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Fotografía: José Montero

Tras el shock de las elecciones andaluzas, lo primero que me sorprendió fue que, nada más conocerse los resultados, un minuto después, las redes ya estuvieran repletas de explicaciones que parecían tenerlo todo muy claro. Es fantástico vivir en un país de expertas y expertos… “a toro pasao”. La segunda sorpresa fue la ausencia casi total de autocrítica: las culpas de las derrotas siempre son ajenas, de las demás, de los otros.

En todo caso, contuve mi impulso de sumarme al ruido general y decidí tomarme un tiempo para escuchar, leer, pensar… antes de decir nada.

Ya han pasado unos días, y todos los análisis que he leído y escuchado sobre las causas de la emergencia del neofascismo en nuestra tierra me parecen muy interesantes, y todos tienen -en mi opinión- su parte de razón: el desconcierto y la confusión global; el miedo a un futuro incierto; el desencanto por las expectativas no cumplidas; la baja formación política de la mayoría social; la manipulación de las redes sociales y los medios masivos de comunicación; la pérdida de cualquier vestigio de ética en una derecha instalada en la mentira; la exacerbación de los bajos instintos nacionalistas;  el agotamiento del régimen clientelar del PSOE en Andalucía; la división y el cainismo histórico de las izquierdas; la fragmentación de las diversidades, carentes de un eje común transversal; la polarización de las energías en la conquista y gestión de las instituciones y el consiguiente alejamiento de la calle; la ausencia de un proyecto alternativo e ilusionante ante la descomposición del estado de bienestar que alienta el neoliberalismo…

Todas esas -y otras muchas- causas merecen reflexión. Todas están conectadas y se refuerzan entre sí. No caben interpretaciones simplistas. La mirada ha de ser necesariamente compleja, como los tiempos que vivimos.

Pero, más allá de la necesidad de entender las causas (condición necesaria para no repetir errores), me parece que el objetivo de la reflexión no debe ser buscar responsables en quienes cargar la culpa, sino aprender la lección y vislumbrar qué hemos de hacer quienes decimos querer cambiar este mundo desigual e injusto.

Descarto, pese a que todavía anden sueltos muchos revolucionarios de gatillo verbal fácil, cualquier cambio violento, no solo por razones éticas, sino porque quienes poseen las armas son los poderosos y el uso de la violencia me parece desesperado y suicida. En fin, modo talibán.  

Pero, si la meta fuera ganar elecciones y ocupar las instituciones, para, desde allí, cambiar el mundo, también lo veo crudo, porque ese juego lo dominan de largo las derechas y tienen mucho dinero y todos los medios de masas a su favor, además de que el electoralismo envenena fácilmente con sus trampas a quien lo practica, y porque, por último, las instituciones están pensadas para sostener el sistema y que nada (fundamental) cambie.

El objetivo cortoplacista de conseguir votos a cualquier precio, nos obligaría asimismo a ocultar un dato esencial: en los próximos 15 o 20 años vamos a ver crecer, aún más, la explosión del desorden, la crisis socioambiental, el agotamiento de los recursos limitados, el colapso de un sistema insostenible, el final de una era… Nada va a ir a mejor. Y con ese mensaje que nadie quiere oír y que los más poderosos -con todos sus medios- se empeñan en negar sistemáticamente, es difícil conseguir muchos votos.

Pero, si como apunta Yayo Herrero, la pregunta fundamental fuera: «¿Qué podemos hacer para garantizar condiciones de vida digna para las mayorías sociales —alimento, vivienda, tiempo para los proyectos propios, educación, salud, poder colectivo, corresponsabilidad en los cuidados…— en un planeta parcialmente agotado y con un calentamiento global irreversible? «. Si esa fuera la cuestión principal, entonces parecen más claros ciertos «quehaceres».

Uno de los primeros, también lo apunta Yayo, es construir -con cierta urgencia, porque el tiempo se acaba- el entendimiento y el acuerdo entre quienes queremos otro mundo posible.

Y eso significa encuentro y escucha, acabar con el ruido y emprender el diálogo, conocernos, reconocernos y ejercitar la empatía, renunciar a la unanimidad y la uniformidad -que son incompatibles con la diversidad y con la vida- para apostar por los amplios consensos, por los acuerdos de mínimos.

