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Jaime pastor

Fotografía: Jesús Massó

“Pocas veces habíamos sido tan libres de repensar la realidad; en cambio, pocas veces hemos estado tan amenazados por la capacidad de un sistema para imponer tan impunemente verdades uniformadoras”

M. Vázquez Montalbán

La filosofía, como es sabido, no escapó —al igual que otros muchos grandes relatos— a la acción de la piqueta deconstructiva puesta en marcha por aquél fenómeno cultural que conocemos con el nombre de posmodernismo. Cierto es que, en el caso de la filosofía, existió siempre, se dirá, una tradicional y persistente actividad autocrítica referida incluso al análisis y/o cuestionamiento de los fundamentos, los métodos y la razón de ser misma de esta disciplina. Y posiblemente de ahí, de ese proceso continuo de revisión y recreación, haya extraído la filosofía su voluntad de permanencia en el tiempo a pesar de todo; y hasta su eventual utilidad —siquiera sea balsámica o terapéutica— en un mundo, el nuestro, ampliamente generador de subjetividades dañadas.

Pero no sería conveniente ignorar la excesiva benevolencia, e incluso la autocomplacencia, de esa autocrítica ejercida por la filosofía sobre sí misma. Crítica históricamente reducida más a menudo de lo deseable a un obstinado, obsesivo y poco razonable intento por salvar (y ser salvados por) la Razón, ese talismán intocable al que se ha querido siempre escribir con mayestática mayúscula. Algo similar ha solido ocurrir con los intentos de encontrar la mejor definición del término filosofía. Con toda seguridad nos perderíamos y posiblemente no llegaríamos a lugar alguno de interés (como de hecho ha ocurrido con frecuencia a quienes gustan solazarse en el somero y especializado cultivo de los preámbulos) si pretendiésemos aquí y ahora dilucidar qué podemos entender, hoy, por filosofía. Sólo apuntar que, precisamente, la sobreabundancia y sofisticación de requisitos, reglas, principios, métodos, terminología, formalidades, condiciones…, han actuado a menudo como enjaulamiento de la filosofía; tanto es así que gran parte de quienes se adentran en el quehacer filosófico con esta particular impedimenta suelen acabar confundiendo la realidad (…) con lo que ocurre dentro de sus cabezas.  

De ahí que a lo largo de estas líneas me haya parecido conveniente eludir en lo posible la utilización de términos fuertes (como Razón, Verdad, Lógica…) de honda raigambre sin embargo en el ámbito filosófico occidental, pero que, en expresión del filósofo Isidoro Reguera, “hoy esas palabras heredadas ya no crean necesariamente sentido”. O como afirmaba Edgar Morin respecto al pensamiento generado bajo la tiranía de la Razón: “…el conocimiento que se cree racional, de hecho está sostenido por mitos ocultos”. En efecto, no ya sólo la razón, sino las racionalizaciones, han solido constituir espejismos deformadores que disminuyen las posibilidades de alcanzar un conocimiento siquiera sea aproximado, razonable, de muchas realidades.

Dejo para otra ocasión considerar desde esta óptica el ecosistema civilizatorio y cultural de la Modernidad, periodo supuestamente iluminado por la Razón, pero en realidad potente generador de mitos deformadores que aún hoy permanecen actuando con resultados nocivos en ciertos grandes planteamientos pretendidamente filosóficos, con voluntad totalizadora y destino en lo universal… bajo la etiqueta de “gran filosofía”.

En consecuencia, creo que podrá bastar, a los efectos que persiguen estas líneas, con considerar la filosofía como una actividad intelectual, más o menos sometida (lo indispensable) a reglas, con pretensiones cognitivas y con un fondo eminentemente interrogador. Dicho así —simple y provisionalmente— parece fácil y claro acordar una idea sobre qué sea eso que denominamos filosofía. Pero conste que, filosóficamente hablando, pocas cosas existentes (y/o no existentes) resultan ser fáciles,  claras o evidentes. En el abismo filosófico, igual que en la superficie de la vida cotidiana (¡que no pase desapercibido el bucle, la conexión!) casi nada es lo que parece. Baste considerar el galimatías en el que va convirtiéndose en nuestros contextos culturales, inmersos en el éxtasis cibernético, eso que podríamos llamar actividad dialógica, crucial en filosofía (y en democracia). Suele confundirse pluralidad de ideas con inflación desaforada de mensajes mayoritariamente banales, desconectados, fugaces, repetitivos y tendenciosos (virales, podríamos decir con lenguaje más actualizado). Un magma incontrolable e indiscernible que cae en forma de aplastante catarata sobre una ciudadanía inerme ante un fenómeno de tal envergadura y complicación. Finalmente, y dado el carácter invasivo, pandémico (ya digo: viral) de tales determinantes socioculturales, cada cual se convierte, más o menos conscientemente de ello, en eficiente y servil eslabón de una cadena que transmite y reproduce este estado de cosas a través de WhatsApp, Twitter, Facebook… (¡qué lejos queda aquella distinción entre apocalípticos e integrados…!).

