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Vallejo
Fotografía: Jesús Machuca

De todas las batallas que puede uno librar, la peor y la más encarnizada es siempre contra uno mismo. Mucho peor que luchar contra el tiempo, contra la distancia, o incluso contra el olvido. La sombra que proyectamos se convierte, en la mayor parte de las ocasiones en nuestro peor enemigo. Podríamos poner ejemplos miles, millones; si embargo, de eso quien más sabe es el llamado –no sé muy bien por qué, ni por quién- canon literario. Esa letanía oficial de autores que engrosan los manuales de historia de la literatura y que, aun luchando contra sí mismos, se convierten en los indispensables, en los referentes, en los que al final todo el mundo lee, o –dice- haber leído.

Pero, como en todo, el descarte de esa lista resulta siempre mucho más interesante que la lista en sí. Porque en los que supuestamente no pasaron el filtro, es donde se conservan intactos los nutrientes de nuestra mejor literatura. Y casi siempre fueron desechados por cuestiones ajenas a la calidad de sus textos; unos por su ideología, otros por el capricho del gusto, y los que más por cuestiones económicas, de trapicheo mercantilista, para entendernos. Es el caso de Fernando Quiñones, por ejemplo, cuyo principal enemigo recogía plásticos en la Caleta y se adornaba la frente de mojarritas. El mismo se comió su obra, su magnífica obra, y nos dejó un catálogo de anécdotas en las que el autor se había convertido en personaje. Sus denodados esfuerzos por hacer literatura en las esquinas de la sociedad, su empeño por poner el foco en los habitantes de la marginalidad de la España del desarrollismo, su coherencia a la hora de sentir y escribir, su afán por describir el universo de una Andalucía a la que todos miraban –y siguen mirando- por encima del hombro, no fueron suficientes para que la obra, la inmensa obra, de Fernando Quiñones sea hoy un referente en el mundo de las letras.

Porque si Juan Marsé retrató como nadie a los charnegos en la cosmopolita Barcelona de los años cincuenta, Fernando Quiñones hizo lo propio con ese Cádiz que aún respiraba por la herida de la posguerra mientras se reinventaba en casas de mala fama, en noches de flamenco y arte, en baches de mala muerte, huyendo siempre de los tópicos. Con una prosa tan cuidada, con una sensibilidad tan delicada, y mimando tanto al lector desde el respeto más absoluto, que era prácticamente imposible que el mezquino mundo de las letras lo reconociera entre los mal llamados “grandes”. Dos veces le ocurrió, cuando los premios literarios aún no eran castings de audiencias; dos veces finalista con dos novelas extraordinarias. Poco le importó a Fernando. Su talento estaba muy por encima incluso de él mismo.

Y ahí empezó a perder la batalla. Sus “mijitas” encerraban la esencia de todo lo que fue, de todo lo que fuimos y de todo lo que somos, no se podía decir más con menos; pero él ya estaba peleando en otros campos. En estos tiempos de Twitter –tanto Twitter y eso, no me puedo resistir- Fernando Quiñones habría sido un referente. Pero, por eso mismo, no debemos permitir que su obra se quede en meras “referencias”, en meros tuits con más o menos gracia.

A Fernando no le hace falta que recordemos sus “hazañas”, sus idas y venidas por la ciudad, sus miles de anécdotas. A Fernando no le hacen falta ni espacio ni tiempo. A Fernando le hacen falta lectores. Y ese es el mejor homenaje que le podemos hacer. En estos tiempos de Twitter, lea a Fernando Quiñones.

Y luego hablamos.

 

FIT

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