Este quehacer se me antoja uno de las más difíciles porque persisten enquistados en nuestras mentalidades -si no en el ADN- muchos de los viejos vicios: los egos desmedidos, los prejuicios, los sectarismos y dogmatismos, el afán de poder, la ambición hegemónica, los protagonismos… Pero hay que intentarlo sin descanso y lograrlo a toda costa.

Otro quehacer urgente será poner en pie las alternativas al sistema que se agota, empezar a construir el futuro sin esperar a conquistar las instituciones. Levantar y hacer posibles miles de proyectos y espacios «liberados» del capitalismo, donde YA se produzca y se consuma de otra forma, y se viva YA en armonía entre las personas y con el planeta, poniendo la vida en el centro.

Esa tarea, sin ser tampoco fácil, tiene la ventaja de que está iniciada. Son miles, cientos de miles, los colectivos que, en todo el mundo, están en ello. Desde hace más de dos décadas crecen las iniciativas y proyectos alternativos. Y podemos aprender de sus aciertos y errores. De nuevo, el encuentro, el aprendizaje mutuo y el trabajo en red se evidencian como quehaceres prioritarios.

También, esa tarea de multiplicación y visibilización de las alternativas altermundistas en marcha, puede ayudarnos a superar la imagen derrotista y catastrofista, de aguafiestas, que quieren endilgarnos los poderes fácticos de este mundo. Frente a la fiesta del derroche y el consumismo sin límites, que niega la felicidad a millones y millones de personas, un futuro de valores alternativos en los que predomine la calidad (de las relaciones, de lo que comemos, lo que respiramos, lo que convivimos, lo que compartimos…) puede llegar a ser una expectativa positiva e ilusionante para muchísima gente.

Así pues, prioridad para construir lo nuevo y no tanto para conseguir votos. Eso no significa que deban abandonarse las instituciones, ni la lucha por ganar los espacios de poder que podamos dentro de este sistema en descomposición. Las instituciones pueden facilitar o dificultar esa puesta en pie de las alternativas (de ahí la importancia de no abandonarlas), pero no se pueden hacer depender de ellas, de sus tiempos, sus inercias y sus burocracias. La iniciativa debe ser de la gente, de los colectivos y asociaciones ciudadanas, de los movimientos sociales. No hay otro modo.

Y, para que todo ello sea posible, vuelve a surgir, como un quehacer fundamental, el encuentro y el acuerdo. Nunca hubo otro camino -la historia de las mejores conquistas y logros de la humanidad es la historia de la organización de los débiles- pero ahora solo cabe recorrerlo desde premisas nuevas.

Es preciso construir nuevas formas de relación y organización, nuevos vínculos dentro de cada comunidad -grande o pequeña- y entre comunidades, nuevas conexiones y redes. Ya no más, como decía antes, la uniformidad y la unanimidad. Las organizaciones pétreas, monolíticas, son cosa del pasado. En su rigidez anida su muerte, su anquilosamiento inevitable, en un tiempo de cambios permanentes. Solo cabe construir formas de organización flexibles, abiertas, líquidas, como predijo Bauman.

Hemos de aprender a gestionar la diversidad desde la diversidad. La inteligencia colectiva, imprescindible para construir el futuro, solo puede ser diversa, plural. Y eso significa -y ahí aparece un nuevo quehacer- que hemos de aprender a participar, a trabajar en equipo, a cooperar… desde el respeto al otro, desde la democracia participativa y radical. Que nadie lo de por supuesto o por sabido, todos y todas hemos de desaprender a competir, primero, para aprender a cooperar, después.

Del mismo modo que hemos de anticipar ya, cuanto antes, las nuevas formas de vida, de producción y consumo, hemos de hacerlo anticipando ya las nuevas formas de cooperación y organización necesarias para lograrlo. No cabe construir el futuro con las viejas herramientas organizativas. Aprender de ellas, si, pero para cambiarlas en todo lo que sea preciso, abandonando sin nostalgias todas las formas y lenguajes del pasado que ya no sirvan para sembrar un futuro mejor.

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