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L mingorance
Fotografía: Jesús Massó

“Ni machismo ni feminismo, igualdad”, “es cuestión de personas”… Seguro que os suenan estas frases hechas. De alguna manera explican el eterno debate sobre la conveniencia de usar el término feminismo o sustituirlo por igualdad. Al inicio de Podemos algunas compañeras planteaban este cuestión donde, con sus matices, había dos posiciones iniciales .

La primera venía a plantear que el término feminismo genera rechazo entre muchas personas ya que con frecuencia se asocia a lo contrario de machismo. Que sugería algo así como esa frase que circula por redes y dice: “os da el miedo el feminismo porque creéis que vamos a hacer con vosotros lo que habéis hecho con nosotras”. Quienes estaban en esta posición pensaban que había que usar el término igualdad porque era el ampliamente aceptado aunque lo reivindicasen mujeres como Le Pen, Hillary Clinton o Cristina Cifuentes. Para ellas la tarea era dotarlo de contenido y disputarlo.

La otra posición con la cuál me identifico, planteaba que si bien el término feminismo podía combinarse con otros, incluido igualdad, no debíamos renunciar a él porque tenía una profundidad del que este último carecía. Cifuentes siempre se sentirá más cómoda hablando de igualdad aunque a veces use la palabra feminismo. De algún modo, feminismo expresa el conflicto porque es una lucha para conseguir los derechos de las mujeres y eso supone enfrentar a la estructura patriarcal y, por consiguiente, los privilegios de los hombres. Por supuesto, entendiendo que hombres y mujeres no son sujetos homogéneos y por lo tanto sufren privilegios en el caso de los primeros y opresiones en el caso de las segundas diferentes y en distinto grado en función de su clase, orientación e identidad sexual, raza, etc. De hecho, muchos hombres pueden y deben ser nuestros aliados porque no luchamos contra ellos sino contra un sistema, pero esto requiere una compresión por su parte de que tienen que renunciar a determinados privilegios, sean simbólicos, de cuidados o de otro tipo según el caso. Por eso de algún modo el feminismo está vinculado a la búsqueda de la raíz (o raíces) de la opresión y a las prácticas individuales y sobre todo colectivas y de lucha para enfrentar las mismas. Esto a pesar de que muchas mujeres feministas a lo largo de la historia no se autodenominasen como tal dado, por una parte, a que su uso es relativamente reciente y, por otra, a que buena parte de las mujeres socialistas y comunistas identificaban el feminismo como un movimiento burgués que no hablaba de sus problemas como mujeres trabajadoras.

Y en todo este debate de si feminismo o igualdad, apareció Dior con su camiseta “We all should be feminists” dejando bastante claro que el feminismo ya no asustaba ni generaba rechazo en gran parte de la población, sino que vendía y por eso cada día se multiplican las mercancías por parte de diferentes empresas y grandes marcas que usan al feminismo como gancho. Hay infinitos ejemplos de como el feminismo se ha “normalizado”, “se ha puesto de moda” y ha cobrado protagonismo en espacios tales como los Goya, Operación Triunfo, Certámenes de Belleza y un largo etcétera. ¿Qué está pasando? Mi objetivo no es hacer un análisis profundo ni completo porque para responder a esta pregunta haría falta una reflexión mucho más sosegada y un espacio mayor pero si me gustaría apuntar una reflexión en cuanto a nuestro país se refiere.

Hace algunos años en una charla de Justa Montero, referente feminista, anticapitalista y miembro de
la LCR, ella apuntaba como cuándo desde las izquierdas hablábamos de las luchas que se dan en el
15M y ciclo posterior enumerábamos las huelgas generales, estudiantiles o la lucha por los servicios
públicos pero raramente nos referíamos de manera explícita a la lucha del movimiento feminista
contra la Ley Gallardón. ¿Cómo es posible que una de las luchas con más fuerza, de las pocas que
consiguió una victoria tan contundente “se nos olvidase”?

