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Raul
Fotografía: Jesús Massó

Decir lo que se piensa no es lo mismo que decir lo que se siente. Al igual que no es más fácil hacer llorar que reír, porque lo realmente difícil es transmitir lo que sientes. Vivimos en una sociedad que puede ser muy culta, inteligente, ingeniosa, pero que generalmente teme abrirse. No sabemos expresarnos y, lo que es peor, no queremos escuchar lo que otros sienten.

Todos tenemos automatismos para defendernos en cualquier conversación. Lo mas frecuente es quitarle importancia, tanto por quien las cuenta “Se que lo que voy a contarte es una tontería” como por quien las escucha “No tienes que preocuparte por eso” “Eso no es nada”. La segunda opción es ponerse victimista “Déjalo, si es que soy tonto”. Y la tercera, tal vez la más molesta, las frases de libro de autoayuda “No te preocupes, todo pasa con el tiempo” “Si tiene que pasar, pasará”.

Tenemos una amplia variedad de herramientas para desviar una conversación por una u otra parte y que, de esa manera, ninguna exprese nada más que un montón de palabras seguidas. Es sorprendente lo libre que nos sentimos cuando hablamos de cosas tan opuestas como estar contento o cabreado; lo fácil que es mantener una conversación cuando esta se mueve en suelo firme entre esos dos extremos y lo difícil que es hacerlo cuando caminan por la cuerda floja donde todo se mezcla entre matices y profundidad.

El resultado es una sociedad que vive con sentimientos que se van pudriendo por no expresarlos y que van creando una creciente y continua frustración. Solo permanecen visibles el odio, el rencor, la frustración y el miedo. El “reír por no llorar” elevado a la máxima expresión. Sarcasmo y cinismo a raudales, todo lo que sea necesario para evitar hablar de lo importante, en una constante y permanente huida hacia adelante.

Nos censuramos a nosotras mismas porque no sabemos qué va a pensar quien nos escucha; si se va a reír, si te va a compadecer o si va a actuar de manera paternalista. Tampoco sabemos cómo vamos a reaccionar al contarlo. Uno sabe dónde empieza la conversación pero no cómo termina. Todo ese conjunto de factores terminan llevando al miedo; miedo a sentir, a expresarse, a hacer daño. Estamos acostumbrados a rebatir palabras, pero no a interiorizar emociones. La depresión ya no es una enfermedad, es una forma de vivir.

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