Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Rafael
Imagen: Pedripol

Las cifras varían algo según los diferentes estudios y países, pero se puede concluir que en torno al 90 % de los hombres con acceso a internet consumimos pornografía. Llegando este porcentaje, en el caso de las mujeres, hasta el 70%, si bien se observa una clara tendencia ascendente de este consumo por parte del sexo femenino.

No es un secreto que el sector pornográfico mueve cifras millonarias en todo el mundo y que, como negocio altamente rentable que es, suele hallarse envuelto en polémica y negocios dudosos. Además de plantear, constantemente y por diferentes motivos, un peligroso juego al borde de la legalidad.

Resulta evidente cómo la nueva horda de producción pornográfica cosifica, maltrata y veja a la mujer de manera impune. En países como España, donde existen amplias leyes de igualdad y prevención de violencia de género, sorprende que este tipo de filmaciones, se difundan y campen a sus anchas a lo largo de la red.

Las zarpas del machismo más violento y radical han hallado un verdadero brazo armado en este tipo de producciones. No podemos obviar que los jóvenes que estrenan sus inquietudes y curiosidades en cuanto al sexo toman como referencia las prácticas de los videos pornográficos, algo comprensible dada la facilidad con la que pueden tener acceso a los mismos. Así podemos explicarnos parte del comportamiento de grupos de “jóvenes guapos y adaptados socialmente” que buscan y provocan situaciones y escenas análogas a las que han ido viendo y que han alimentado su espíritu de supremacía y violencia sexual. Escenas en las que son habituales los grupos de hombres servidos por un única mujer, escenas en las que se ven golpes más o menos fuertes, estrangulamientos más o menos simulados, llantos de chicas y demás atrocidades en las que siempre el hombre -o los hombres- es orgulloso dominador de la situación. Mientras, la mujer se emplea a fondo en el papel de sirviente complaciente de las fantasías ególatras y agresivas de uno o varios hombres.

Me dedico profesionalmente a la educación y no puedo más que pensar en consecuencia. Si tienes 13, 14 años, eres un chico y te inicias en el sexo mediante la visión de estas escenas, entiendes que la práctica del mismo es así. Naturalizas estas situaciones y no preguntas a tus padres si son las correctas o no. Aprendes que el hombre manda y que puede pasar los límites del respeto hacia la mujer porque, según se ve, ella en el fondo disfruta. Interiorizas tu superioridad y en poco tiempo te animas a compartir tus experiencias de machote desbocado con tus iguales e incluso con algo de “suerte”, podrás hacerlo en vivo y en directo junto a tus colegas. Para conseguirlo, en muchas ocasiones justificarás los medios, como puede ser un falso cortejo, el engaño frontal, la coerción, una mala borrachera o el uso de otras drogas en los casos más perpetrados.

En cambio, si tienes 13 años, eres chica y te inicias viendo las mismas escenas, tu aprendizaje vicario será bien distinto. Porque interpretarás lo felices que son los chicos cuando accedes a todo tipo de acciones y te sometes a prácticas extremadamente complacientes, te resulten agradables o no. Es más, si no te gustan te sentirás rara, inexperta, pensarás que no estás al nivel y harás probablemente por sacrificar tus gustos, tu palabra y tus propios pensamientos. Podrás llegar a regalar hasta tu propia dignidad y todo esto por responder a las perversas expectativas que el chico o los chicos van a poner en tí. Las consecuencias en tu autoestima, tu reputación y tu propio físico, pueden ser graves, pero tienes 13, 14, 15…20 años, ¿Quién piensa demasiado en las consecuencias de sus actos con esa edad?

Resulta brutal todo esto y cuesta entender por qué las administraciones competentes no toman cartas en el asunto. Es evidente que constituye un despropósito, un desastre, una bomba para la educación afectivo-sexual de la juventud.

Son varias las preguntas que debemos plantearnos alrededor de esta cuestión: ¿Por qué no se habla de este tema? ¿Por qué no se limita? ¿Por qué no se sanciona? Y la pregunta más complicada de todas… ¿Por qué gustan realmente estos vídeos?

Pareciera que hubiese una consigna oculta, pactada, algo así como “Que nadie toque a la pornografía”.

Valora este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *