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Fotografía: Jesús Massó

Yo, de verdad, a lo que aspiro es a ser artivista. Quizá me falte el talento para el arte y me sobren años para el activismo, pero te lo juro: mi ilusión es ser artivista.

No es difícil imaginar que el artivismo es algo que queda a mitad de camino entre el arte y el activismo social, y es un medio infalible para promover nuevas formas de gestión, y participación política. En suma, quiero ser un artivista para defender ese “ciudadanismo” que persigue un futuro humanista. Un sueño viejo y hermoso.

¿Armas? Sí, el artivismo es un movimiento armado, usa las armas de la provocación, el ingenio, el desenfado, la ironía… y la memoria.

De momento, somos muy pocos y nuestro artivismo es únicamente una corriente teórica pero, sin duda, vamos a pasar pronto a la acción. Y aquí estaré para defender el ciudadanismo, o sea, los valores democráticos universales que el sistema finge sostener, pero que en realidad ha corrompido y desequilibrado, usurpándolos por medio de los intereses del capitalismo salvaje.

Pero es una tarea espinosa, el artivista debe enfrentarse a los zombis. El zombi es una de las figuras más significadas de nuestro tiempo, y el enemigo número uno del artivista. El zombi acepta la subordinación civil como se acepta un fenómeno meteorológico. De esta forma, nuestro sistema ha producido millones de zombis consumidores, en lugar de ciudadanos despiertos, críticos e inquisitivos.

Desde la Transición, el sistema -que incluye a la izquierda burguesa, esa que se avergüenza de ser izquierda- ha alentado una cultura hegemónica cuya función no es otra que desdibujar y difuminar cualquier discurso crítico con el poder, con el verdadero poder, con “ese” poder. Y a la larga, la mayoría se ha aletargado, se ha embotado, y ha devenido en mayoría silenciosa, atufada por los humos gloriosos de la sociedad de consumo.

Pero como cantó el Nobel, los tiempos están cambiando, la crisis ha puesto en evidencia al sistema y es ahora cuando hacen falta artivistas.

Los artivistas no somos mucho de carnets, ni de banderas, ni siquiera de himnos, pero si hubiera que elegir uno, yo propondría -también- uno del Nobel. Ese que dice: “You don´t need a weatherman to know which way the wind blows”. (No necesitas un hombre del tiempo para saber de qué lado sopla el viento).

No, ya no.

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