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Jaime pastorFotografía: Jesús Massó

A la hora de analizar los aconteceres políticos de los últimos años (en España y en el mundo), tal vez tendríamos que replantearnos la contraposición que hacemos entre la vieja política (aquella supuesta política realmente existente que se pretende suprimir, jubilar, por su demostrada escasa utilidad), y la nueva política (esa otra política cuyos rasgos fundamentales posiblemente no estén aún bien definidos ni practicados, pero que pugna por abrirse paso y sustituir a la anterior).

Me parece más acertado, más fructífero y más realista plantear el debate político actual en términos de ausencia o existencia de la política. Porque —para decirlo breve y rápidamente— tengo la sospecha de que la política (no esa cosa más parecida a la actividad gerencial) ha estado tradicionalmente ausente de las prácticas del poder al que con demasiada precipitación hemos dado en llamar “poder político”. Porque una cosa es que los asuntos de naturaleza política se aborden desde la política, como sería de esperar, y otra muy distinta es hacerlo empleando esa actividad gerencial que se nos quiere hacer pasar por política: hoy vamos siendo conscientes de que en la lista de las corrupciones del poder debería ocupar un lugar destacado el hurto de la política.

Estamos echando en falta la política ante la evidencia del fracaso estrepitoso y generalizado de las prácticas gerenciales para construir una sociedad más justa, más decente y más apetecible que la actual. El evidente desencuentro entre la gente común y las élites que ocupan los puestos que deberían ser políticos, estriba precisamente en la diferencia y el desfase de los lenguajes, los supuestos y las expectativas que manejan cada una de estas partes.  Por tanto, según este mi punto de vista, no habría una vieja política que oponer a una nueva política, sino la necesidad de instaurar la política, de hacer efectiva y real la práctica política, en un contexto en el que esta brilla —y ha brillado— por su ausencia.

A menudo, ante la constatación de nuestra orfandad política empleamos perífrasis para nombrar ese hecho fundamental al que me refiero —la ausencia de la política—, y así, ante determinados problemas, hablamos de la necesidad de abordarlos mediante “una política con mayúsculas”, o lamentamos la “falta de voluntad política” de los responsables políticos para resolver determinadas cuestiones… Pero el fenómeno que quiero destacar no consiste en que haya un déficit de “mayúsculas” ni de “voluntad”: sencillamente se trata de ausencia de la política, hecho que sólo parece afligirnos en los momentos en los que más se la necesita.

Por tanto, pienso que podríamos empezar a ver con ojos nuevos muchos de los conflictos a los que nos enfrentamos —sobre todo esos que perduran enquistados en el tiempo y que parecen irresolubles por naturaleza— si partimos (aunque sea a modo de hipótesis) de la ausencia de la política y su sustitución por el tratamiento gerencial de los problemas y asuntos políticos. Dicho esto, ¿cabría alguna duda sobre la responsabilidad que ha tenido y tiene la ausencia de la política en la no solución (si no solución total, al menos afrontamiento creativo) de los grandes y graves problemas a que se enfrentan, no sólo España, sino el mundo en su conjunto?

Evidentemente, al poder, en todas sus formas, estos planteamientos le resultan cuanto menos enojosos. La política de la despolitización (es decir, la práctica de la no política que genera a su vez vacío político) ha resultado rentable para la libertad… de movimientos de quienes se han beneficiado y se benefician de ese poder. De ahí que podamos empezar a colegir con una mayor certeza un hecho que en el estruendoso barullo de los dimes y diretes del nuevo mundo (el de los chats, tuits y otros entretenimientos de destrucción mental masiva) habíamos prácticamente perdido de vista, a saber: que la ausencia de la política no es un fenómeno natural o inevitable, sino producto de la voluntad y dedicación de un establishment al que escuece la política y siempre ha operado en contra de su materialización. En su lugar, y para uso intensivo, el poder, en todo el mundo, ha preferido utilizar un sucedáneo: el manejo gerencial de las sociedades.

Los efectos de este proceder están a la vista de quienes quieran verlo: un mundo que se cae a pedazos. Sociedades, países, incluso continentes enteros, obligados a tropezar siempre con la misma piedra; conflictos que esperan inútilmente durante tiempo interminable un tratamiento creativo, nuevo, renovado; colectivos humanos que aguardan agónicamente a que los poderosos tomen decisiones políticas decisivas, no vergonzosas estratagemas basadas en cálculos mezquinos y criminales… Y es que cuando el espíritu gerencial invade los territorios propios de la política, como es consustancial con el modelo neoliberal hegemónico que padece el mundo (de un mundo que se dice libre y democrático), los conflictos se enquistan, se eternizan, se pudren y se agravan.

Para ser conscientes de la necesidad imperiosa de reclamar la política, tendríamos que asumir y aceptar lo que me parece un hecho evidente: que el desprecio hacia la política no es una pulsión exclusiva de los regímenes manifiestamente dictatoriales y tiránicos, sino que anida en los mismísimos cimientos de nuestra deficitaria cultura democrática occidental. Desde el momento fundacional del actual sistema de democracia liberal representativa, el sentimiento constante y actuante de las élites dirigentes ha sido la demofobia, es decir, el rechazo hacia el demos, el recelo ante la posibilidad del protagonismo político del pueblo, el miedo a la soberanía popular, la negación de que la política es, esencialmente, un  espacio de relación entre iguales. Al negar, como principios irrenunciables de una verdadera política,  tanto la relación (siempre negaron el concepto de sociedad y prefirieron la entelequia de los individuos aislados) como la igualdad, estaban de hecho consumando y justificando el hurto de la política.

La imposición de la maquinaria gerencial que se nos ha vendido con la pomposa etiqueta de Estado de Derecho, en la práctica —estamos comprobándolo cada vez con mayor contundencia— no deja de ser una forma de resolver burocráticamente los conflictos políticos,  anomalía que indudablemente está en la base de las derivas autoritarias a la que se dirigen (sin complejos) las democracias liberales de occidente. Y ello ocurre porque en el momento fundacional de este modelo “democrático” prevaleció ese concepto pervertido de política que para el poder significa un tipo de relación también pervertida: nada de relación entre iguales, sino una relación entre dominadores y dominados.

No creo necesario incluir en este artículo muestras de la abundante literatura antidemocrática de los grandes divulgadores de la ideología liberal, y su decantación explícita por una sociedad dirigida a la manera gerencial por una aristocracia sin alma política, e incluso sin alma ni sensibilidad de otro tipo. Y dejo a quienes pudieran estar leyendo estas líneas el ejercicio —fácil pero revelador ejercicio— de buscar, dentro y fuera de nuestras fronteras, ejemplos concretos de las consecuencias catastróficas del tratamiento gerencial de los asuntos y conflictos políticos.

Ojalá que el resultado de este ejercicio, socialmente practicado, fuese una mayor conciencia de la necesidad urgente de rechazar sucedáneos y reclamar eso que no existe: la política.

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