Hay por supuesto muchos factores tanto objetivos como subjetivos que explican que el auge del feminismo se da en muchos países diferentes. Pero estoy segura que en el estado español la victoria del movimiento feminista paralizando la (contra)reforma del aborto y logrando la dimisión del ministro Gallardón allá por septiembre de 2014 tuvo mucho que ver. Primero, porque logró empoderar a muchas mujeres que de una u otra manera participaron o empatizaban con aquellas movilizaciones que se dieron a lo largo de muchos meses. Tuvimos la experiencia de que la lucha sí sirve y tomamos conciencia de nuestra fuerza. Y segundo, porque el movimiento logró poner sobre la mesa con mucha fuerza ideas clásicas del feminismo, destacando muy especialmente las relacionadas con el derecho al propio cuerpo y el derecho a decidir. Creo que la interacción entre ambos factores ha hecho que muchas de las ideas que el feminismo ha dicho históricamente encuentren a día de hoy una importante identificación en buena parte de la sociedad. Algo así como “lo logramos porque teníamos razón”.

Esto no significa que vivamos en una sociedad feminista ni mucho menos. Por desgracia, polémicas absurdas como el disfraz de María Romay, concejala de Fiestas de nuestra ciudad, demuestran que a algunos les escuece enormemente que una mujer vista como quiera, que nuestros cuerpos siguen siendo espacios de conflicto y de lucha. Si posase en una revista o saliese en un anuncio de televisión no les parecería tan escandaloso porque en este caso sería para ellos uno de los objetos que tanto acostumbran a consumir. Porque lo que ofende no es un desnudo que ni siquiera es tal, sino el hecho de que vistiese así por propia decisión, siendo sujeto y no objeto. Sin embargo, también han sido numerosas las personas que han mostrado su más absoluto apoyo a María y hemos puesto en práctica aquello de que “si nos tocan a una nos tocan a todas”. Por eso, más allá del caso particular y a pesar de la reacción del patriarcado a través de determinadas instituciones y de una parte de la sociedad ante el empoderamiento individual y colectivo de muchas mujeres, es una realidad que ideas y debates que antes se daban en círculos muy reducidos cada vez se vuelven más cotidianos.

Pero… ¿Qué implicaciones tiene “que el feminismo esté de moda”? Desde mi punto de vista constituye una oportunidad que hay que aprovechar porque nos ayuda a cuestionar el mundo en el que vivimos y porque ahora es mucho más sencillo acceder al feminismo y a la política al fin y al cabo (¿qué es si no el feminismo?). Pero también tiene otra negativa y es el peligro de descafeinarlo, de asociar el feminismo a la lucha individual de cada mujer por “llegar a lo más alto”. Aunque este riesgo está ahí creo que sin duda son muchas más las potencialidades y el movimiento está demostrando que está sabiendo utilizarlas de forma inteligente. La huelga del 8 de marzo es un claro ejemplo de ello porque pone en el centro a las mujeres trabajadoras, las que estudian, las que cuidan y a todas las que somos violentadas de una, otra o todas la formas a lo largo de nuestra vida, dotando la movilización de un contenido concreto que delimita “qué feminismo”. Porque la lucha es la que clarifica en que bando se encuentra cada cual y nosotras estamos en el de las que cuidan a las personas dependientes, las maestras, las que atienden al teléfono, las gitanas que se rebelan contra el patriarcado y el antigitanismo, las que crían a los hijos e hijas, las que limpian dentro y fuera de casa, las que estudian, las migrantes, las que gritan que su cuerpo es suyo, las dependientas… y muchas más. Este es el feminismo que se está construyendo en encuentros como el de Zaragoza del pasado mes de enero o asambleas como la que tuvo lugar en la Fundación de la Mujer en nuestra ciudad para preparar la huelga. Un feminismo que sabe combinar su diversidad con unas claras pretensiones de transformar y no de maquillar al mismo tiempo que saben conectar son sectores muy amplios de mujeres. Y por eso, a Dior no se le espera. Y a Inés Arrimadas tampoco.

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