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Marta melendez

Fotografía: Jesús Massó

Aprendí que en política es necesario combinar la inmediatez con la oportunidad. Que es fundamental determinar el momento exacto en el que realizar la crítica sin que se te ‘pase el arroz’ con la estrategia marcada de qué decir y hasta dónde llegar en tus afirmaciones. Marcar el primer golpe, prever la respuesta y acertar en la contrarréplica. Todo ello sin perder de vista el objetivo a conseguir: recuperar la confianza de la ciudadanía y con ello al electorado. Todo lo que hagas obviando estas premisas supone exponerte a parecer un pelele o un mamarracho. O también exponerte a que todo el mundo crea que lo tuyo es puro teatro.

De un tiempo a esta parte, este país ha sucumbido al fervor de las reprobaciones. Más aún desde que las mayorías absolutas han casi desaparecido. Supone un acto cargado de simbolismo pero sin efectividad práctica que permite desaprobar el comportamiento de alguien. Muy al contrario de la moción de censura o de la cuestión de confianza, no hay regulación alguna que determine ni cómo ha de ser planteada ni tramitada la reprobación. Ni cuáles son las consecuencias que comportan para el reprobado o reprobada. Así, en todas las ocasiones quien pasa por este escarnio público termina permaneciendo en su puesto por la confianza otorgada con anterioridad. Provenga de quien provenga ésta, que en principio no es sólo de quien lo propuso y lo nombró para su cargo público, sino también de quien permitió con su voto que este segundo tomara posesión del suyo. Así, y tomando el ejemplo de estas últimas semanas, David Navarro no sólo goza de la confianza del alcalde, sino también de quienes depositaron su voto en la urna –ciudadanía y grupo municipal socialista-. ¡Menuda paradoja! ¡Claro! No es lo mismo reprobar a un ministro que sólo ha gozado de la confianza del Presidente del Gobierno puesto que cuando se emitieron los votos en el Congreso de los Diputados sólo se conocía el nombre de quien ocuparía tan alto rango, que reprobar a un concejal o concejala, cuyo nombre aparecía en una lista electoral, que fue elegido o elegida por el voto de la ciudadanía y cuya designación se conocía con anterioridad a la votación para a la elección de la alcaldía. Me dirán ahora los detractores que en ese momento democrático, el del depósito de la papeleta en la urna para la elección de alcalde o alcaldesa, puede que se desconociera el área o delegación de la que se harán cargo cada uno de los que pueden conformar un gobierno municipal. Y tienen razón. Pero que más da, en ese momento, en la fecha y hora concreta en la que el grupo socialista dijo sí al alcalde –enseñando su voto de forma pública como lo hizo- se sabía quienes, con nombre y apellidos, conformarían el gobierno municipal. Se tenía pleno conocimiento de cómo eran las habas mal contadas.

Quien plantea una reprobación puede jugar con fuego. Más aún si se conocen los argumentos contrarios que van a aflorar. Y eso es lo que creo que le ha pasado al grupo municipal socialista. En primer lugar, porque si un área tan esencial como la económica está realmente tan mal gestionada –y créanme si les digo que es difícil pensar que esto pueda ser verdad teniendo el precedente y los datos del Partido Popular-, ¿cómo es posible que no se haya aceptado la moción de censura planteada en innumerables ocasiones por el PP? La mitad de los gaditanos se hacen esta pregunta. Piensan que es  de descerebrados permitir que la ciudad esté gobernada por una panda de panfleteros que no son capaces de poner orden y concierto en la joya de la corona: las finanzas. En segundo lugar, porque ni en una ocasión se planteó al anterior gobierno municipal la reprobación de ni uno de sus miembros. Sí, hubo muchas peticiones de dimisión, todas de palabra, hubo obras y omisiones para solicitarla por escrito y por doquier. No hace falta que relate particularmente los datos económicos del gobierno popular para sustentar este planteamiento. Ni siquiera hubo la valentía de pedirle a Teófila Martínez que se marchara cuando su nombre apareció en la lista de Barcenas con todo lo que ha llovido sobre ella. Oportunidad perdida, váyanse ustedes a saber por qué. Y, en tercer lugar, porque a quien se le debía plantear la reprobación en estos momentos es al PP, a todos y cada uno de los miembros que conformando el anterior gobierno municipal aún tienen la osadía de encabezar y formar parte de una lista electoral y, es más, la desvergüenza política de sentarse en la bancada del pleno de la Corporación después del menoscabo que con sus políticas han realizado a nuestra ciudad. Hacía ahí es donde debía haber sido dirigida la reprobación. Total, tratándose de un mero acto simbólico, qué mejor hecho que dejar por escrito que ahora que los votos afirmativos cuadran, jamás estuvimos conformes con lo que hicieron y con lo que estarían dispuestos a hacer de llegar nuevamente al gobierno municipal. Lo demás es teatro, puro teatro, que sigue dejando al grupo socialista en tierra de nadie.

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