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Jose maria esteban

Fotografía: Jesús Massó

Las agregaciones o disgregaciones son buenas o malas según se entiendan, se supongan o se vean. En un mundo donde el mestizaje es el gran valor de bondad que nos trae la globalización, lo que parezca diferente debe entenderse como propia naturaleza. Las valoraciones sobre quiénes somos y cómo somos, en este revuelto y convulso presente y ya sin límites en el futuro, no debe hacer que nos vemaos tanto en las diferencias como integrarnos con la mayor certeza y seguridad en nuestras naturalezas comunes.  

Cádiz es una isla desde su nacimiento. Mejor dicho, fue un cúmulo de islas que emergieron con el plegamiento Alpino, terminado casi allá por el plioceno, cerrando el Mar Tartésico en forma de grandes tómbolos de piedra ostionera en nuestros lares. Una piedra que también es un dechado de acumulación de vivos y muertos, con sus conchas de peregrinas, zamburiñas, ostras, etc., claro está que de aquellos tiempos, pero tan iguales a los moluscos de hoy. La piedra ostionera es la estructura colectiva de nuestro contenido interior. Nuestra osamenta rocosa, fuerte y atractiva pero también fácilmente deleznable.

Gadir se fue dotando de unos puentes naturales entre aquellas islas al ser habitadas por el hombre y aterradas por los fuertes embates marinos.  Fue avanzando en su unión a base de crear saltos geofísicos y antrópicos entre aquellas islas de maravillosos nombres tan bellamente helenísticos, entre los restos finales del Ligustino o Tartesico (según diferentes autores), de su arqueada Bahía.

Cádiz, que si queremos hablar de sus pobladores, es mucho más antigua que los solo tres mil años de antigüedad -muchísimos más si contamos con los oteadores del peligroso acantilado del sur o los buscadores de peces en sus playas y canales ancestrales, en tiempos del calcolítico y bastante antes- se debatió siempre en una lucha histórica por tender puentes. Es el cruel e inexorable destino de las islas: buscar tierra grande y más firme. Por supuesto que el mayor enlace es el que le une a la península, su largo y amplio istmo; corredor mágico que se llenó de tumbas antes que vivientes para paseos silenciosos, míticos y respetuosos con la salida y el ocaso de las colonizaciones. A lo largo de su existencia, ese istmo estuvo buscando puentes por donde unirse al terreno más estable.

Su caminar, salvo algunos aislamientos ocasionales por la codicia de quienes deseaban vivir este hinterland dichoso, feliz, abundante y amable, pero expuesto, ha sido y sigue siendo una generación de uniones entre y sobre sus islas. El mar, amigo y enemigo a la vez, fuerza la escapada y la mejor defensa.

Situándonos de un salto en nuestro presente, para no maltratar las paciencias, podemos encontrar hoy diferentes islotes en una ciudad ya conformada y geométricamente estabilizada. Islotes e islitas circunscritas en sí mismas, con pensamiento y vida propia, y con enorme tendencia a no mezclarse unas con otras. Es decir, una cierta incompatibilidad, por no decir gran dificultad, para crear pasarelas entre unas y otras. Los puentes, en esta parte del último rincón del pasillo europeo, son ingenios que hacen falta o no, según se vean y esperen; aunque dichos artefactos, físicos o sensibles, son urgentemente necesarios. Un puente a final del pasillo siempre es complicado de defender ya que el pasillo es el propio puente.  Así lo ha sido el último: el más alto, más grande y más largo ejecutado y que parte de una necesidad metropolitana, en mi opinión, que nos viene imparable como un tsunami.

Si hacemos un pequeño ejercicio de reflexión sobre esta ciudad, hay muchas entidades de todo tipo de orientación, social, lúdica, artística, cultural, peñística, asociativa, etc., no solo herencia de su poderío americanista y apertura europea en su grandeza portuaria, como expresiones de riqueza liberal, sino también producto de la disgregadora historia de sus pérdidas referenciales sociales y económicas. Casi todas trabajan con sus tendencias y una manera propia de entender “su Cádiz”, en sus componentes y asociados, pero que no se coordinan convenientemente para compartir sus actividades y generar sinergias de cómplices desarrollos comunes unas para con otras. Hay muchos colectivos sociales, ciudadanos, profesionales, etc., etc., que son un archipiélago en una isla de fortuna por unir.

Cádiz es una Isla de islas. Sabemos lo importante que es una agregación de fuerzas a la hora de defender intereses, que inexorablemente son comunes, pero cuántas dificultades ponemos para crear esos cordeles de coincidencias y unidad en batallas y luchas comunes. Pareciera que aquellas diferentes tribus turdetanas que nos precedieron, hubieran sido más entendibles y unificadas entre ellas que las tribus de hoy.

Soy de los que cree que los esfuerzos por coser, -valga esa palabra solo para lo civil-, deben establecerse desde la cultura de base, la enseñanza y la cohabitación desde pequeños,obviando falsas competencias y disfrutando del concepto básico: que vivimos en una sola y maravillosa isla. Crear uniones debe suponer una tarea inevitable y obligada entre todos nosotros. Cádiz vive denodadamente luchando contra su fragilidad por esta falta de voz coral necesaria y acompasada para llegar a presentar una esencia fuerte, cohesionada y potente frente a foráneos y básicamente, para atraer los convencimientos totales y generosos de los inversores y visitantes, para el disfrute amable de ellos con nosotros.

Conseguimos poco a poco que el alma de la ciudad se vaya serenando y adecuando a lo que viene. Cuesta trabajo no estar constantemente trabajando con la página 3 de los diarios, o al excesivo protagonismo de los cuatro años. Incluso que pasees y todo parezca más cómodo, sereno, respetuoso y entendible. Cuesta la misma vida, pero estoy convencido de que dentro de unas cuantas generaciones se consiguirá.

Convirtámonos en referentes de nosotros mismos, como una nueva clase media de alto notable que genere un brío de belleza interior y exterior. Cádiz es una joya en bruto, y aun así es una gema envidiada; para estar en ella, para vivir con ella, para lucirla y sentirse noble y sanamente orgulloso de ella. Es atractiva por diferente, agradable a la vista del que llega, pero son necesarios los continuados esfuerzos, uno a uno, isla con isla, para vencer la apatía, la desilusión y la machacante impotencia que desluce el traje, nos relaja y deja en puro lamento.

Esos puentes, entre todos y por todos, son fundamentales para que Cádiz se concentre en una ISLA ÚNICA que dentro de sus diferentes terrones, como la piedra ostionera, aparezca dura y fuerte. Llena de sorpresas incontenibles y potentes, como una nueva y encantadora Venecia emergente sobre su rasante, que nunca podrá hundirse, por supuesto, como implacablemente el mar se va bebiendo aquella. Ejerciendo de señora madre en un amplio contexto de Bahía.  Abanderando como emblema urbano el reconocimiento mundial de un enclave fabuloso, que atrajo al mismo Hércules; con los infinitos y generosos amores a que nos llevaron los de uno y otro lado de estos geniales Atlánticos y Mediterráneos.  En fin, trabajo duro, arduo y diario de todos los isleños.

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