Por otra parte, si hubiera que elegir una característica esencial, imprescindible, de la filosofía (del pensamiento filosófico deseable, para entendernos), esa sería su radicalismo. Sí, digo bien: radicalismo; es decir la tendencia irrenunciable a dirigir la mirada a las raíces de todo aquello que la filosofía decide considerar como su objeto de conocimiento. Mientras el pensamiento no llegue al hueso, al núcleo, a la raíz de los temas y asuntos, conviene reconocer honradamente la provisionalidad de sus resultados. Por ello, toda afirmación filosófica, todo conocimiento pretendidamente acertado, o supuestamente verdadero, requiere de “notas a pié de página” que actúen como balizas indicadoras de que estamos ante  una inmersión en curso

Pero quizás lo más significativo, en línea con lo que estamos considerando, sea hablar del ecosistema de la filosofía. Porque si consideramos que la filosofía es (o debería ser) una actividad viva, resulta imprescindible no pasar por alto (consciente o inconscientemente) el hecho de que su desenvolvimiento tiene lugar ineluctablemente dentro de un ecosistema. Y así, como todo organismo vivo, la filosofía es muy sensible tanto a las presiones inhibitorias del entorno como a los factores que favorecen su evolución y desarrollo: la filosofía se encoge y hasta desaparece en un ecosistema cultural donde predomina el autoritarismo, la falta de libertad, las presiones uniformadoras, la trivialización intelectual… En cambio, en un contexto de libertad, de democracia (auténtica), de  pluralidad de ideas, de gusto por el diálogo sosegado y de altura, que posibilite un grado mínimo imprescindible de saludable transgresión…, la filosofía, el pensamiento fértil, puede florecer y generar amplios efectos benéficos a la sociedad en la que se desarrolla.

Estas consideraciones nos llevan a la cuestión crucial sobre la que giran estas líneas, y que queda enunciada en el título de este artículo: ¿Es posible hoy (y para qué) la filosofía? Aunque supuestamente diluido ya el mítico sujeto autónomo y racional en la existencia líquida estudiada por Zaugman, o, expresado más gráficamente, reducido ya a “rebanadas de cerebros y depósito de genes manipulados a voluntad de los propietarios del mundo” (Amador Fernández Savater), no parece ocioso preguntarse por la oportunidad y conveniencia de revisitar una filosofía —remasterizada o de nuevo cuño— capaz de identificar y denunciar las incongruencias y maldades de una época, la actual, que insiste en presentarse como la mejor habida… Una época, como otras de infausto recuerdo, en la que “apenas hay nadie que siga los pasos del pensamiento, a excepción de sus perseguidores…” (Horkheimer).

Me parece importante insistir en que la posibilidad o imposibilidad de la filosofía, hoy, depende en gran medida de las características y condiciones que prevalecen en el entorno cultural hegemónico de nuestro tiempo. Ya me he referido al hecho de que la filosofía necesariamente se desenvuelve en un ecosistema (cultural). Y en este sentido, es evidente que el ecosistema cultural existente en nuestros días resulta ser el más adverso para la práctica de la filosofía… como práctica social. Otra cosa, valiosa también por supuesto, es el trabajo reflexivo individual, o en equipos especializados, que en determinados entornos sí es posible llevar a cabo con cierta efectividad (nunca la suficiente si se realiza en desconexión con el pulso de la calle, dicho así coloquialmente). Pero creo que lo que se echa en falta es un pensamiento practicado colectivamente, socialmente. Por lo general, y debido quizás a nefastas influencias cosificadoras, cuando hablamos de socializar bienes comunes pensamos sólo en bienes tangibles (empresas, suelos, servicios…), pero nos olvidamos de la necesidad de socializar el pensamiento, la filosofía en este caso.

