuando las pelotas de nivea, algo de comida en paracaídas.

Una vez hasta nos cruzó una avioneta contra incendios. En vez de agua, llevaba papas. Papitas chicas y sin aliñar que las iba soltando. ¡Y suerte si alguna se te estrellaba en la cabeza! que, aunque doliera, luego, se rebañaba algo.

Ahora, ni eso. Nos comemos el tiempo que nos quede.

Algunos, los que van de filósofos, después de mantener su rostro apretado contra el tuyo toda una noche, te quieren entretener con la pregunta: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí?

-La mayoría somos público- les contesto- pero ya no sé qué estamos viendo. Aquí nada más que hay gente, gente, gente por tos lados.

Luego, cuando les veo desfallecer, les pido que resistan, que se acomoden. Me miran implorantes y con más extrañeza si cabe.

Llevo tres días en Feduchy y algo gordo debe haber por el Palillero. De vez en cuando se sienten los coletazos, que aquí somos todos uno y lo mismo. Nos recorre un calambre, como si alguien metiera los dedos en corriente y nos la traspasara a todos.

Con todo lo que te llevo contado, también, a veces, se produce el milagro.

Por mucho que nos incrustemos los esqueletos unos con otros y lo único que se oiga es el lamento, los gemidos, los jadeos continuos, a veces, se produce el silencio. Y es la riada entera que calla, desde la Viña hasta Puntales.

Y entonces, sí. Se escucha.

¡Como ahora! ¿Oyes aquello?

¡Son las maniquetas del Pedro Pablo y el Selu! Esos dos curas con coloretes. ¡Infatigables! A mí me recuerdan a los de Filipinas. ¡Los pobres…! ¡No llevan años así y sin poder bajarse del paso!

¡Y dale con los espasmos y las toses asfixiantes!

¡SEÑOREEEEES…..AMOAESCUCHÁA!

Rate this post
Banner horizontal

Banner pedropablo pre

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.