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Pettenghi

Fotografía: Jesús Massó

Cuando yo era chico el mundo era muy sencillo. Sin embargo creíamos que estábamos siempre al borde de acontecimientos asombrosos o catástrofes inminentes. Nunca pasó gran cosa, cada día era víspera de nada. Era Puertatierra cuando entonces.

Cada año, al llegar esta fecha, una melancolía blandengue y navideña vence los firmes muros de mi laicismo y recuerdo. Recuerdo. Amarcord: vivir en Cádiz, donde Europa se cae al mar, era un acto de imposibilidad del que no éramos del todo conscientes. Tal vez porque siendo gaditanos, no vivíamos en Cádiz. Era Puertatierra, una larga avenida impersonal, flanqueada por una enorme y solitaria playa allá donde terminaba la civilización y comenzaba una imprecisa nada. Un tranvía que pasaba de vez en cuando y unos cuantos coches que circulaban despreocupados, nos avisaban que vivíamos en una ciudad. Crecimos y jugamos en solares que nos conferían un aspecto asilvestrado y beduíno. Creíamos saber cosas terribles que ignoraban los adultos. Ya ves.

Un mundo desigual e injusto, terrible y maravilloso que acecha inquietante, imborrable, que te mira fijamente ahora en la avanzada madurez cuando has vivido las suficientes horas buenas y horas malas como para saber de qué va esto que llamamos vida.

Ahora, cuando poco de lo que creía importante me lo parece. Ahora, cuando paso completamente de los laureles del éxito y de los halagos fingidos. Y del dinero, más allá del necesario para vivir con dignidad. Como paso del cieno de las envidias, de las intrigas y calumnias. Huyo de la pompa y los aspavientos, y también de los egocéntricos y de los ambiciosos que aspiran a llenar una tumba cubierta de honores, medallas y tal vez cuentas bancarias. Detesto el poder corruptor del dinero y me da urticaria el lujo: no entiendo el valor valiosísimo de un reloj relojísimo sumergible a 200 metros. Como si alguien necesitara mirar la hora a 200 metros de profundidad. Y los anuncios de coches o de perfumes que venden cualquier cosa menos coches o perfumes. Y esa gastropijez tan de moda.

Ahora, aquella Puertatierra queda a años-luz y yo ya no aspiro a cambiar el mundo -quizá sólo pretenda entenderlo- aunque, eso sí, mantengo intacto mi desprecio a la hipocresía de los que echan monedas en las huchas del Domund y rechazan al emigrante. Y mi rechazo a una sociedad cínica que se desentiende de las penalidades que no salen por la tele, y no me interesan nada los hipócritas que son de centro, esos que nunca se meten en líos, esos indiferentes que nunca toman partido.

Debe ser la edad, pero cada vez más acudo a las largas raíces de mi niñez para explicarme algunas cosas. Pero no hay nostalgia, cualquier tiempo pasado fue anterior, sólo anterior. Lo bueno viene ahora.

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