Alguien tan poco sospechoso de pretender alterar el orden establecido como es el sociólogo Anthony Giddens, hacía ver la necesidad de incrementar la “capacidad social de reflexión”. No se trata de subestimar la importancia y hasta la necesidad del pensador solitario que genera conocimiento y luego lo “vuelca” (en el sentido informático) de alguna manera en una sociedad escasamente receptiva a según qué mensajes. Pero de entre los retos fundamentales de una filosofía deseable es precisamente el empeño serio por sustentar una acción común liberadora. Liberadora al menos respecto de las fuerzas sociales alienantes, de las presiones uniformadoras, de la omnipresente tendencia a la banalización de todo; liberadora de esas llamadas desde el poder que apelan (jugando con el miedo) al “sentido común”, y que no suelen ser otra cosa que una “invitación” a la reducción de toda expectativa que no se ajusta al marco de lo establecido… En definitiva, liberación de todo aquello que disuade e impide el análisis en profundidad y la mirada crítica radical sobre las realidades humanas que más nos afectan. Puede que existan otros, pero este para qué de la filosofía me parece hoy de lo más urgente y necesario. Los mentores de la Gran Filosofía (¡ay, las mayúsculas!) calificarán esta tarea como propia de un pensamiento débil. El trato intelectual directo con las realidades mundanas (la inmanencia, en lenguaje críptico) no suele gustar a quienes decíamos que identifican La Realidad con lo que ocurre dentro de sus cabezas.

Y como corolario de todo lo anterior, surge la necesidad insoslayable de una educación filosófica. En el ámbito de la enseñanza, la filosofía ha ido en progresivo retroceso debido al desapego de unos políticos burocratizados hacia todo lo que signifique pensamiento en profundidad. Una sociedad distraída e hiperpragmatizada ha venido ayudando en este proceso. Todavía, de manera abrupta, residual y precipitada (¡lo importante es, o ha sido hasta ahora, aprobar la selectividad!) se pronuncian en las aulas preuniversitarias los nombres destacados de la historia de la filosofía. El voluntarismo y el buen hacer profesional del profesorado que aún imparte filosofía en las aulas preuniversitarias (que no el sistema educativo) salva como puede una situación delirante: unos chicos y chicas que abordan el estudio de los grandes filósofos sin haber adquirido ni haber experimentado antes una noción medianamente clara, consciente y contextualizada, de lo que es, por decir algo, un razonamiento, una tautología, un silogismo, una contradicción, una inferencia… y tantas destrezas de pensamiento básicas y fundamentales para la práctica de, precisamente, un pensamiento crítico. Eso en cuanto a la práctica reflexiva: no digamos nada del papel esperpéntico que el sistema ha reservado a la enseñanza de los conceptos y las cuestiones morales y éticas (la filosofía práctica, para entendernos).

El resultado de todo este cúmulo de despropósitos anti-pedagógicos es que los niños y niñas de los niveles iniciales de la enseñanza se desarrollan huérfanos de educación filosófica, y no será por la inexistencia de programas específicos (los hay variados y buenos) de filosofía para niños. Igualmente, el descafeinado primero y el destierro de las aulas después, ya perpetrado, de aquella Educación para la ciudadanía, está acentuando el analfabetismo escolar y académico respecto a lo que, por otra parte, cínicamente, se dice que es la característica de nuestra época: el conocimiento. Esta concepción de la educación y de la enseñanza hace abrigar la sospecha fundada de que el objetivo, tácito o explícito, de este mutilado sistema educativo que padecemos es la producción de una ciudadanía lábil, adocenada y sin “complicaciones”.

Por todo lo dicho, tal vez no vendría mal, como ejercicio de resistencia y como rebelión ante tanta uniformidad y conformismo, un mínimo de conciencia alterada… no por el alcohol esta vez, ni por otras drogas (mejor no), ni por lenitivos de factura neoliberal…, sino por el pathos del desear a toda costa saber… ¿No era eso la filosofía?

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