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Jajarillo
Imagen: Pedripol

“En algunos instantes aparecía revuelto de una manera enteramente extraña lo antiguo y lo nuevo, el dolor y el placer, el temor y la alegría. Tan pronto estaba yo en el cielo como en el infierno, la mayoría de las veces en los dos sitios a un tiempo. El viejo Harry y el nuevo vivían juntos ora en paz, ora en la lucha encarnizada. De cuando en cuando el viejo Harry parecía estar totalmente inerte, muerto y sepultado, y surgir luego de pronto dando órdenes tiránicas y sabiéndolo todo mejor, y el Harry nuevo, pequeño y joven, se avergonzaba, callaba y se dejaba apretar contra la pared. En otras horas cogía el nuevo Harry al viejo por el cuello y le apretaba valientemente, había grandes alaridos, una lucha a muerte, mucho pensar en la navaja de afeitar»

-El Lobo Estepario-

Herman Hesse

La muerte es siempre un hecho traumático, no ya para el sujeto en sí, sino para su entorno. Nuestra sociedad tiene muy arraigado el temor a morir así que no está bien considerado quitarse la vida aunque ésta, en última instancia, nos pertenezca exclusivamente a nosotros. Esto se debe a los efluvios de moral católica que bañan el mundo occidental meridional ya que culturas como la nórdica y la celta consideraban el suicidio la manera más honorable de huir de la vejez o la enfermedad. También lo hacía de manera similar la cultura japonesa, aunque ésta creía que era la única forma de morir con honor tras -o antes de- un acto deshonroso.

Existen diversas maneras de cometer suicidio. El tema en sí ha sido tratado por artistas y pensadores en un sinfín de obras pictóricas, musicales y literarias. Harry Haller viendo su lobuno reflejo en la navaja de afeitar. Romeo y su envenenamiento por amor. Metallica y su balada “Fade to Black”. Ese cadáver tirado en la cama sosteniendo aún el arma en “Le Suicidé” del gran Édouard Manet.

Aunque gracias al arte nos hayan llegado maneras inverosímiles de suicidarnos, aquellos que se deciden, por norma general, optan por aquella manera que parece ser la más rápida y la menos dolorosa; suelen buscar una muerte rápida y lo menos agónica posible. No es ése el tipo de suicidio que me lleva a escribir estas líneas.

Los españoles estamos presenciando -unos con desdicha, algunos con rabia y otros sin poder ocultar una sonrisa- como, a pesar de sus posiciones conservadoras y creencias católicas, el Partido Popular se está suicidando. Y digo bien, suicidando, en gerundio. Y es que ya llevan tiempo en ello. Hubiera sido más sencilla -aunque menos digerible para sus votantes- una muerte rápida. Que, de un día para otro, desapareciera de la plana política disolviéndose como partido. Pero no, ellos han decidido envenenarse y no de forma rápida como aquel protagonista shakespeariano. Llevan llenando su boca con chupitos de ponzoña desde aquel “Luis, sé fuerte” hasta el último trago, que ya ha sido en vaso ancho y con dos hielos: el Máster de Cristina Cifuentes.

En las últimas semanas hemos acudido a uno de los espectáculos más bochornosos en la escena política moderna de nuestro país. En cualquier Estado con una democracia moderna, un partido en el que un dirigente comete una torpeza tal habría expulsado de manera inmediata a dicho político o, al menos, habría pedido formalmente su dimisión. Pero como el PP se encuentra en pleno gerundio suicida, ha seguido con la maniobra -menos explicable aunque también menos sorprendente- de mirar para otro lado e intentar cubrir sus espaldas derramando corrupción hasta el escalón más bajo del funcionariado universitario. Cuando ya era evidente que Cifuentes no pensaba irse por las buenas, quizá por su apariencia afectada y cansada, su propio partido le puso debajo de las sábanas dos botes de crema antienvejecimiento, cual cabeza de caballo. Han tenido que salir las ratas de las alcantarillas más inmundas de este país para provocar la dimisión de Cristina Cifuentes por haber robado esos botes hace 7 años.

Así es la sociedad española. No nos preocupa que los roedores hayan ocultado ese video y hayan esperado el momento idóneo para salir de la oscuridad en la que se esconden. Lo nuestro roza el surrealismo. Que haya tenido que filtrarse desde las cloacas del estado “no sabemos dónde” el famoso video de Cifuentes para que esta dimita, roza el esperpento más irónico y absurdo imaginado. Parece un capítulo de ‘Black Mirror’ pero es que somos así, no sorprende. No nos basta con que el Partido Popular haya transformado gran parte del sistema educativo español en un mercadillo donde políticos -por no hablar de la religión- han hecho y desecho cuanto han querido en nuestro país. Aquí son más importantes los botes de crema, venga esa sucia jugada de donde venga. Total, sobre nuestro Ministerio del Interior apenas hay un par de grabaciones donde sobrevuela un uso partidista de la institución.

Ya puede despedirse, el Partido Popular, de ser el brazo fuerte del gobierno en la Comunidad de Madrid. Este último “caso aislado” confirma que está en plena vorágine  suicida y que, más temprano que tarde, los buitres naranjas vendrán a comerse la carroña pestilente dejada por los populares en sus lugares de poder; tal y como hizo Alianza Popular durante la transición con los restos del gobierno franquista. La clara diferencia entre una banda de bajo rango y una organización poderosa y bien estructurada es el nivel de sofisticación del crimen que cometen. La corrupción del PP de Madrid es una lacra pero es innegable que ha mantenido un orden y una forma de actuar criminalmente ejemplares; dignas de estudiarse en Crimen Organizado II, de segundo de Ciencias Políticas en la Universidad Rey Juan Carlos (el nombre apuntaba maneras).

La situación suicida del PP avanzará de manera exponencial pero, como su raza y casta suelen hacer, buscará venganza. Como bien dijo Francisco Granados al preguntarle la prensa por la dimisión de Cifuentes, “si buscas venganza, cava dos fosas”. Puede decirse más alto pero más claro es imposible. Compren palomitas que la guerra abierta acaba de empezar y aún queda un año hasta las elecciones.

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